Orígenes y exilo: cosas de abulenses

12912649_1701777320093413_956378080_n

Los que entienden del tema lo llaman maridaje y aconsejan arriesgar al máximo, probar y divertirse. No sé, un Rioja con un Donuts, un Ribera de Duero con amapolas, un Cumbres de Gredos con pimentón… no hay límites, dicen. Cierto que cosecharemos grandes fracasos, aberraciones gustativas de primer orden, pero de vez en cuando podemos llevarnos una sorpresa agradable.

El maridaje que os traigo hoy es, sin duda, arriesgado. Recién horneados, aún calentitos ambos, acaban de salir a luz dos libros escritos por manos abulenses. Mañana se presenta en la Librería Letras, a las 20 horas, el nuevo poemario de Emily Roberts, y hace unos días hacía lo propio David Galán Galindo, en Madrid, con su primera novela (seguro que muy pronto también se presentará en Ávila).

‘Regalar el exilio’ (así se titula el primero) es una invitación a perderse en el frío de las aduanas y las mudanzas, en la incomunicación de los idiomas que se susurran, en las calles de una ciudad por conocer. “La relatividad de los horizontes y las distancias, de las estaciones de tren y los aeropuertos, de los mares”, se apunta en el prólogo. Y Ávila como telón de fondo, fácilmente reconocible en algunos versos menos viajeros, más hogareños.

“Exilio” es, sin duda, una palabra muy abulense, como lo es “orígenes”, aunque los de Galán Galindo sean “secretos”. El mundo de superhéroes, cómics y entrañables frikis al que nos tiene acostumbrado en algunos de sus cortos y largometrajes, vuelve a golpearnos ahora en papel. Página a página construye un thriller sorprendentemente adictivo. Cierto que la novela se ambienta en Madrid, pero ¿qué es la capita de España si no un barrio más de Ávila?

Nota: El Ayto acaba de confirmar que David Galán Galindo presenta libro en El Episcopio el 16 de junio. Apunten, apunten en sus agendas

Localismos banales

Según la Wikipedia, el nacionalismo banal es “un conjunto de prácticas, hábitos, creencias y signos que las naciones (…) manifiestan de forma cotidiana, rutinaria, sutil y familiar para reproducirse como tales y así recordar a la gente su pertenencia a la nación y lealtad a la misma”. Unos párrafos más abajo, añade: “en su carácter cotidiano, diluido y oculto en el día a día, tiende a ser olvidado e incluso negado, no reconociéndose a sí mismo como tal.” Las banderas en edificios oficiales, las selecciones deportivas, sombrear los países vecinos en los mapas; todo son muestras de nacionalismo banal. Y, por ejemplo, que ni siquiera te sorprenda que el alcalde de tu pueblo de los Alpes luzca una banda sobre el pecho con la bandera francesa sería una muestra de cómo ese nacionalismo banal, cuando es cotidiano, pasa inadvertido.

Dentro de unos días, tres nuevos establecimientos comerciales abrirán sus puertas en la ciudad, golpeando con sus folletos publicitarios en las narices a todos los descreídos que dudaban de su futuro. Dudaban y dudábamos, me incluyo en la cofradía del apóstol Tomás y no daré por buena la apertura de los citados comercios hasta que no meta mi dedos en una hamburguesa o palpe las costuras de unos calzoncillos.

Sea como fuere, la realidad es tozuda, las obras avanzan, hay fecha para la inauguración oficial -aunque no sabemos si el obispado, la UEFA de estos asuntos, ha seleccionado ya al cura que bendecirá las parrillas- y ya hay ofertas de empleo colgadas en diversos portales de internet. Una de ellas llamó ayer la atención al grupo municipal de IU. Una conocida cadena de hamburgueserías exigía que los demandantes de empleo -para repartidores- no residiesen en Ávila capital. Al fin alguien se había dado cuenta de lo mal que conducís los abulenses. Por fortuna, era solo una errata y los excluidos son todos aquellos que no vivan en la capital. IU Ávila ha aplaudido la correción y aquí paz y después doble cheese burguer.

Igual esto es absurdo y una anécdota así no merece la pena esta lineas ni la batería que ustedes gastarán en leerlas, lo reconozco, pero estos localismos banales me pueden. ¿Por qué tiene más derecho a trabajar en una tienda situada en Ávila alguien que vive en la Calle Azalea, a 15 minutos en coche del establecimiento según Google, que alguien que vive en Mediana del Voltoya, fuera del término municipal pero a 12 minutos del local?

¿Cuántos abulenses han conseguido puestos de trabajo en otras localidades residiendo ellos en Ávila? No me vas a comparar, diran, es una hamburguesería. Ya. Acepto “los repartidores tienen menos derechos” como animal de compañía. ¿Y si todas las empresas hicieran eso? Siempre hay argumentos racionales para preferir a un indígena que a un foráneo: se conoce mejor las calles, está más adaptado, más arraigado, es de nuestra misma cultura, etc. ¿También nos parece bien a otras escalas? ¿El trabajo en España solo para los españoles porque saben situar las provincias en el mapa? Hacia abajo también funciona. Pongamos que esta misma empresa monta uno de sus establecimientos en el madrileño Barrio de Salamanca y rechaza contratar a gente de Vallecas. Es que se conocen mejor el barrio.

Puedo comprender la lógica empresarial tapándome la nariz, puedo hacer la vista gorda al argumento de que alguien de Ávila conoce mejor las calles si el puesto es de repartidor -un ruso empadronado ayer en Ávila conoce mejor la ciudad que yo, que llevo 7 años fuera y estoy excluido de la oferta, evidentemente-, incluso puedo aceptar un silencio cómplice, pero no puedo admitir que se vea como normal o como lógico desde la izquierda que alguien tenga menos derecho a un puesto de trabajo por el lugar en el que reside. Me sobran justificaciones.

De la misma forma que comprendo la lógica empresarial aunque me duela, comprendo la lógica política. A IU Ávila le votan los abulenses y no los de Mediana del Voltoya.

Los localismos banales mataron a la izquierda internacionalista. Me vuelvo a mi eremitorio.

Viajando por “la Meseta”

 

Querida Carolain:

 

Como te prometí antes de mi viaje, te escribo estas líneas para contarte todo lo que vi y viví en la que ya considero la experiencia más maravillosa de mi vida. Tengo que reconocerte que cuando me pediste que compusiese este pequeño relato con papel y bolígrafo, a mano, como hacían nuestros abuelos, me pareció un absurdo, un despropósito ludita; pero ahora, después de volver de aquellas tierras, comprendo lo que me dijiste: solo actuando como ellos podemos comprender cómo eran. Lamentablemente, será una crónica mucho más breve de lo que quisiera -¡hay tantas cosas por contar!-, pero temo que no tengo mis extremidades preparadas para este desafío. Apenas he escrito media docena de líneas y ya noto, sobre mi dedo medio y en la yema de mi índice, un pequeño dolor provocado, seguramente, por las poco anatómicas formas de este instrumento de escritura. Cuando quedemos a comer, te enseño todas las holofotos que he hecho. ¡Te van a encantar! De verdad, si puedes, y consigues convencer a tu amado Yon, el año que viene tienes que hacer esta ruta.

En primer lugar, sí, todo lo que nos dijo la chica de la agencia cuando nos vendió el paquete es cierto. Todo, todo, todo. Los paisajes, las ruinas, el silencio, la comida. No exageró ni un ápice. Viajar por “La Meseta” es como adentrarse en otra realidad, en el escenario de una película, en un videojuego. He vuelto con el corazón encogido y con una marca en el alma que durará, seguro, de por vida. ¡Anbelivebol!

Te cuento. Antes de salir de Madrid tienes que solicitar un pase especial para adentrarte en la zona y firmar unos papeles para eximir de responsabilidad al Estado, pero lo gestionan desde la agencia. También se encargan ellos de avisar a la empresa de los ferrocarriles, porque si no avisas con antelación, el tren magnético pasa de largo, claro. Tenías que ver la cara con la que nos miraron los demás pasajeros cuando nos bajamos. Seguro que pensaron que estábamos locos. En total, éramos un grupo de cuarenta personas. En Valladolid, nos estaba esperando un guía de la agencia que pasó lista y repartió el equipo que íbamos a necesitar para el viaje: ropa, linternas, unas pastillas para compensar el déficit de CO2, protector solar, etc. Todo muy bien preparado. A la puerta de lo que en su tiempo fue la estación nos estaba esperando el medio de transporte que íbamos a usar durante la ruta: un autobús. ¡Emeizin! Era igual que los que salen en las películas antiguas. Una chica del norte preguntó si era seguro. Tú también lo habrías preguntado, no te creas, cualquiera en su sano juicio lo habría hecho. El guía nos contó que el exterior y la cabina eran los originales de un autobús de principios de siglo, como el que usaron nuestros abuelos para ir al colegio, pero que el motor y los sistemas de seguridad habían sido actualizados. Menos mal, claro. Imagínate, un aparato que va pegado al suelo solo con unas ruedas de plástico y sin piloto automático ¡Qué época más maravillosa y peligrosa a la vez!

Valladolid fue lo que menos me gustó de todo el viaje. Al parecer, fue la ciudad en la que terminaron todos los habitantes de la meseta y todavía parece una ciudad habitada normal, con sus calles, sus edificios, sus parques. Antiguo, sí, con ese aire romántico del ladrillo, la madera, el cristal, el aluminio y el polvo, pero nada que no puedas ver en Chamberí o Vallecas. Dormimos en un parque en el centro, no recuerdo el nombre, en unas tiendas de campaña. ¡El cielo era fabuloso! Claro, sin ninguna luz artificial en cientos de kilómetros alrededor. ¡No te lo puedes ni imaginar! Miles de estrellas, naves y satélites sobre nuestras cabezas. ¡Incluso pudimos ver la famosa estela verde del Puesto Espacial Avanzado!

A la mañana siguiente, después de desayunar pan con tomate -¡pan y tomate de verdad!-, emprendimos viaje hacia el sur. Aquí empieza lo emocionante. En el autobús nos proyectaron un vídeo con “Instrucciones de seguridad”. Íbamos acompañados de un equipo de apoyo, claro, pero nunca está de más saber con qué te puedes encontrar y cómo reaccionar. Aunque son raros los ataques, en el sur de “La Meseta” hay lobos y buitres en estado salvaje. Sí, como te lo cuento. No, no vimos ninguno, pero podías sentir su presencia. La violencia de la naturaleza podía olerse en el aire. También nos hablaron de los “mesetarios”, ya sabes, la gente que se resiste a abandonar la zona y sobrevive con lo que pueden producir con sus manos. Nos dijeron que no son peligrosos, pero que rehuyen el contacto humano. Yo creo que son un mito ¿Quién va a querer vivir en esa zona inhóspita? Yo no vi a ninguno y no creo que existan. Una chica japonesa que hacía la ruta por segunda vez nos dijo ella sí que había visto uno, pero yo creo que se lo inventó para hacerse la interesante.

Ávila y Salamanca son absolutamente fascinantes. ¡Tan cerca y tan lejos! Tocar las piedras de sus edificios te transporta a otra época. Sus iglesias, sus colegios, sus hospitales, sus centros comerciales. Todo perfectamente conservado, como si fuese un museo vivo o una de esas “experiencias virtuales” tan de moda hace algunas décadas. En Ávila estuvimos en un sitio llamado “El Bulevar”. Al parecer, es un complejo de ocio de finales del S. XX. Puedes pasear por las tiendas, tocar las estanterías llenas de productos, sentarte en las butacas de los cines. ¿Que qué es un cine? Sería muy largo de explicar. En Ávila, por desgracia, hay una zona de la ciudad cerrada al turismo por peligro de derrumbe. Lo llaman “Camino de Sonsoles” y al parecer no llegó a vivir nadie allí porque lo construyeron justo antes de la despoblación. El guía no nos supo explicar qué era eso de “Sonsoles” ni dónde estaba.

En Ávila dormimos en el claustro de la antigua Catedral, lejos de cualquier lobo que pudiese atacarnos, y en Salamanca en el de la “Universidad”, una especie de colegio para gente mayor. Salamanca es como Ávila pero en dorado. La “Plaza Mayor” es preciosa. Parece increíble que alguna vez hubiese allí tanta gente como para llenarla. Desde Salamanca fuimos hacia el oeste. Esta es la parte que más me gustó porque, como se despobló antes, conserva hábitats más antiguos dispersos entre una naturaleza aún más salvaje. A un par de horas de Salamanca -se tarda una barbaridad en llegar de un sitio a otro-, en una zona llamada “Las Arribes”, tienen una reproducción de cómo habría sido un “asentamiento rural” en torno al año 2015. Es increíble que aquella gente pudiese salir adelante con tan poco.

Desde allí subimos hasta Zamora y León, para luego volver a Valladolid por Palencia y Burgos. Solo escribir sus nombres hace que se me erice la piel. Zamora, por ejemplo, está totalmente en ruinas y la naturaleza lo ha invadido todo. Megaguonderful. Desde donde te deja el autobús hasta el castillo -sí, un castillo de verdad- tienes que ir abriéndote pasos a machetazos por el manglar, con cuidado de no pisar una madriguera de topillos. Los topillos son como ratas, pero en pequeño. No te pueden matar, pero se coordinan para atacar y te pueden dejar sin botas en menos que canta un gallo. Por cierto, no vimos ningún gallo en todo el viaje, y mira que se dice que en Salamanca tenían una torre llena. Una pena.

La última etapa, en Palencia y Burgos, fue distinta. Como están más al norte, las construcciones son diferentes y el aire que se respira es más normal, más industrial. Es algo que se nota sobre todo en Burgos, donde tienen un edificio enorme con huesos de los antiguos pobladores de la zona: el museo de la “Evolución y la Despoblación”. Sí, chica, es un poco macabro, pero aprendes mucho sobre sus formas de vida, rituales y sobre cómo toda la meseta se convirtió en el desierto que ahora es. ¿Triste? Bueno, no sé. Si allí siguiese viviendo gente no podríamos disfrutar de toda la naturaleza y de las ruinas ¿no? Casi se me olvida: en Palencia estuvimos en un “chalet”, un tipo de vivienda de la época. Estaba todo igual, igual. Como si sus habitantes se hubiesen ido después de poner la mesa. Me hice una holofoto superfani en el retrete, el sitio donde hacían “sus cosas”, tú me entiendes.

No te lo vas a creer, pero se me ha abierto la piel del dedo y me sale un poquito de sangre. Creo que lo voy a dejar aquí, no vaya a perder la movilidad o algo. Cuando recibas esta carta, por favor, videollámame y te cuento todo con más detalle. Y empieza a hablar con Yon. Si le convences y os hacéis esta ruta el año que viene, tal vez podamos ir los cuatro, dentro de dos años, al “Mundo Perdido”. Es más caro, sí, y más peligroso, pero dicen que como Soria no hay nada igual en el planeta.

Un beso, cariño, y otro para tu Yon.  

                                                                                    Firma

Madrid, 4 de mayo de 2062

NdE: Todos los anglicismo presentes en el texto fueron admitidos por la RAE en el Cónclave de Móstoles, celebrado en 2050 a instancia del Doctor LOL, primer youtuber en formar parte de la Real Academia (sillón jota minúscula), y aparecen en su forma presente en la trigésimo primera edición del Diccionario de la Lengua Española.

A %d blogueros les gusta esto: