Tomás Luis de Derrota

Recuerdo como uno de los momentos más felices de mi infancia cuando bien mis padres (y madres) o mis tíos nos metían en el coche a mis primos y a mí para ir al cine a la capital (sí, estoy hablando de Ávila). Antes teníamos que sortear la gran cantidad de coches que se aglomeraban minutos antes de la sesión en los alrededores del Tomás Luis de Victoria para buscar un aparcamiento. Una vez dentro, íbamos derechos al puesto de palomitas, ¡ay las palomitas! ¿Se acuerdan de cuando no era necesario poner a la venta un riñón en el mercado negro para comprar el tamaño gigante? Años más tarde yendo con los amigos y, claro, las primeras chicas, en las que las películas pasaban a un segundo plano pero el cine seguía siendo algo importante.
 
Todo esto viene al caso de la noticia del cierre del Tomás Luis , noticia que a muchos no nos ha sorprendido, pero sí,algunas declaraciones de los últimos propietarios en las que afirman que el cierre “puede considerarse un fracaso de la sociedad abulense, que no entendemos muy bien por qué no ha dado una buena respuesta a nuestro proyecto”. Reaccionando así como ese novio desamparado cuando le deja su chica sin darle si quiera una explicación. Más traumático fue para mucha gente cierres como el del bar Patas en El Grande, sin que nadie acusase a la sociedad abulense de no estar a la altura de esos callos.
 
Más aún cuando, es posible, que ese modelo de negocio hubiese fracasado igualmente en Madrid. Películas antiguas a precios actuales, películas actuales sin ningún interés para el espectador medio y poca o nula publicidad. Sólo había que echar un vistazo a la cartelera del último día: una película biográfica sobre el Papa Francisco, una comedia italiana random, una producción venezolana con una sola crítica en filmaffinity (y no precisamente buena) y una película belga con buena crítica y poca taquilla. Puede que, al fin y al cabo, no toda la culpa la tengan los abulenses.

 

Dibujo

 

PD: Perdón por el título, pero quería sentirme redactor de Marca por un día.

4 Responses to Tomás Luis de Derrota

  1. decumanumax dice:

    Esto, señores cineros, es “Echar la culpa al empedrado”. Carlos Muñoz ya lo apunta en el comentario. ¿Porqué los cines de “arriba” tienen publico abulense? De esa indagación se puede llegar a la respuesta de la poca asistencia al “Tomas Luis de Victoria”. No señores “cineros” el fracaso no es de la sociedad abulense, es el fracaso de una empresa con poca capacidad de entender a la sociedad abulense y de hacer comercial un cine que tiene la ventaja y desventaja de estar en el centro de Ávila. Lo dicho: No se puede “echar las culpas al empedrado”

  2. carlos dice:

    El cinematógrafo como negocio basado en el espectáculo parece que en otros locales está funcionando bien y debe ser rentable. Ahora que las restricciones de tráfico y aparcamiento nos han expulsado al extrarradio, ante la imposibilidad de estacionar en las cercanias de ese teatro, no me extraña que las mamas y los papas de los nenes y las nenas prefieran sentarse ante otras pantallas más accesibles, por otra parte rodeadas de una rápida oferta nutricia para completar la fiesta transportando en el retorno la merienda.

  3. T.MP. dice:

    Y que no es fracaso en AVILA?

  4. Guillermo B. dice:

    Las palomitas del Victoria eran las palomitas “Gol”, sin duda, con un vuelo del portero hacia la escuadra que marcó mi infancia futbolística. Y esas sesiones con humo, y con pausa para cambiar de rollo donde te ponían lo de “Visite nuestro ambigú”. Y esas últimas filas oscuras de nuestra adolescencia.
    El ambigú que se habían inventado ahora se quedó a medio camino entre el ser y la nada. El concepto de sala seria o cine-estudio, a lo Renoir en Madrid de los años 80 nunca llegó, quizás por ese camino y con un bar en el hall hubiera funcionado la cosa. Y en plan cine comercial, con las mismas reventadas e incómodas butacas donde retozábamos de críos y no tan críos no tenía futuro con la programación buscada. Conste que yo lo he intentado, mayormente con películas infantiles, para apoyar el nuevo invento, pero es que la selección era infumable.
    Sumémosle a eso que los ingresos mayores de un cine hoy en día vienen del bar anexo, y de cobrarte por la Cocacola y palomitas lo que parecen regalarte en entrada. Y en el caso del Victoria no podía ser, con palomitas rancias y bebidas en lata, que uno no paga más por lo que puede comprar en Mercadona.
    Echar la culpa al público abulense es injusto. Los gustos son los que son, las modas las que son, y el cine no es producto de primera necesidad. Y la propuesta que planteaban, como digo, ni siquiera tenía la -falsa- justificación de lo progre y cultureta para aducir que cubría un mercado no abonado.
    Pero que cierren el cine donde uno vio estrenarse Star Wars es siempre una pérdida sentimental. Supongo que lo mismo les pasó a mis padres cuando cerraron aquel en el que vieron Casablanca, Doctor Zhivago, o el Puente sobre el río Kwai. Y la pena es que mis hijos ya no tendrán un enganche sentimental semejante, con las salas frías e impersonales de hoy en día o con lo audiovisual entrándoles por una pantalla de tableta desde la individualidad. Ellos no llorarán, como yo, como Jacques Perrin, como miles más, cuando en su madurez les llegue una lata de película y al visionarla vuelvan a su frígida y abotargada existencia todas las escenas de besos, de peleas, de persecuciones, de la maravillosa niñez plagada de asombros y descubrimientos, en suma, mientras los envuelve la fabulosa música de Ennio Morricone.

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