Del Prado al pradito

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Y la montaña parió un ratón. Bueno, tampoco. Sabíamos que la montaña estaba embarazada y ahora, después de años de mareos, vómitos y antojos, descubrimos que lo que algún día nacerá será un ratón, aunque seguimos desconociendo cuándo salimos de cuentas y desconocemos también, por fortuna, cómo se produjo el cruce entre una montaña y un ratón, aunque igual Pixar está interesada en la historia.

¿Se acuerdan ustedes del Centro de Gestión de Depósitos del Museo del Prado? ¿Se acuerdan de que era urgente y prioritario? ¿Se acuerdan de que aquello era el futuro de Ávila, el pan de nuestros hijos, el maná traído desde el cielo por elegantes charranes? Pues lo entendió usted mal, no era tal. En realidad, de todo aquello que se nos vendió en su día, lo único importante era montar una salita cuca de exposiciones y poner allí, de vez en cuando, tres o cuatro cuadros y parte de las obras que hubiese en el Palacio antes de que empezasen las obras hace 15 años. Lo otro, bagatelas y anastros. ¿Los talleres de restauración y la gestión de los fondos del museo? No era visitable y no tenía proyección externa ni cultural, hombre ya. ¿El almacén y la gestión del “Prado Disperso”? Simplemente era una gestión que no nos aportaba nada, algo meridianamente claro ¡Cómo hemos podido creer lo contrario! ¿Se acuerdan de que el anterior ministro de Cultura nos dijo el año pasado que el proyecto iba a ser más grande y más relevante de lo pensado inicialmente? Pues no era verdad, y menos mal.

Ayer, el diputado Sebastián González nos sacó de nuestro error y nos mostró el camino. Acuciados por la proximidad de las elecciones y por los mensajes que llegaban desde otras ciudades también interesadas en su cachito del Prado, nuestros representantes llevan un par de semanas de reuniones que por fin han dado frutos: en los presupuestos del año que viene, que vaya usted a saber si llegan a aplicarse alguna vez, habrá dos millones de euros preparados para nosotros. ¿Se gastarán? Seguro, segurísimo, no como los que se vienen presupuestando desde hace cinco años, porque ahora la obra la va a hacer una empresa pública. Malditos liberales. ¿Y qué obras se van a hacer? Pues eso, una sala de exposiciones. Otra sala de exposiciones, otro contenedor a rellenar con no sabemos qué fines, qué presupuesto, qué plan, ni qué futuro. Acabemos las obras y luego ya se verá, que son ustedes unos ansiosos. ¿Quién gestionará aquello y con qué perras? Todo a su debido tiempo, que ya habrá elecciones en 2019. Un gran avance, ya lo pueden ustedes ver.

Me voy a autocitar. Junio de 2013, ¡cómo pasa el tiempo cuando estás entretenido!: “mi temor (…) es que nos tengamos que conformar con otro edificio rehabilitado donde hacer conferencias, dar ruedas de prensa con imagotipos y poner exposiciones. Uno más a sumar a la abundante lista existente (…) Un nuevo contenedor con contenido exiguo, subsede del Museo del Espacio Vacío, una nueva oportunidad de desarrollo perdida”. Hemos pasado de un centro de gestión con talleres de restauración y exposiciones, con presupuesto millonario y decenas de puestos de trabajo, a una salita que no sabemos cómo se va a mantener y para qué.

Y nos tenemos que dar con un canto en los dientes, porque al menos parece que el proyecto avanza, que se acabarán las obras y que el Palacio, los nuevos pabellones iniciados y los restos arqueológicos no dormirán el sueño de los justos. Ese consuelo nos queda. Triste Ávila sin ventura, que sueña con los gigantes que le prometen pero solo ve ratones cuando abre los ojos. Y gracias.

PS.- Imagen vía @Elzo_

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