Pulchra abulensis.

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El lunes por la mañana, con las primeras luces del alba y fuerte viento de levante, los brazos metálicos de varias excavadoras comenzaron a derribar con su brillantes dientes las vetustas paredes de la tienda de ultramarinos que, abandonada desde hace años, resistía frente al lienzo norte de la muralla. Un derribo planificado desde hace años, anunciado desde hace meses y anhelado por la mayoría de la población local. Como señalan desde el Ayuntamiento, el derribo se hace por motivos “estéticos” ya que el estado del edificio y el edificio en sí “afeaban” la imagen de la muralla. Tal cosa no se puede permitir, faltaría más, y menos ahora que la ciudad se va a llenar de turistas por aquello del Centenario de la Santa, celebración que empezará el día menos pensado.

Tentado estoy de liarme la manta a la cabeza y posicionarme en contra del derribo, del Ayuntamiento y de la ciudadanía y defender, a capa y espada, que si empezamos a derribar cosas porque nos parecen feas y molestan -argumento de peso también utilizado en su día para el derribo de la fábrica de harinas- igual deberíamos haber empezado por el Grande y continuado por el castillito rosa que tiene Hacienda frente a la Diputación, actos para los cuales, seguramente, lograríamos un gran consenso ciudadano. Tentado estoy también de preguntar si la preocupación estética del Ayuntamiento llegará con esto del Centenario hasta Las Gordillas o la Fábrica de Luz, ruinas patrimoniales que igual afectan menos a la visión de la muralla, pero que afean sin duda la imagen de una ciudad que presume de conservar su patrimonio.

Tentado estoy, ya les digo, pero no lo voy a hacer. En primer lugar porque está cerca la Navidad y la bilis empieza a ser sustituida por el ácido úrico y el colesterol; y en segundo lugar porque la edad nos enseña que solo hay que combatir aquellas batallas que podemos ganar. Lo que si voy a hacer es aprovechar la ocasión para reflexionar en voz alta sobre cómo estamos adaptando los monumentos a nuestro “ideal de monumentalidad”.

La imagen actual de la muralla de Ávila es una imagen inédita, nadie a lo largo del último milenio -lustro arriba, lustro abajo- la ha contemplado tal cual está. Igual esta afirmación le sorprenda, pues muchas restauraciones se hacen con el pretendido argumento de devolver tal o cual cosa a su estado original, pero eso es materialmente imposible en la mayor parte de los casos y, en mi opinión, tampoco es lo deseable. Si hablamos de la muralla, no solo tenemos que pensar que el lienzo principal ha sufrido a lo largo de los años modificaciones -recrecimientos de los muros, reformas de las puertas, apertura y cierre de huecos, restauraciones más o menos afortunadas, etc.- sino que además la muralla ha estado acompañada de una serie de construcciones externas -barbacanas, baluartes, edificios de uso civil y militar- que se han perdido casi por completo. La vista de la muralla nunca ha estado tan limpia como ahora y eso responde más a nuestro gusto estético que a la historia del monumento.

Piensen en qué habría sucedido en la Catedral si la hubiesemos sometido a un proceso de pureza arquitectónica similar al vivido por la muralla y pretendiesemos devolverla a su estado original*. Adiós a la mayor parte de las capillas, a la actual puerta principal, etc…

No pretendo con esto defender el edificio recién derribado, entre otras cosas porque quizá llego un poco tarde, pero sí animar una reflexión sobre cómo nuestros valores estéticos y nuestro percepción afectan a los elementos patrimoniales y a sus entornos. La “monumentalización” ha ayudado sin duda a la conservación de los bienes, pero en algunos casos les ha restado valor histórico y ha dificultado su comprensión como testigos no solo de una época concreta, sino del paso del tiempo y de la evolución de las sociedades. Es evidente que compensa, pero no está de más recordar que ninguna intervención sobre un bien histórico o patrimonial es neutral y que en muchas ocasiones nuestra percepción, gustos y deformaciones profesionales pesan tanto o más que la realidad histórica.

A ver si saco tiempo y un día les hablo de Viollet-le-Duc, responsable en buena medida de nuestro ideal de monumentalidad.

*¿Cuál sería el estado original de un edificio en construcción durante siglos? ¿En qué momento pararíamos el reloj? ¿S. XIII? ¿Tiramos todo lo posterior al XVI?

4 Responses to Pulchra abulensis.

  1. Alberto says:

    Sólo puntualizar que el que el ayuntamiento siempre haya dado su negativa a las peticiones de rehabilitación, teniendo que acudir al constitucional para que se les diera la razón a los propietarios y aún así complicar e imposibilitar con argucias burocráticas para que no se llevasen a cabo esas mejoras es lo que a llevado a ese trozo de historia a terminar en el suelo.

  2. Jota says:

    Otra vez se repite la barbarie y van ya… ¿cuantas veces?

    Por las mismas razones que no son argumentos. Con los mismos argumentos que no son ni razonables ni razonados con la razón en la mano, el gobierno de la ciudad ha ejecutado la mutilación de un pedazo de su ser y de su estar (de la ciudad, no del gobierno).

    Puestos a hablar sólo de estética en relación con la muralla, y para conseguir definitivamente esa “Pulchra abulensis” a la que hace referencia el autor de este artículo, creo que el gobierno municipal debe materializar con la urgencia debida la limpieza precisa en pos de conseguir ese anhelado deseo de pulcritud.

    Deberíamos empezar con el Cimorro de la catedral, que además de no ser muralla, expande un culo gordo que provoca un estrechamiento molesto en una de las principales calles de la ciudad, tan estrecho que algunos lo aprovechan incluso para medir con mayor precisión el número de manifestantes que de vez en cuando protestan en las calles (como si tuvieran razón alguna para hacerlo, con lo bien que va todo).

    Después deben destruir esos otros pegotes que tapan la muralla en la sacrosanta calle San Segundo, sí, dónde está la oficina de turismo y un par de bares… ¡qué horror! ¿Pero nadie se ha dado cuenta de que están tapando la muralla? ¿No ha reparado el alcalde y el resto del equipo de gobierno de que los turistas teresianos no van a poder ver esa noble e infámemente oculta parte de la muralla?

    Y puestos a ser pulcros creo que lo necesario e imprescindible es cargarse también las edificaciones que han utilizado el adarve como si fuera suyo, por ejemplo el Palacio Episcopal que no sólo se ha comido el adarve sino también dos torreones, incluso en uno de ellos el obispo se ha hecho un mirador privado. ¡Habrase visto semejante atrevimiento!, y nosotros sin hacer nada al respecto.

    ¡Pobres turistas teresianos! Vendrán a la ciudad a centenares de miles y ni uno sólo de ellos va a poder llevarse el recuerdo de una muralla inmaculada, pulcra, limpia y verdadera… No levantemos la voz por si acaso, no vaya a ser que se consideren decepcionados cuando no engañados si se dieran cuenta del desaguisado.

  3. Macanaz says:

    Solo hay una cosa que me aburra mas que los clericales que tanto pululan por nuestra urbe amurallada y son los anticlericales.
    Como diría Unamuno, entre los hunos y los hotros estamos buenos…

  4. Jota says:

    Pudiera ser que una cosa y la contraria sean iguales, es posible (si nos ceñimos al argumento racional y/o filosófico), puede ser que sí.
    De la misma manera también puede ser posible que argumentar algo y afirmar algo sin argumento alguno también sean la misma cosa… es posible (ciñéndonos a la racionalidad filosófica).
    Yo no creo que tal fenómeno sea posible en realidad, pero sólo soy un “juntaletras”, nada más.

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