Capítulo 4: El lado oscuro

[Este post es una colaboración de Guillermo Buenadicha, que ha respondido al encargo de este blog para continuar las andanzas de Vetusto Man. Por cierto, que la historia viene del Capítulo 3: Apatrullando la ciudad]

La imagen de mi oronda Dulcinea no se me iba de la mollera. No soy un salido de esos; desde que me falta la Arsenia –veinte años ya– no he tenido mucho pensamiento pecaminoso, a pesar de que las mozas de hoy en día vayan por ahí enseñando más de lo que debieran en esos cuerpos de palo de escoba que tienen. ¡Si las pillara en confesión don Cristeto, el párroco de mi pueblo, anda que iban a ir tan frescas! Pero en mi nueva vida la entrepierna es ahora algo más que las ya habituales rozaduras causadas por mi política de mudas: domingos y fiestas de guardar. Y Dulcinea tenía sus encantos; antiguos y quizás agrietados, sí, pero con las carnes bien puestas.

Decidí ir a verla sin los avíos de trajinar superfaenas; de paisa, como decíamos cuando el servicio en Melilla. Eso sí, me cambié de calzones aunque no tocaba, que ya me enseñó mi abuelo que uno no sabe cuándo va a saltar la rana o a torcer la mañana. Me repeiné los tres pelos bajo la boina y me puse la chaqueta de las grandes ocasiones, todavía con la mancha de callos de cuando se casó la chavala del Vitorio y fuimos al ventorro del Soto los de la calva a celebrarlo. Salí de la residencia por la puerta principal, ante la cara extrañada de la monja portera, que no me hacía ya vivo, y el descojono del pollino: al verme con esas pintas empezó a voltearse sobre sí mismo agitando la cabeza arriba y abajo mientras meneaba incontroladamente los dos rabos.

Silboteando como un chaval encoñado recorrí el trecho que mediaba entre la residencia y el balcón donde la vi la otra noche. Allí, a pie de calle, estaba ella, apoyá en el quicio de la mancebía como en la copla, charlando animadamente con los magrebíes (moros, se decía antes) que llevaban la frutería frente a su casa.

– ¿Y allá en Marruecos es normal entonces tener más de una mujer? ¿Y os aguanta la juerga y el “ánimo” –con no disimulada mirada  incluida a las bajas partes del pobre Mohamed– para tanto?

Puse el mejor porte metiendo barriga y sacando pecho (nada fácil con mi gelatinosa complexión) y crucé por delante garboso, pero en lugar de los piropos de la otra noche tan solo recibí un escueto “buenos días”, sin apenas regalarme una mirada. Sus dos farolas parecían no encenderse con Fructuoso como hicieron con Vetusto, pero comprobé al menos que el pechamen seguía intacto e incluso parecía más abundante de frente que en escorzo inferior. Tras girar la esquina y esperar unos minutos volví a pasar; esta vez ni siquiera se dignó en dirigirme la palabra, entretenida como estaba sujetando un descomunal pepino con ambas manos y lanzando picantes reojos al escandalizado morenito. Me volví para la residencia, donde me recibió un carcajeante rebuzno triunfal que parecía decirme: “¿dónde creías que ibas, piltrafilla?”. Parece que en mi caso tiene que vestirse la mona de seda o de superhéroe, que si no, mona se queda.

Las comidas en la residencia son más sosas que Francisco en el festival de la OTI. Pero esa noche a la cena venían a vernos unos políticos; bajo y gordito uno, con barbas y gafas de pasta, y otro alto, de pelo cano y con pintas de petimetre, que parecía no quitarme ojo de encima. Debía de ser otra vez campaña electoral. Tras la habitual sopa de letras (solo la “H” y la “J” me tocaron, no valían para puntuar en la pregunta de la semana de la pizarra del comedor: “Localidad de la provincia de Zamora”, _ U _ BL_  _ _  _ _ N_BR_ _) y el guiso de carne (de rata le decíamos, para no pensar en lo que de veras pudiera ser), pusieron yemas de Ávila de postre. Y si algún vicio inconfesable tengo, que fumar lo dejé hace siete años tras una neumonía que casi me lleva al otro barrio, es el dulce; todas las mañanas me sirvo mis buenos cuatro azucarillos con el aguachirri que nos dan por café.

Zampé las yemas de nuestra mesa como si no hubiera un mañana, sisando alguna al Heliodoro (“¡mira, una vaca volando!”). Ya según deglutía la primera noté cómo el cuerpo se me llenaba otra vez de achaques y rigideces, y perdía la fuerza y gelatinosidad a la que me había acostumbrado. Me dolían brazos y rodillas como si fuera un raner de esos. Y las ventosas de los dedos parecían achicarse y desaparecer. Me convertía en el Fructuoso de hace semanas, con la jodienda añadida de los excesos que mis superpoderes habían causado en mi cuerpo de jota.

Junto a las yemas nos habían servido un orujo que trajo la hermana sor Leocadia, de Villarejo del Valle, de una o ninguna destilación, le decía. Con las pocas fuerzas que me quedaban me pimplé los cuatro vasitos de la mesa, me levanté como pude y me arrastré hasta el excusado donde vomité hasta la primera papilla.

Tres días me costó recuperarme al completo. Las malditas yemas parecían ser un extraño antídoto que contrarrestaba mis poderes de medusa, devolviéndome a mis míseros ochenta y tres años. ¡Si no llega a ser por el orujo…! Tendría que recordar mantenerme alejado de ellas. Y quizás investigar si me ocurría con todas las yemas, o solo con las de la Flor de Castilla que habían traído los politicastros esos, que nada bueno inventan. Pena, porque saber, sabían de rechupete, eso sí.

Yema_Fluorescente

Imagen de una yema de Ávila fluorescente

El domingo cuando llegué al río Chico encontré a la pandilla arremolinada en torno a un viejo transistor:

– Hostia, Fructuoso, ¿te has enterado? Algún malnacido ha robado esta noche la estatua de la Palomilla del Grande, con columna y todo –me gritó Vitorio al verme–. Lo está diciendo Luis el de la SER.

– Eso han sido los rusos, me lo sé yo. Pueden dar jaque pastor a cualquier cosa desde lejos, como con el Trump –soltó experto Luchi, al que su nieto de seis años había intentado sin éxito enseñar a jugar al ajedrez pero solo le había quedado de la experiencia un léxico impreciso, pero aparente.

– ¡Y un carajo! –respondió Mariano el de la Pili–, son los catalanes: siempre han dicho que la Santa era de Hospitalet de Llobregat o por ahí, y allá se la han llevado, o quizás a Andorra, para que no la podamos reclamar.

De anochecida, convertido en Vetusto Man otra vez y pertrechado con todas mis armas, me deslicé de nuevo por la pared de la residencia y me llegué con el asno al lugar de los hechos. Apenas sí había público junto a las vallas que rodeaban el hueco en el enlosado. Un par de sudamericanos montando en monopatín, los trabajadores del Burger que acababan de cerrar, y vigilando con aire marcial, como si de él dependiera el sino de occidente, el agente Iborra, que al verme llegar con el burro se volteó con aire despistado y se alejó como que a investigar el atrio de San Pedro. También estaba Dulcinea, que esta vez sí se me vino compungida y sollozando, y arrimó cacho abrazando con sus carnes orondas mi flácida anatomía:

– ¿Qué vamos a hacer ahora, virgen santa? ¡Con lo bonita que era mi Palomilla! Seguro que un buen mozo como tú con esa capa tan guapetona y esas botas tan varoniles podrá devolvérnosla –dijo mientras me plantaba un sonoro y húmedo beso en los mofletes.

No sé qué hubiera sido de mi compostura y dignidad si en ese momento una carcajada –más estentórea que horripilante, y de sonido grabado, como de lata– no hubiese inundado la plaza, con la música del quinto centenario de la Santa de fondo. Al tiempo, contra el bodrio ese rosa del Moneo se proyectó un gran círculo de luz. En su centro, unas palabras:

“¡ENCUÉNTRALA SI PUEDES, VETUSTO MAN!”

Y debajo, junto a lo que me pareció al principio una calavera y dos tibias, pero mirándolo más de cerca resultaron ser dos fulares cruzados bajo un chaleco de flores, la firma:

“EL BARÓN DANDI”

[Continuará…]


En capítulos anteriores:

 

6 Responses to Capítulo 4: El lado oscuro

  1. Supermon says:

    Yo ya sospecho del arquitecto Joaquín Torres, eso de los fulares y de proyectar su mierda sobre el adifisio de Moneo le delata. Probablemente devuelva la palomilla recubierta de acero corten, que sin duda debe operar el mismo efecto sobre Vetusto Man que las yemas con kriptonita.

    • Guillermo B. says:

      Lo has cazado al vuelo. La Finca II en el Soto, para que se hagan chalets allí los jugadores del Óbila y el Real Ávila…
      Aunque si lo piensas bien, la pista fular también podría apuntar al ex-Duque de Lugo. Habrá que investigar si el diseño es de amebas.

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