Nota brevísima sobre el ídolo prehistórico de Lanzahíta

No sé si el tema a tratar tiene entidad suficiente como para merecer una entrada en este egregio rincón. De hecho, mi idea era poner un par de mensajes al respecto en Twitter, pero me he dejado llevar por el romanticismo que aún destilan los blog.

Ayer publicaba Tribuna de Ávila (hoy lo he visto también en Ávilared) una nota sobre la presentación del nuevo número de la Revista Trasierra, editada por la Sociedad de Estudios de Valle del Tietar. Uno de los artículos de misma, el que más reseñaron los medios, estaba relacionado con la aparición de un ídolo oculado realizado en una placa de pizarra. La pieza habría sido hallada de forma casual por un trabajador en el dolmen prehistórico situado en la Dehesa de Robledoso, en Lanzahíta y un primer análisis del mismo ya había sido publicado por la misma revista en su número 7, correspondiente a 2008.

Lo primero que me llamó la atención de la imagen que acompañaba el artículo publicado por Tribuna de Ávila era la hebilla de llavero que le habían endosado al pobre ídolo. Hay que ser gañán, pensé, y así se lo dije a @serzisanz fuente tuitera de la noticia. Lo segundo que me llamó la atención de la foto es que el ídolo parecía de mentirijilla.

Así que, tirado en la cama, en pijama, me puse a buscar información sobre el ídolo. No me costó mucho encontrar el ejemplar de 2008 de la revista (no así el de este año) y comparar las fotos. Se las pongo aquí, juntitas.

idolo

Amantes del patrimonio, todos tranquilos. Nadie le ha puesto una hebilla a un bien cultural con cinco milenios de antigüedad.  Sí, el ídolo que sale en las fotos de Tribuna de Ávila y de Ávilared no es el original.

¿Sabían los periodistas que estaban haciéndole fotos a una reproducción? De ser así, ¿por qué no lo ponen en la noticia. ¿No lo sabían?

¿Los venderán? Si está barato, puede ser un regalo original. ACTUALIZACIÓN: Sí, 10 eurillos. Ya saben qué regalarme

Compromisos

Días de incertidumbre y miedo por el qué pasará. Nissan abre un periodo de tres meses para estudiar el futuro de la factoría en Ávila. Entre las opciones se baraja la de adaptar el motor y tirar hacia delante, la de reconvertirse en una fábrica de componentes y la más dolorosa, el cierre.

La primera opción choca con la posibilidad de que la producción del camión NT400 se traslade a la vecina Portugal, donde Daimler -empresa aliada de Nissan a nivel mundial- ya fabrica el Fuso Canter, un modelo competidor del NT400 Cabstar. Con este traslado Nissan evitaría el coste de la adaptación del motor a la normativa europea de emisiones, pudiendo recolocar a sus trabajadores en las factorías que Renault y Nissan tienen repartidas por la península, lo que nos llevaría inexorablemente a la opción número tres.

La segunda opción, la opción descafeinada, deja la duda de si 500 trabajadores son necesarios para un centro de producción de recambios. O si más que un centro de producción, sería un centro logístico, desde donde poder distribuir recambios a sus factorías. A esto habría que añadir la creciente automatización de las factorías automovilísticas, donde un descenso en el número de trabajadores ya no es síntoma de un descenso de producción, sino todo lo contrario.

Estas tres opciones son las que maneja una empresa privada como es Nissan, y está en su derecho de elegir la que más convenga a sus intereses, ¿o quizá no?. Desde las distintas administraciones locales, regionales e incluso nacionales instan a Nissan a “cumplir los compromisos”, compromisos que por otra parte nadie ha publicado. Sí se ha publicado que a lo largo de los años Nissan ha recibido 40 millones de euros en forma de ayudas, subvenciones, I+D+i o como se quiera llamar.

Si tales compromisos existen, y como contrapartida a los 40 millones de euros de ayudas, Nissan se comprometió a mantener la fábrica hasta el año X, se ha de obligar a Nissan a cumplirlos, ley mediante. Si tales compromisos no existen -y por eso no se publican-, hemos de exigir a los responsables públicos responsabilidades políticas por haber malgastado el dinero de todos, o por haber usado ese dinero en beneficio propio, apuntándose el tanto de mantener la factoría de Nissan en Ávila.

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Capítulo 1: El nacimiento del héroe

[Viene de El origen: Fructuoso Blázquez (prefacio)]

Los siguientes días los pasé encerrado en la habitación. A las monjas les dije que andaba algo suelto de vientre para que me dejaran en paz, aunque a ratos me venían con arroces blancos y jamón york y yogures naturales y esas mandangas.

La verdad es que no me sentía bien. El mordisco de la medusa seguía picando más que las guindillas escabechadas. A eso hay que añadir una sensación de malestar general que me hacía vivir en una especie de resaca continua. Parecerá contradictorio, pero al mismo tiempo se podría decir que nunca había estado mejor. ¿Cómo te comes eso? Ni idea, majos.

Mi forma física era la de un chaval de 20 años, así que me fui probando. Empecé con las flexiones de toda la vida, luego con una mano, después apoyado en un dedo. Podía hacer cien o mil; daba igual porque no me cansaba. Descubrí que era capaz de levantar el armario ropero de dos cuerpos como si fuera de papel. Una mañana entera la pasé haciendo el pino, trasteando boca abajo igual que un chiquillo criado en el circo.

Dos cosas me preocupaban. La primera, la querencia que estaba tomando mi cuerpo por la gelatinosidad. Todo yo era blandurrio como una breva madura. Daba igual la zona, el índice se me hundía en cualquier parte que presionara como si no tuviera huesos. La segunda era mucho más desagradable. Me empezaron a brotar unas pequeñas ventosas en las yemas de los dedos, casi imperceptibles, de las que a veces salía un líquido viscoso. Era fácil pensar que me estaba medusizando y, por esa regla de tres, aquella sustancia debía ser veneno de mi propia cosecha. Probé a restregarla en una inocente mosca que tuvo el atrevimiento de colarse en en mi habitación. El resultado fue una amasijo de alas y patas retorciéndose de dolor.

mosca

Poca gracia tenía todo aquello, la verdad. A mí se me vino el mundo abajo. Por si fuera poco, las monjas seguían dando la tabarra con el pescado a vapor y las infusiones y sus trajines varios.

– ¿Qué tal va esa tripita, Fructuoso?

– Mal, señora mía, mal.

Y les cerraba la puerta en las narices. Pero ellas siempre vuelven, les da igual que uno esté en pleno proceso de mutación. Al final tuve que salir de allí para no volverme loco. Aprovechaba las noches para dar un paseo y aclarar las ideas. Las puertas de la residencia se cerraban todos los días a las ocho, pero yo bajaba a la calle por la fachada del edificio tras descubrir que los mini tentáculos de los dedos me permitían pegarme a las paredes. Un espectáculo verme en plan Carlos Soria.

En una de esas escapadas llegué hasta el parque de maquinaria de la Diputación. Aún no habían arreglado el estropicio, así que pude ver el boquete que había hecho con el marro. ¡Santo Dios! Entraba un buen mozo por ahí sin necesidad de agacharse.

Unas risas me hicieron volverme. Venían de las pistas de arena. Al acercarme descubrí a un grupo de pollastres bebiendo y fumando. Salía música (o algo así) de sus móviles, pero ninguno bailaba. Se estaban descojonando por algo; tarde unos minutos en darme cuenta de qué pasaba. El graciosillo del grupo jugaba a la calva. No lo hacía mal del todo si no fuera porque lazaba botellas de pacharán o Licor 43 o lo que beba ahora la muchachada. Los cristales saltaban por todos los lados cuando el casco estallaba contra el suelo.

– Me cago en la madre que te trajo, desgraciado —le grité.

Al principio se quedaron callados, pero volvieron las risas en cuanto vieron que no era más que un viejo.

– Cállese un poquito, abuelo, y márchese a casa que ya es tarde –me respondió uno de los tarambanas.

Estaba a unos 20 metros de mí, pero de un solo salto llegué a su vera, lo justo para darle una colleja. No quería atizarle fuerte, la verdad, pero le solté tal soplamocos que acabó dando una voltereta en el aire antes de abocinar contra al suelo.

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Todos gritaron. El que jugaba a la calva aprovechó la ocasión para lanzarme una de las botellas a la cabeza. No sé cómo lo hice, pero acabé devolviéndole el proyectil de una chilena acrobática a lo Hugo Sánchez. Por suerte, solo le rocé el hombro. Fui a por él, sin importarme que el resto saliera en estampida, incluido el de la colleja.

– No me ataque con sus superpoderes, señor viejo –me suplicaba una y otra vez. Estaba borracho como una cuba.

– No soy viejo, gilipollas, soy vetusto.

Era una frase que siempre decía Vitorio, uno de sus muchos chascarrillos. Lo de “gilipollas” lo añadí yo, mi firma de autor.

Lo que no me esperaba es que el chico saliera corriendo como alma que lleva el diablo al grito de “NO ME MATE, VETUSTO MAN”. ¿Vestusto Man? Me gustó desde el primer momento que lo escuché.

[Viene de El origen: Fructuoso Blázquez (prefacio)]

Las columnas de Castilla

Esta no es una historia sobre los desastres de la Guerra Civil. Tampoco es una historia sobre la Dictadura. Es un relato sobre otra España, la olvidada.

En noviembre de 1936, la Guerra Civil provocada por el fracasado Golpe de Estado de julio parece cercana a su fin. Desde el sur, el ejército sublevado se acerca deprisa a la capital. El día 6, viernes, cinco columnas rebeldes están preparadas para entrar en Madrid. Ese mismo día, el “Gobierno de la Victoria” de Largo Caballero, un gobierno de coalición levantado para frenar el fascismo, decide abandonar la ciudad y huir a Valencia. La defensa de Madrid queda en manos de los generales Miajas y Pozas y de la Junta de Defensa. Tienen órdenes claras: resistir a toda costa, cueste lo que cueste.

Sobre el papel, la suerte parece echada. El caos en el que han vivido los fieles al gobierno republicano, la huida de sus líderes políticos y el desánimo de los hombres teñían de negro el futuro de la Capital. El día 8, domingo, el general gaditano José Valera ordena el asalto final a Madrid. Debería haber sido un avance rápido y concentrado, que permitiera a los atacantes neutralizar la teórica superioridad numérica de los defensores de Madrid. Debería, pero no fue así; un golpe de suerte cambió el curso del asalto. Los republicanos descubrieron en un carro de combate abatido la Orden General de Operaciones para la toma de Madrid. El ataque no se concentraría en el sur de la capital, sino en la Casa de Campo. Ese giro del destino permitió al general Vicente Rojo reorganizar la defensa de la capital y frenar el avance de los sublevados. El ataque relámpago se convirtió en un largo asedio que no acabaría hasta marzo de 1939.

Los frentes apenas se movieron desde que a finales de noviembre Franco ordenase detener los ataques directos a la capital. La recién acabada Ciudad Universitaria, primera línea de fuego del asedio, fue una de las zonas más afectadas por el frustrado asalto. La Casa de Velázquez, la Escuela de Ingenieros Agrónomos, el Asilo de Santa Cristina, el Clínico, la Fundación del Amo, la Residencia de Estudiantes y el Instituto de Higiene se convirtieron en escenarios de los combates. También lo fue el palacio de la Moncloa, un palacete de principios del s. XVII cuyas ruinas, pues eso era el edificio tras días de encarnizados enfrentamientos, fueron tomadas por los sublevados el 20 de noviembre.

El palacete de la Moncloa destruido por la Guerra Civil

El palacete de la Moncloa destruido por la Guerra Civil

Acabada la guerra, comenzó la reconstrucción de la Ciudad Universitaria y sobre las ruinas del antiguo palacete se levantó un nuevo palacio para que sirviese como residencia de personalidades nacionales y extranjeras durante sus estancias en la capital.

Al sur de Burgos, en el alfoz de la capital, se levanta la villa de Arcos de la Llana. Otrora pedanía moribunda, hoy pueblo dormitorio con cerca de dos mil habitantes salpicado de pareados. Junto a la Iglesia de San Miguel Arcángel, principal hito de la villa, se levantan los restos del Palacio Arzobispal. Construido en el S. XVI bajo el mecenazgo del arzobispo Vela Acuña y el cardenal Francisco de Mendoza, sirvió durante siglos como residencia veraniega de los arzobispos burgaleses.

La iglesia burgalesa fue una de las que más claramente tomó partido durante la Guerra Civil y durante la posterior dictadura. Tanto Manuel de Castro Alonso, titular del arzobispado durante la guerra y procurador de las cortes franquistas en 1943, como su sucesor, Luciano Pérez Platero, fueron beligerantes contra el gobierno republicano, defensores del Alzamiento, adalides de la Cruzada y partidarios del nuevo régimen.

A finales de los años 40, el Palacio Arzobispal estaba sin uso, como otras tantas propiedades de la Iglesia. El Arzobispo quería venderlo, desprenderse de aquella carga, y pronto encontró comprador: el propietario de una cercana fábrica de harinas. Por 26000 pesetas y dos cántaras de vino para consagrar, el antiguo palacio se convertía en fábrica y almacén. Pero no todo. El acuerdo de venta excluía las columnas del claustro. Para el comprador aquello no suponía ningún problema, los claustros renacentistas no suelen ser indispensables para la fabricación de harinas, así que firmó y se procedió a desmontar por completo el recinto, sin miramientos, conservando únicamente sus doce columnas. ¿Y para qué quería el arzobispo de Burgos esas columnas? Para regalarselas a Franco.

Aquí convergen la historia del palacio madrileño y del palacio burgalés. Las doce columnas de Arcos de la Llana viajaron hasta Madrid y se utilizaron en la reconstrucción del Palacio de la Moncloa, en la decoración y ennoblecimiento del antiguo patio, hoy Salón de Columnas. 

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El expolio del palacio burgalés es grave, pero palidece al lado de lo sucedido con las pinturas de San Baudelio, con el ábside de San Martín de Fuentidueña, con la iglesia de San Miguel de Tubilla del Agua y con el de tantos otros bienes vendidos, robados, perdidos o abandonados. Hoy, por fortuna, todos estos expolios serían impensables. Nadie permitiría que un millonario americano arrancara los frescos de una capilla o que un rico burgués catalán desmontara una iglesia. Hoy los enemigos del patrimonio de nuestra comunidad son el tiempo y el olvido, adversarios mucho más tenaces que el más terco de lo humanos.

Tú me levantas, tierra de Castilla,
en la rugosa palma de tu mano,
al cielo que te enciende y te refresca,
al cielo, tu amo,

Tierra nervuda, enjuta, despejada,
madre de corazones y de brazos,
toma el presente en ti viejos colores
del noble antaño.

Con la pradera cóncava del cielo
lindan en torno tus desnudos campos,
tiene en ti cuna el sol y en ti sepulcro
y en ti santuario.

Es todo cima tu extensión redonda
y en ti me siento al cielo levantado,
aire de cumbre es el que se respira
aquí, en tus páramos.

¡Ara gigante, tierra castellana,
a ese tu aire soltaré mis cantos,
si te son dignos bajarán al mundo
desde lo alto!

Castilla, Miguel de Unamuno

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