Tomatina vecinal

El otro día salí a la calle y me encontré a la vecina gritando por el balcón: “¡Ya son mil, ya son mil!”. Parecía que se le iban a salir los ojos de las órbitas y se besaba la solapa de la bata imitando a un futbolista morreándose con el escudo de su equipo. Yo agaché la cabeza con la esperanza de pasar desapercibido, pero la jodida octogenaria tiene vista de veinteañera.

– ¡Tú, vecino! ¡Ya son mil! –me dijo.

– ¿El qué son mil?

– Los tomates que he sacado del huerto que tengo en el patio.

Y la octogenaria empezó a cantar: “Oe, oe, oe, oe, oe…” mientras recorría la terraza con el brazo en algo, agitando un trapo de cocina.

Iba a decirle que esos dejes de grandilocuencia son capaces de atufar el mejor trabajo.

Iba a decirle que cuando algo funciona bien, habla por sí solo.

Iba a decirle que todo el barrio sabía que sus tomates estaban de muerte, sin necesidad de ir gritándolo.

Iba a decirle eso y mucho más, pero al final me puse a cantar con ella.

“Oe, oe, oe, oe, oe…”

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