Localismos banales

Según la Wikipedia, el nacionalismo banal es “un conjunto de prácticas, hábitos, creencias y signos que las naciones (…) manifiestan de forma cotidiana, rutinaria, sutil y familiar para reproducirse como tales y así recordar a la gente su pertenencia a la nación y lealtad a la misma”. Unos párrafos más abajo, añade: “en su carácter cotidiano, diluido y oculto en el día a día, tiende a ser olvidado e incluso negado, no reconociéndose a sí mismo como tal.” Las banderas en edificios oficiales, las selecciones deportivas, sombrear los países vecinos en los mapas; todo son muestras de nacionalismo banal. Y, por ejemplo, que ni siquiera te sorprenda que el alcalde de tu pueblo de los Alpes luzca una banda sobre el pecho con la bandera francesa sería una muestra de cómo ese nacionalismo banal, cuando es cotidiano, pasa inadvertido.

Dentro de unos días, tres nuevos establecimientos comerciales abrirán sus puertas en la ciudad, golpeando con sus folletos publicitarios en las narices a todos los descreídos que dudaban de su futuro. Dudaban y dudábamos, me incluyo en la cofradía del apóstol Tomás y no daré por buena la apertura de los citados comercios hasta que no meta mi dedos en una hamburguesa o palpe las costuras de unos calzoncillos.

Sea como fuere, la realidad es tozuda, las obras avanzan, hay fecha para la inauguración oficial -aunque no sabemos si el obispado, la UEFA de estos asuntos, ha seleccionado ya al cura que bendecirá las parrillas- y ya hay ofertas de empleo colgadas en diversos portales de internet. Una de ellas llamó ayer la atención al grupo municipal de IU. Una conocida cadena de hamburgueserías exigía que los demandantes de empleo -para repartidores- no residiesen en Ávila capital. Al fin alguien se había dado cuenta de lo mal que conducís los abulenses. Por fortuna, era solo una errata y los excluidos son todos aquellos que no vivan en la capital. IU Ávila ha aplaudido la correción y aquí paz y después doble cheese burguer.

Igual esto es absurdo y una anécdota así no merece la pena esta lineas ni la batería que ustedes gastarán en leerlas, lo reconozco, pero estos localismos banales me pueden. ¿Por qué tiene más derecho a trabajar en una tienda situada en Ávila alguien que vive en la Calle Azalea, a 15 minutos en coche del establecimiento según Google, que alguien que vive en Mediana del Voltoya, fuera del término municipal pero a 12 minutos del local?

¿Cuántos abulenses han conseguido puestos de trabajo en otras localidades residiendo ellos en Ávila? No me vas a comparar, diran, es una hamburguesería. Ya. Acepto “los repartidores tienen menos derechos” como animal de compañía. ¿Y si todas las empresas hicieran eso? Siempre hay argumentos racionales para preferir a un indígena que a un foráneo: se conoce mejor las calles, está más adaptado, más arraigado, es de nuestra misma cultura, etc. ¿También nos parece bien a otras escalas? ¿El trabajo en España solo para los españoles porque saben situar las provincias en el mapa? Hacia abajo también funciona. Pongamos que esta misma empresa monta uno de sus establecimientos en el madrileño Barrio de Salamanca y rechaza contratar a gente de Vallecas. Es que se conocen mejor el barrio.

Puedo comprender la lógica empresarial tapándome la nariz, puedo hacer la vista gorda al argumento de que alguien de Ávila conoce mejor las calles si el puesto es de repartidor -un ruso empadronado ayer en Ávila conoce mejor la ciudad que yo, que llevo 7 años fuera y estoy excluido de la oferta, evidentemente-, incluso puedo aceptar un silencio cómplice, pero no puedo admitir que se vea como normal o como lógico desde la izquierda que alguien tenga menos derecho a un puesto de trabajo por el lugar en el que reside. Me sobran justificaciones.

De la misma forma que comprendo la lógica empresarial aunque me duela, comprendo la lógica política. A IU Ávila le votan los abulenses y no los de Mediana del Voltoya.

Los localismos banales mataron a la izquierda internacionalista. Me vuelvo a mi eremitorio.

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