Capítulo 5: ¿Por qué se esconde Vetusto Man?

[Viene de capítulo 4: El lado oscuro]

Se me vino el mundo encima con todo lo que pasó con la Palomilla. Una cosa era arreglar aceras y otra muy distinta enfrentarse a un villano de película para recuperar un monumento abulense como un castillo de grande. Decidí encerrarme en la habitación de la residencia para aclararme un poco las ideas, pero lo que comenzó como un retiro espiritual de un par de días, acabó convertido en un encierro semanal que solo me sirvió para embarullar aún más todos mis miedos y complejos.

La risotada de aquel mangurrián del Barón Dandí sonaba en mi cabeza cada que vez que cerraba los ojos y, las pocas veces que conseguí dormir, soñaba con una enorme medusa que se me metía en a cama para susurrarme a oído: “Encuéntrala si puedes, Vetusto Man”.

Mi hija debió de notar algo porque no hacía más que llamar. Noche sí, noche también, la tenía telefoneándome a la residencia para preguntarme que qué tal todo.

– ¿Seguro que estás bien, papí?
– Sí, gurriata, sí. Como un reloj.

En unas de esas conversaciones, fugaces y a veces incómodas por sus silencios, me habló de la que se estaba liando a raíz del robo de la Palomilla. Cuando nos quedábamos callados, ella podía sacar cualquier tema.

– ¿Te has enterado de lo de Vetusto Man? –me preguntó-. Una no sabe si tener miedo o pena de un personaje así, ¿no crees? Ten cuidado, anda.

Casi me da un pasmo en ese momento. Le dije que sí, que vaya tela, y en cuanto colgué salí a por la revista de la asociación de vecinos. Tuve suerte porque acababan de sacar una edición especial, un monográfico sobre el incidente. Alguien, “una fuente que prefería mantenerse en el anonimato”, había hablado sobre Vetusto Man a la prensa. Imagino que, a raíz de que apareciera ese nombre en el mensaje que Barón Dandí dejó en el lugar del robo, habían surgido muchas preguntas que poco a poco iban teniendo respuesta.

Más que como un superhéroe, me presentaban como un loco, un aficionado al travestismo (había mucha guasa con mi capa y mis botas de pescar) que se había emocionado por ayudar durante un par de noches a los Servicios de Obra y Jardines del Ayuntamiento. En el editorial se lamentaban de que el rescate de nuestra Santa Teresa, del monumento dedicado a las grandezas abulenses, estuviera en manos de una papanatas con problemas de próstata.

Sabían muchas cosas de Vetusto Man, la verdad, y las fueron soltando poco a poco en los siguientes días: que tenía un burro, que servidor era blandurrio como un moco, lo de las fichas del dominó y los barrillos que utilizaba a modo de arma… No sé si fue mi Dulcinea o quizás el imbécil del agente Iborra, la cuestión es que había una “garganta profunda” suelta que les iba suministrando información.

Y cuanto más tiempo pasaba, más mala uva tenían los editoriales. “¿Por qué se esconde Vetusto Man?”, se preguntaba la prensa. Algunos me acusaban de ser un fraude con boina, otros decían que Vetusta Man y el Barón Dandí eran la misma persona y que el robo de la Palomilla no era más que un exceso de autobombo. Incluso los había que simplemente me acusaban de ser más viejo que carracuca. A mí me supuraba tanto veneno al leer estas estupideces que acaba abrasando el papel del boletín vecinal.

Un día me armé de valor. “Nadie deja de sembrar por miedo de gorriones”, decía mi abuelo. Decidí revisar la escena del crimen, como hacen en las películas, para ver si me inspiraba un poco. Iba de incógnito, con una gabardina que me tapaba desde el pescuezo hasta el calcañar, gafas de sol y sombrero, aunque debajo del abrigo, para evitar imprevistos, me dejé el biricú con los marros y la bandolera con las fichas del dominó.

Cuando llegué a la zona cero, me encontré con varios operarios municipales arreglando el boquete. “Eso sí que es un trabajo para Vetusta Man”, pensé, más consciente que nunca de mis limitaciones. ¿Qué buscaba allí? Me senté en un banco del Mercado Grande para reflexionar un poco, igual de profundo que viendo ‘Saber y ganar’.

Me despertaron unos gritos que sonaron a lo lejos, al otro lado de la Muralla. ¡Menudo tibilorio tenían montado! Cuando conseguí enfocar, vi que la gente se agolpaba para cruzar la puerta del Alcázar y para allí me fui. Me llevó varios minutos y muchos empujones llegar al otro lado y ser consciente de lo que pasaba

El Barón Dandí había vuelto a actuar porque había un boquete en el lugar en el que debía estar la estatua de Adolfo Suárez. Al lado del socavón había pintado sus fulares y el chaleco de flores. El bellaco también había escrito un nuevo mensaje: “Vetusto Man, en lo que te lo piensas… me llevo también a Adolfito”.

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Intenté acercarme un poco más, pero cada vez había más empujones. En uno de esos meneos se me debió de desenganchar la cartuchera porque cayeron de golpe todas las fichas del dominó. Me hicieron un corro alrededor y alguien gritó que yo era Vetusta Man. A partir de ahí todo fueron insultos y más empujones. Me decían que hiciera algo, que ya valía la tontería, que al final nos iban a robar la Muralla, que era un sinvergüenza. Me pedían a empellones la Alta Velocidad y el Museo del Prado, me exigían que arreglara lo del tren y no sé cuántas cosas más. Pensaba que ya estaba a las puertas de la muerte cuando vi que la multitud se abría delante de mi como las aguas ante Moisés. Era mi pollino. Venía a rescatarme y estaba dispuesto a llevarse por delante a quién hiciera falta. Me subí como pude a su grupa y le dije a la oreja que me sacará de allí.

[Continuará…]


En capítulos anteriores:

El caso Eladio

¿Apología del terrorismo, folclore o estrategia de negocio? Son algunas de las preguntas que cualquiera se puede hacer ante las noticias aparecidas estos días sobre el bar Casa Eladio. El bar, por cedirlo de alguna forma, pedía una visita a gritos y allá que nos fuimos. Nunca había entrado en este bar, aunque sí había pasado cientos de veces por su puerta. Inevitable si te dispones a salir o entrar a Ávila por la nacional 110. El cambio en la decoración no pasaba desapercibido, de bar normal como puede ser el de cualquier barrio de la ciudad a sucursal de Casa Pepe en Ávila.

No me atrevería a decir apología del franquismo, pero cuando uno entra en Casa Eladio se nota como mínimo la nostalgia por aquel periodo de nuestra historia. Una cosa es nostalgia, dirán, y otra la pizarra que ha dado la vuelta a España con los famosos “huevos rotos fusilados”. Pues sí, efectivamente, deconozco si la carta incumple la Ley de Memoria Histórica, pero es un nombre, como mínimo, poco ético. Si además, maridamos todos estos hechos con la ya muy asentada edad de oro de los ofendidos, pues ya tenemos una buena combinación para entrar en las redes y pasar una tarde entretenida.

Folclore, ante todo el bar es folclore. Díganme si no que hacen en una misma pared las fotos de Franco, Primo de Rivera, Acebes, Miguel Ángel García Nieto, Ana Belén, Victor Manuel, Sabina o incluso Pedro J.Ramirez. Si alguien ha querido aquí enaltecer el franquismo la verdad es que le ha salido regular. Por no hablar de si ciertas prácticas sexuales de alguno de ellos estarían bien vistas por el régimen. No sólo las fotos, también la música juega al despiste al mezclar el Cara al Sol o el Himno de la Legión con Fito y sus Fitipaldis o The Animals y su famoso The House of the Rising Sun.

Al igual que ocurre en Casa Pepe, la suma de la clientela afín ideológicamente (poca pero fiel) y de los curiosos (incrementados exponencialmente gracias a quienes pretenden evitar lo contrario) hacen de Casa Eladio, aparentemente, un buen negocio. Más acertado, a mi juicio, en las tapas que en los platos, cabe destacar por encima de todo sus exquisitos callos (a secas, sin apellidos).

PD: Una de las razones que nos llevaron a visitar Casa Eladio fue el comprobar que nada o casi nada de lo que había aparecido la última semana en medios locales y nacionales (ni tampoco lo publicado por tuitsatars) provenía de otro sitio que no fuese Forocoches, de alguien que sí se había pasado por allí y había contado lo que había visto. En resumen, lo que antes llamábamos periodismo.

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