El pequeño pastelero de Madrigal

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Aunque ahora nuestra relación con el vecino Portugal sea más bien fría -toallas, calcetines, café, CR7 y mujeres vellosas- no siempre fue así. Conocemos mejor lo que pasa al otro lado del océano que lo que sucede al otro lado de la fina línea que una vez fue la frontera, pero durante siglos los destinos de ambos países estuvieron fuertemente entrelazados. Hoy el iberismo cotiza a la baja, pero durante mucho tiempo la pertenencia de ambos países a una misma realidad cultural era algo asumido por buena parte de las élites políticas y culturales. Para Quevedo, por ejemplo, España estaba compuesta de tres coronas: Castilla, Aragón y Portugal.

La historia de nuestro país y la de Portugal se entrecruzan en muchas ocasiones, como por ejemplo en los hechos que paso a relatarles, la historia del pastelero de Madrigal de las Altas Torres, sucedida a finales del S. XVI. Pero antes, un poco de contexto.

El fin de la reconquista no es el fin de la diversión

Para Portugal, acabada la reconquista peninsular en el S. XIII y aseguradas -más o menos- sus fronteras terrestres con la vecina Castilla, el mar era la única vía de expansión y la explotaron con dedicación y provecho. A principios del S. XV, naves portuguesas comerciaban con el norte de Europa con asiduidad -y no solo toallas y calcetines- y comenzaban a surcar las costas africanas, tomando las primeras plazas en el continente: Ceuta (1415) y Tánger. Aunque en un principio el asunto no parece de envergadura, al final se lían la manta a la cabeza y aquello termina convirtiéndose en una empresa global, a gran escala, a lo loco. Hasta el infinito, las Indias Orientales y más allá. El pequeño reino de Portugal, en la esquinita de Europa, se convierte en una potencia internacional a base grandes hombres –Gil Eanes, Nuno Tristáo, Diego Câo, Bartolomé Días, Vasco da Gama– que llevan a cabo grandes empresas hasta el momento impensables. La fina línea que separa a los héroes de los locos no era asunto que preocupara en aquellos momentos.

Por su parte, a este lado de la frontera, las Coronas de Castilla y Aragón, unidas bajo la monarquía de sus católicas majestades Isabel y Fernando, terminan la reconquista con la toma de Granada en 1492. Yo me habría sentado a disfrutar de las vistas desde la Alhambra, con una cerveza en la mano y unos pistachos, pero ellos no lo hacen. ¡Jodidos emprendedores! No solo ponen a un loco al mando de tres barcos para que se vaya a buscar las Indias por occidente; además está Italia, donde llevan años intercambiando sablazos con los franceses (y con los locales) y pronto también el norte de África.

¿Y qué interés tiene toda esta gente en el norte de África?

Básicamente tres. En primer lugar, claro, el vil metal y las viles especias. Por ejemplo, Ceuta, antes de la conquista portuguesa, era la terminal del comercio del oro subsahariano y desde allí se exportaban los productos del continente a Europa. Por otro lado, controlar el norte de África era un buen seguro para la península. Un visigodo de nombre Rodrigo puede dar fe de los peligros que pueden cruzar el estrecho de un día para otro. Además, buena parte de la costa era usada como refugio por los piratas berberiscos que atacaban desde allí embarcaciones y puertos cristianos, en especial los aragoneses. Barbarroja ens roba.

Por último, pero no por ello menos importante: la fe. Aunque, influidos por Hollywood, la idea de Cruzada nos remita a Ricardo Corazón de León y a sus contemporáneos, a finales de la Edad Media (S. XV) el mito de la Cruzada -la conquista de los Santos Lugares y la reconquista de todos aquellos territorios perdidos por la cristiandad- estaba muy presente. Este ideal, que bebía de fuentes dispares -los viajes de Marco Polo, el mito del Preste Juan, el pensamiento del mallorquín Ramón Llull, etc.- encontró en la península ibérica y en sus expansivos reinos un lugar perfecto para germinar. Igual los Santos Lugares pillan un poco a desmano de Marruecos, es verdad, pero los Reyes Católicos, como sucesores de los reyes visigodos y de los emperadores romanos -codazo, codazo, guiño-, consideraban tener derechos históricos sobre la costa africana, territorios que, además, un día fueron cristianos. El Papa, por supuesto, certifica todo esto con un par de bulas y un avemaría y Portugal cede a los castellanoleonesescatalanoaragoneses los reinos de Tremecén, Argel, Bugía, Túnez y Trípoli, mientras que se reserva Fez. Id, reconquistad y evangelizad. En 1497, la reconquista cruza el estrecho y el Duque de Medina Sidonia toma Melilla.

La muerte de la reina Isabel frena la expansión africana: Felipe y Juana ya tal, y Fernando está más preocupado por Italia, donde los franceses, inasequibles al desaliento, están dispuestos a seguir recibiendo sopapos hasta en la carte d’identité. Hasta la conquista de Orán, apenas dos escaramuzas: Mazalquivir y el Peñón de Vélez de la Gomera. El plan africano del aragonés, mucho más pragmático, nunca fue lanzarse a una conquista continental, sino asegurar unas cuantas plazas en la costa desde las que controlar el territorio y el mar e incordiar a los vecinos cual estudiantes universitarios.

La conquista de Orán es harina de otro costal. Primero, porque la iniciativa no surge de la Corona, sino de Cisneros y segundo porque el plan no es solo conquistar Orán, eso es tan solo el prólogo. Cisneros, uno de los grandes personajes de la historia de España, trata de convencer a Fernando el Católico y a los reyes de Portugal e Inglaterra, Manuel I y Enrique VII, de montar entre los tres una Cruzada y, desde el norte de África, acabar con el sultán de Egipto, tomar El Cairo y Alejandría y, usando Chipre como puente, lanzarse a la conquista de Palestina. El típico plan loco que te montas con tres colegas después de cuatro o cinco cervezas. Mientras en España e Inglaterra el asunto era tratado con cautela, el monarca portugués muestra su entusiasmo desde el primer momento. Tan grande era su fervor cruzado como grande fue después su decepción cuando el plan se vino abajo y le tocó deshacer las maletas.

Sebastián

Y hasta aquí el contexto. ¿Era necesario? Por supuesto. Si yo llego y les digo que un rey de Portugal muere en Marruecos ustedes, sin la precedente introducción, podrían haber pensado que Sebastian se había bajado al moro o que estaba por allí con una excursión del instituto. Ni mucho menos. Sebastián, bisnieto de Manuel I, recupera el ideal de cruzada que se había mantenido, como un runrún colectivo, desde tiempo de su abuelo. Sebastián, influido por una educación de corte jesuita, se consideraba un soldado de Cristo, el brazo armado de la cruz, el Special One de la Santísima Trinidad. Con poco más de 20 años organiza una cruzada contra el reino de Fez con apoyo económico de su tío, Felipe II, que antes había intentado, sin éxito, sacarle tan alocado plan de la cabeza. El principal problema: que su idea era, como buen capitán de la cristiandad, encabezar sus tropas espada en mano. Cuentan las crónicas que en junio de 1578, ochocientas naves con veinte mil hombres salieron del puerto de Belem. La empresa no duró mucho: el 4 de agosto las tropas portuguesas eran aniquiladas por los bereberes en Alcazaquivir con su rey a la cabeza. Bueno, a la cabeza pero sin ella. Todo un éxito.

Y aquí empieza la leyenda. La derrota fue un desastre económico, político y psicológico  para Portugal; la espoleta de una crisis que acaba con Felipe II ciñéndose la corona portuguesa. Un caldo de cultivo estupendo para las leyendas de corte mesiánico basadas, en este caso, en el regreso del difunto Sebastián, un rey bueno, para salvar a su pueblo de la pobreza, los españoles, las importaciones chinas y la troika. Un regreso que debía producirse desde el más allá -The Walking Sebastian- o quizá desde el más acá: al parecer, un grupo de soldados regresó aquella noche de agosto a una de las plazas portuguesas de la costa y para conseguir cobijo arguyó que entre ellos se encontraba, camuflado, el rey Sebastián. El rey no estaba muerto, estaba de parranda.

El asunto es que nadie volvió a ver a Sebastián, pero no faltaron oportunistas que aprovechando el río revuelto decidieron hacerse pasar por el difunto rey y vivir del cuento o, incluso, reclamar la corona lusa. Si cuela, cuela y si no es broma. Uno de ellos fue Gabriel de Espinosa, el pastelero de Madrigal.

El pequeño Gabriel

Como señalamos, Gabriel de Espinosa no es el único que intenta hacerse pasar por el desaparecido Sebastian, pero sí el protagonista de uno de los casos más curiosos. Gabriel, nacido quizá en el mismo Madrigal o quizá en Toledo, de profesión pastelero, aunque no de profiteroles y pepitos de chocolate, sino más bien de empanadas y pasteles de carne. Casado, padre de un hijo y residente en Madrigal de las Altas Torres desde 1594. Hasta aquí lo más o menos seguro. Unos apuntan que era un huérfano que llevaba toda su vida sobreviviendo de aquí para allá, otros que era miembro de la familia real portuguesa (hijo ilegítimo, bastardo, pecadillo de juventud, etc). En Madrigal, Gabriel conoce al portugués Fray Miguel de los Santos, vicario del Convento de Nuestra Señora de Gracia, confesor en la corte del difunto Sebastián, y por mediación de este a Doña María Ana de Austria, hija ilegítima de D. Juan de Austria, hijo ilegítimo de Carlos V, nieta doblemente ilegítima por tanto del emperador, sobrina ilegítima del reinante Felipe II y prima también ilegítima del difunto (o no) Sebastián de Portugal.

El plan es sencillo, coronar al pastelero como rey de Portugal y mandar a Felipe a pastar al Escorial. Para ello, y previa promesa de amor eterno, matrimonio y corona, María Ana de Austria, que tenía pocas ganas de seguir en el convento, entrega sus joyas al fraile y al pastelero para que las usen para conseguir fondos, convencer a nobles portugueses y desalojar al triste Felipe II de Portugal. El plan se tuerce sin remedio cuando el pastelero es detenido después de pasear las joyas y su supuesta altezidad por bares, tabernas y discotecas despotricando de Felipe II.

Detenido y encarcelado por bocazas, sus captores descubren con sorpresa una serie de documentos en lo que se intitula como rey de Portugal y que le relacionan, nada más y nada menos, con la sobrina del rey. El funcionario entona un trágame tierra y notifica tal suceso a la corte, que decide someter a pastelero y fraile al procedimiento habitual en estos casos: tortura y más tortura hasta que canten, hecho que no sucede. Gabriel tan pronto dice una cosa como la otra y el fraile jura y perjura que él creía que el pastelero era el mismo Sebastián. Resultado: dos condenas a muerte, el pastelero decapitado y descuartizado; ahorcado y descuartizado el fraile. La sobrina del rey es trasladada, como castigo, al Convento de Nuestra Señora de Gracia, en Ávila, para que guarde estricta clausura.

¿Cómo pudo un pastelero montar semejante sin dios? ¿Engañó o se dejó engañar por el fraile? ¿Y Doña María Ana de Austria? Según las crónicas, el pastelero, que no parecía dedicarse a la pastelería, recibía en su casa a altos personajes portugueses ¿Estafados o estafadores? El pastelero parecía tener buenos modos, como su humilde familia, buena planta y hablar idiomas. ¿Cómo había accedido a esas costumbres y conocimientos? ¿Por qué se declara todo el proceso secreto? ¿Por qué tanto interés por parte de la Corona?

Seguramente la respuesta a todas esas preguntas sea la más sencilla: una conspiración de sediciosos un tanto chapuzas para hacerse con el poder usando a un pobre hombre con cierto parecido físico -ambos eran pelirrojos- con el difunto rey, que termina creyéndose su papel. De todas formas, si usted quiere sacar sus propias conclusiones, aquí tiene un documento del S. XVIII que recoge los testimonios de todos los inculpados.

¿Era el pequeño Gabriel un charlie del CNI? 

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