La ciudad fantasma

Entré el primero al vagón, que venía en silencio desde León, con sus pocos ocupantes aún dormidos o en sus cosas. Me disponía a ubicarme cuando una señora apareció por el otro lado del vagón cual velocirraptor para sentarse, por supuesto, en el asiento que marcaba mi billete. Resignado, me coloque donde pude y entonces los vi: una tropa de jovenzuelos vociferantes irrumpían en la estancia para eliminar cualquier resquicio de paz que hubiere. Supe en ese momento que los cinco bravucones, la señora y servidor teníamos el mismo destino: Ávila. Ninguno bajo en Medina del Campo o Arévalo. Ninguno prosiguió hasta Madrid. Todos bajamos en la concurrida estación abulense.

Concurrida, sí. Ahí había personas. El problema fue luego, cuando empecé a caminar hacia casa…

¿Dónde estaba la gente?

No, no es Ávila

No, no es Ávila

Más tarde, había quedado con Illo para echar unos cambalaches y hablar del tránsito intestinal de la ciudad. Y fue entonces cuando los ví. A los abulenses digo. Sí, estaban. Sí, viven. Y deben de ser unos 60 mil por lo visto. Habitan en un sitio llamado “Mercadona”.

Bueno, no todos. Ahí, en un rincón perdido por donde el pronto deshabitado CUM Carlos Sastre, había una docena de vecinos participando de una reunión de la urbanización. Estaban todos apiladicos debajo de un vestibulo, que llovía. Pero estaban, estaban. Había abulenses en Ávila. A las afueras, casi en El Fresno. Pero bien, vale, aún era Ávila capital.

¿Y si entonces – me pregunté hacia mis adentros – no es que hayan desaparecido los abulenses sino que andan viviendo cada uno en el punto más alejado del otro posible? Lo mismo se hicieron barrios a cascoporro, con rotondas diseñadas por Sauron, sin servicios básicos ni tiendas cerca y por eso la gente se concentra en el sitio ese llamado Mercadona. Afortunadamente, sabedor del buen hacer de los que se encargan de estas cosas, en breve se procurará revitalizar/rehabitar el centro histórico, rehabilitar casas, favorecer la llegada de comercios, hacer que el turista cuando llegue no se sienta en una ciudad fantasma. Pero vamos, que si eso y si la SmartCity lo permite.

Otro punto, me decía un tercer acompañante en aquello de los cambalaches, es el del deporte. Ésta puede ser la capital que pierda en la misma semana sus dos principales equipos sin que nadie abandone sus egoismos, personalismos o divismos. De este modo, los mejores estadios y pabellón donde encontrar un abulense será el Bernabéu/Calderón y el Palacio de los Deportes de la Comunidad de Madrid. Así les devolvemos el favor a los de la Villa de colocarnos paracaidistas en las listas.

Al partir, siempre negatifo, había comprobado otro viejo axioma: el verano en Ávila sigue siendo un concepto discutido y discutible. Pero eso ya, para otro día.

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