Lo nuevo

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Me declaro admirador absoluto de las películas de Indiana Jones, de Star Wars y de Star Trek. De todas y cada una de ellas. Sé que para algunos ser trekkie y eterno aspirante a Jedi es incompatible y que, habiendo estudiado lo que he estudiado, disfrutar como un niño con las aventuras de un expoliador como Henry Walton Jones Jr es infrecuente. Tampoco es lo más habitual que alguien diga que le gustan todas. Las viejas están mejor, no lo voy a negar, destilan aventura por sus cuatros costados, sus personajes tienen más carisma, menos años, más flexibilidad y son mucho más creíbles. Donde esté un ewok gruñón que se quite Jar Jar Binks, los nazis siempre han sido el blanco perfecto para el látigo de Indi y la tripulación del Enterprise siempre será la capitaneada por James T. Kirk. A pesar de eso, lo reconozco, también me gustan las películas nuevas.

Hay gente, en cambio, que prefiere las nuevas y desprecia las clásicas. De todo tiene que haber en la viña del Señor, que diría aquel. Supongo que tendrá que ver con los efectos especiales, muchos más creíbles ahora que cuando reventamos la Estrella de la Muerte, o con la adaptación del lenguaje narrativo a estos tiempos que corren. Sea como fuere, esta predilección por lo nuevo es habitual en nuestra sociedad. Si no me creen, ahí tienen ustedes a los fieles compradores de la marca de la manzana mordida. Cada vez que Apple saca un producto nuevo, cientos de miles de personas se agolpan a las puertas de sus tiendas para actualizar su dispositivo aunque el móvil que tienen en el bolsillo haga exactamente lo mismo que el nuevo, dispuestos a gastarse medio sueldo en una pantalla más grande que hasta hace no mucho despreciaban. Lo nuevo vende, en muchas ocasiones, solo porque es nuevo. También influye el marketing, es evidente, pero dudo mucho que nadie corriese ahora a comprarse un Nokia 3210 por mucho marketing que le acompañara.

No niego que a mi lo nuevo también me atraiga. Reconozco que cuando voy al Mercadona me lanzo como un poseso sobre los productos que aparecen catalogados como novedad. ¿Un helado nuevo? ¡Habrá que probarlo! ¿Un postre nuevo? ¡Habrá que probarlo! ¿Nuevas verduras? ¡No nos dejemos llevar por el sucio marketing capitalista! También hay gente que rechaza lo nuevo, simplemente por ser nuevo, como hago yo con las verduras simplemente por ser verduras.

En política esto también pasa, especialmente ahora cuando la vieja y la nueva política -al pobre Ortega le deben llevar meses pitando los oídos- parecen estar frente a frente dispuestas a enfrentarse en la batalla final. El otro día, en un comentario a una de mis entradas, se nos acusaba -supongo que a mi en especial por ser firmante del post- de estar en contra del cambio, de rechazar lo nuevo por ser simplemente nuevo, de revolverme contra lo desconocido y de ser, casi, aliados de la vieja política. Casi se me cae el monóculo mientras lo leo. Todo en relación con la presentación de Trato Ciudadano, la plataforma ciudadana que competirá en las próximas elecciones municipales y con algunas críticas vertidas en el citado post sobre sus primeros pasos.

Si en algo se ha insistido con vehemencia por aquí a lo largo de los últimos años es precisamente en eso, en la urgente necesidad de un cambio profundo, intenso, renovador y duradero. Les pondría enlaces a ejemplos concretos, pero igual no acabábamos. Pero esa perentoria necesidad no puede llevarnos a aceptar que todo lo nuevo, simplemente por ser nuevo, es mejor que lo antiguo. Lo nuevo tiene que cumplir los mismos requisitos y pasar los mismos filtros que lo antiguo, lo nuevo tiene que ser mejor o, al menos, no peor que lo antiguo.

No voy a votar a alguien simplemente por ser nuevo porque en Ávila, por mucho que se diga, hay partidos que llevan años trabajando -mejor o peor- con principios no muy distintos a los que Trato dice defender. Y digo principios porque de momento en ese terreno en el que nos movemos. Si hablamos de política local, de la que afecta al día al día del ciudadano, de la que va a dejar su marca en la ciudad durante decenios, hemos de exigir que un proyecto transformador nos diga cómo va a transformar la ciudad en aspectos tan concretos como el tráfico, los impuestos, el urbanismo, la recogida de basuras, los parques, las infraestructuras públicas, los museos, el patrimonio, los colegios, etc. Antes de votar necesito saber qué piensan hacer con mi voto, para qué va a servir, a dónde va a ir, porque las buenas intenciones, sean 12 o 19, se presuponen. Para programas inconcretos, amables y fantasiosos ya tenemos al PP.

Y mal harán si en lugar de admitir esto como lo que es, las dudas, aspiraciones y necesidades de un ciudadano, asumen que mis intenciones son aviesas y que toda crítica parte indefectiblemente del enemigo.

Eso sí sería muy “vieja política”.

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