Fábula del estornino y la rata

Siguiendo la estela de la gata de Pablete, ha ido creciendo en mí una sensación de estar mosca. Todo empezó el otro día mientras atravesaba el Parque de San Antonio. En torno a la fuente central empecé a escuchar voces. No tardé en recordar la viñeta de Illo en la que los estorninos tomaban la calle con cánticos como: “Humanos, trogloditas…¡pitas pitas pitas!” Miré hacia arriba y no vi a ninguno de ellos pero en el suelo estaba toda la dura y reseca verdad. Todo San Antonio era una gran caca. Podría ser más fino, pero si es una caca es una caca. Me sentí amenazado por el silencio. Las voces en mi cabeza crecían y crecían hasta hacerme imaginar que en ese mismo momento una tropa de estorninos me tendrían en sus miras telescacópicas y que su caza había comenzado. Salí escopetado como un correcaminos hasta refugiarme en los aledaños de la tienda del Obila.

Lo siguiente que vi fue hienas. Ahí estaban, jiji jaja, hablando entre dientes y avistando su presa. Miraban el periódico y se reían del fondo oscuro de la foto de portada. Cómo me alegro, jiji jaja, de que esos altones ya no vayan a estar por la ciudad. Jiji jaja. Qué se habrían creído esos de 2 metros. No los necesitamos, jiji jaja. Pues de los otros tampoco se sabe nada, comentaba otra flacucha alimaña que había permanecido callada hasta ese momento. Mejor, mejor… tener de lado este velatorio es un win-win para lo nuestro.  Jiji jaja.

Lo de mi mente iba a peor. No solo veía animales sino que hasta reconocía voces. Me fui hacia el Maspalomas a ver si con un litro de agua se me pasaban las alucinaciones, pero la verja estaba echada. Mi situación no era nada buena… por la izquierda un pingüino bien alto saludaba desde el pasaje de la sede socialista. Eso sí que era inédito: saludaba de verdad, sin whatsapp. No sé bien por qué salí corriendo hacia el 2 de Mayo hasta que allá por donde la COPE fui atrapado por un topo que me condujo hacia su secreta madriguera.

¡Escucha y calla, rapaz! ¡Sígueme a las cloacas del centro de la ciudad, que ahí es donde todo se cuece!

No tenía ya todas conmigo, más aún al darme cuenta de que mis uñas se iban convirtiendo en garras y a ese ritmo ya no cabría por la madriguera. Pero seguí al conejo ¿o era topo? por las intrincadas casillas del subsuelo. Es de justicia reseñar que las vistas eran muy buenas hacia la sede de Bankia en Reyes Católicos. Una rata y una sumisa comadreja charlaban animosas, dueñas del cotarro: Es increíble, tía, lo de esa gallina. Ahí la tienes con contrato, cuando es una indignada de esas. Y a sueldo de la zorra, ni más ni menos. Ya, es la monda. Yo se lo voy diciendo a todo el mundo por ahí, que tengan cuidao, que es peligrosa. Uff, tía. Menos mal que no nos oye nadie, que hay mucha gata endemoniada por ahí.

williamOficialmente estaba confundido. Me giré y mi camarada el topo había desaparecido. Salí de mi escondite a tiempo para ver cómo la rata se había subido a una alta torre, a refugio de los crecientes murmullos de los estorninos francotiradores que volvían a empezar a cercarme como en una película de Shyamalan. Por fortuna una llamada de teléfono me sacó de mi terrible ensoñación. Te debo una, Felipe JF.

Escribí lo soñado y recordé que toda buena fábula ha de acabar con moraleja. Como no más Ave que otro estornino se espera, bajo esta fauna el abulense zoo solo tiene un destino:

Quedarse vacío. ¡Qué animalada!

One Response to Fábula del estornino y la rata

  1. pauilargia says:

    Esta entrada está un paso de alcanzar a Esopo, Samaniego y compañía

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