Paco, Pakuto (por Luis Asiaín)

Volvemos a tener la suerte de contar con la participación de Luis Asiaín, lo cual siempre es un placer. Aprovechamos para recordar que podéis enviarnos vuestras colaboraciones. Aquí os decimos cómo.

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Este es el relato de una historia cualquiera, una historia de Ávila. Trata de la evolución del pensamiento de un niño y su mirada hacia una persona concreta a la que jamás conoció y con la que nunca se relacionó directa o indirectamente. Recientemente me impactó toparme con la imagen de esa persona, a quien no esperaba volver a ver más que en mis recuerdos de infancia.

Paco, Pakuto

INFACIA

En las tardes de mi primer año de colegio en España solía sentarme con mi abuela en la terraza de su casa. Mis padres se acababan de divorciar y, por esa misma razón, viví con ella durante unos meses. Cuando nos sentábamos en la terraza –situada en un primer piso del jardín de San Roque– solíamos rallar pan duro de días anteriores, pelar judías verdes, quitar pequeñas piedras de las lentejas del día siguiente… ese tipo de cosas. Recuerdo perfectamente un día en el que estaba con la barbilla apoyada en la baranda de la terraza con la mirada fija en el jardín… por la izquierda, desde el paseo, venía fumando tranquilo, pacífico y ensimismado un señor delgado, con el pelo largo y barba… una figura que destacaba del entorno, alguien que, para un niño como yo, no pasaba desapercibido. Al instante, mi abuela se acercó, apoyó su brazo en mi hombro, acompañó la mirada conmigo… y espetó lo siguiente:

–Ves a ese señor hijo…
–Sí abuela…
–Cuando lo veas por la calle, no te acerques a ellos… cruza de acera.

Así, sin más. El señor, apodado Pakuto, se dirigía a uno de los rincones de aquel jardín donde se juntaba casi todas las tardes con un grupo de gente con un aspecto extraño… al menos para la mirada de un niño de siete años que los observaba intrigado desde aquel primer piso. Buscaban un rincón cercano a la fuente que había en el parque. Si la figura de aquel hombre resultaba enigmática, con esta instrucción mi abuela remató la faena.

Acto seguido entramos en casa y al pasar por una tablilla de madera con un señor de rostro lánguido, delgado, pelo largo, con barba y sospechosamente parecido al tal Pakuto… mi abuela le hizo una reverencia y se santiguó. Tan venerada era aquella figura del Sagrado Corazón de Jesús que por las noches, el argumento más utilizado para luchar contra los típicos miedos nocturnos infantiles era aquello de…

Jesusito de mi vida eres niño como yo,
Por eso te quiero tanto
Y te doy mi corazón…
Cuatro esquinitas tiene mi cama,
Cuatro angelitos que me la guardan… etc…

–No te preocupes que él –decía ella– estará aquí toda la noche para protegerte –refiriéndose obviamente a la imagen del señor con un corazón con pinchos sobre el pecho… ideal para que un niño durmiese tranquilo, mano de santo–.

Pero… entonces… ¿en qué quedamos? Pensaba yo.

Aquel señor, Pakuto, solía sentarse a vender cuadros en la plaza del Grande, lugar por el que yo debía pasar sistemáticamente todos los días camino del colegio, por tanto me cruzaba con aquella enigmática figura literalmente a diario. Tanto miedo tenía en ocasiones que ni me atrevía a pasar por la plaza, a veces daba rodeos para no cruzarme con aquel grupo. Un grupo variopinto de gente en el que no sólo se encontraba Pakuto como figura enigmática, otro tenía una cresta enorme pintada de colores, una chica que solía acompañarlos, dos o tres jóvenes más y siempre había algún perro que, por extensión, me daban un miedo tremendo… eran como prolongaciones del grupo, se movían como satélites alrededor de ellos y si alguno se me acercara era casi tanto como ser alcanzado por el propio grupo. Cuando la mirada de un niño le tiene miedo a algo la imaginación es incontrolable. Para colmo, tenía la endiablada tablilla metida en el cuarto y seguía sin entender la contradicción que mi propia abuela me había brindado.

Corrían los años ochenta… eran tiempos en los que los de mi edad disfrutábamos con La Bola de Cristal, con Dragones y Mazmorras, con los chapines, con las pistas de tierra, con las bicicletas, con los helados en el parque, con los bocadillos de cualquier cosa que sirviera de excusa para ponerte en la calle y dejaras de marear en casa, con el Bote-Botero –que muchos decían Bote-Bolero–, con Churro, mediamanga, mangotero, con el Escondite inglés, con Fray Huevo (¡¿qué desea?! -¡Un huevo! -¡Que entre luego!), con el Coche Fantástico, con… en fin… con todo. Imagino que la infancia de cualquiera estará siempre llena de sus cosas. En este clima de juego e infancia, los comentarios e insinuaciones de los chicos mayores se filtraban sutilmente hacia los de nuestra edad dejando caer especulaciones acerca de Pakuto y su grupo. Comentarios que, a su vez, vendrían de otros chicos mayores que ellos, éstos de los siguientes, y así sucesivamente. Mucha gente había apodado a Paco como «Paco el guarro», así de explícita llegaba a ser la inercia del chismorreo abulense… aquel que vendía cuadros en la plaza. Aquellas procaces habladurías insinuaban la relación del grupo con el hábito y consumo de drogas más allá del alcohol legalizado de las litronas… y mucho más allá del hoy oficiosamente institucionalizado porro. Desconozco por completo si era el caso, pero cierto es que fue aquella una época en la que muchos jóvenes cayeron como moscas debido a una oscura moda de heroína y jeringas. De las jeringas en los parques sí puedo dar fe, porque muchos nos topábamos con ellas jugando. Pero obviamente ni quiero ni pretendo relacionar a los unos con el consumo de aquellas pérfidas flores muertas que decía la canción.

En la misma casa de mi abuela había un cuarto de estar verde que era utilizado para meter a todos los nietos que se presentaban en casa a jugar –ya entonces seríamos unos veinte–. En aquel cuarto, había un tocadiscos y en éste solían sonar solamente tres discos:

El padre Abraham en el país de los Pitufos, el Dúo Dinámico y esto…

¿Qué hacía el disco de Humet en casa de mi abuela? Misterio. Pero lo cierto es que a mi abuela le encantaba esa canción y sonaba constantemente por algo tan trivial como que a todos los nietos nos encantaba el silbido y, por si fuera poco, encerrados en el cuarto teníamos carta blanca para usar, manipular y desgastar el tocadiscos a placer. Para qué querer más. Muchos de mis primos compartirán este recuerdo conmigo a buen seguro. Aquella canción… aquella letra… fue tomando forma poco a poco en mi mente infantil y cuando me cruzaba con el grupo de Paco me acordaba de la canción. Asociaba a Clara –protagonista de la canción– con la chica que solía acompañar a Paco; los detalles de la letra con los propios comentarios que escuchaba a mi alrededor… «y nadie quiso preguntar», etc…

Pasaron unos tres años y mi dinámica hacia el grupo de Pakuto era básicamente la misma. Un día, en el colegio, una profesora a la que apodábamos «la Bruja», decidió que el lapicero con el que estaba escribiendo –en los ochenta se pusieron de moda unos lapiceros enormes, gordos con una pequeña funda de plástico colgando de la goma que encajaba en la punta superior, y en cuya funda venían metidos otros tres lapiceros minúsculos– no era un lapicero convencional con el que escribir en el colegio… lo arrebató de mis manos y me lo rompió en la cabeza por la mitad. Agarró un roído lápiz del compañero que tenía al lado y me lo calzo en los dedos… ¡Escribe con esto! Me dijo. El lapicero era un regalo de mi padre, al que veía tres veces al año después del divorcio. Me pregunto de dónde vendría el apodo «Bruja». El caso es que aquella señora abrió la caja de Pandora con aquel gesto. Recordé entonces una tarde que pasé en los columpios del rastro el año anterior… la primera vez que me fumé unas clases.

Y desde entonces no quise otra cosa… un descontrol total.

Este fue el momento en el que la ciudad, Ávila, se convirtió en cómplice… mi cómplice. Me preparaba todos los días para ir al colegio, salía de casa y seguía la ruta hasta que, sencillamente, desviaba mi camino y paseaba por las calles de la ciudad. Sin más. Teníamos clase de nueve de la mañana a doce y media y de tres y media a cinco y media de la tarde… lo mejor eran las tardes, porque por las tardes la ciudad estaba desierta hasta que abría el comercio a las cinco, momento en el que debía preocuparme y tener cuidado para no toparme con mi abuelo camino de las tiendas que regentaba. Siempre fue un placer pasear por esas calles tranquilas, me sentía profundamente libre con la ciudad a mi alcance que, para un niño, era abarcable y muchísimo más que suficiente. Obviamente me acuerdo mucho de mi familia y en especial de mi madre que, pobre, estaba desesperada sin ser capaz de entender qué demonios me pasaba y por qué costaba tanto meterme en el colegio. En estos años ya no vivíamos con mis abuelos –aunque comíamos con frecuencia en su casa o pasábamos algunos días con ellos–, yo tendría unos diez años y mi abuelo Pedro venía a casa a buscarme para llevarme personalmente al colegio… intentando ayudar a mi madre que, debido al trabajo, tenía las manos atadas en cuestión de horarios.

Pero el niño, que en ningún caso tenía maldad alguna y era de todo menos hiperactivo, salía de casa por su cuenta y riesgo, levantaba el antebrazo en horizontal e iba rozando el puño de la cazadora en todas las paredes de granito, ladrillo o piedra destrozando cualquier abrigo que utilizara. Un gesto que casi funcionaba como el bastón lazarillo de los ciegos, que va indicando el camino a aquellos que observan con los sentidos.

Una tarde, entré en la cocina de casa y mi madre estaba enfadada en el salón de pura impotencia. Cogí un trozo de pan, lo abrí por la mitad, metí alguna salchicha dentro con algo más –a modo de bocadillo para cuando «saliese del colegio»– lo envolví en papel aluminio, lo metí en la mochila con los libros de clase y me despedí de mi madre:

–Me voy al colegio mamá… luego vengo.

Se había enfadado conmigo porque yo seguía diciendo que no se preocupara que no iba a faltar nunca más al colegio y que todo iba a ir bien. Se despidió de mi con una evidente falta de fe. Y con razón, porque salí de casa y me fui, mochila en ristre, a pasear por la ciudad.

Andaba yo buceando en las calles de Ávila, observando cualquier cosa, cuando fui a parar a la calle Virreina María Dávila… había entonces allí una tienda de repuestos, piezas de coches y cosas de ese estilo. Estaba parado delante del escaparate mirando ensimismado cualquier cosa que ni alcanzo a recordar puesto que, ¿qué diantres habría de interés en una tienda de repuestos para que un imberbe de diez años estuviera allí parado? Nada, imagino… pero allí estaba. De pronto, noté que alguien al lado me estaba mirando y noté también la presencia de un perro… por un instante pensé que mi abuelo, mi madre o algún familiar me había pillado… giré la mirada y, de repente, allí estaba él… Paco, Pakuto mirándome fijamente con su perro –o perra– también con la mirada fija en aquel chaval que, en horario de colegio, estaba solo ensimismado mirando una tienda de repuestos de coche. El pánico fue inmediato… me quedé petrificado mirándole fijamente a los ojos, y él me miraba a mi… extrañado supongo, de ver la casi segura cara de espanto que debía tener. No me inmuté, me quedé bloqueado en el sitio mientras notaba un ligero incremento en la hostilidad del perro que, a buen seguro, debía ser pacífico pero que su propio instinto animal estaría reaccionando a mi más que evidente miedo… y ya se sabe que los perros, el miedo, lo huelen a kilómetros… y yo me encontraba a escasos dos metros.

Paco parecía que iba a entrar o salir de algún sitio, no dijo ni una palabra, imagino que notó que yo me había llevado un buen susto y no querría –supongo– empeorar la cosa. Yo me di la vuelta «como quien no quiere la cosa» –como si estuviese yo en condiciones de disimular– y lentamente empecé a caminar en sentido opuesto. Los pasos inicialmente eran forzosamente pausados pero a medida que me fui alejando el perro empezó a ladrar, los pasos se aceleraron y el perro salió ladrando detrás de mi, repito, de puro instinto… para cuando alcancé la esquina corría con tanta fuerza que no paré hasta llegar al portal de mi abuela.

Son misteriosos los rudimentos del miedo… yo tenía unos cuantos, pero para otras tantas cosas era bastante despreocupado, imprudente e incluso temerario; igual me lanzaba desde la caseta de un jardinero y me rompía un ojo, como me despeñaba con una bicicleta destrozándome la cara –literalmente–, como me perdía solo por ahí deambulando sin el más mínimo temor. ¿Quizá el miedo que le tenía a Paco fue inducido? Tampoco soy capaz de atribuirle exclusivamente ese mérito al desafortunado comentario de mi abuela. Pero lo cierto es que así eran las cosas.

Obviamente, ni Paco ni su satélite pretendían alcanzarme, ni mucho menos. Pero yo corrí como si la destrucción de una supernova estuviese a punto de alcanzarme. Dentro de aquel espacio sideral sólo se me ocurrió un improvisado sitio para esconderme… Llegué al portal de mi abuela respirando como una parturienta, entré con cuidado para evitar que el portero –entonces Mariano– me viera entrar. Evidentemente no pretendía esconderme en casa de mi abuela, pero me metí en la escalera y subí hasta el último piso –donde vivía otra tía mía– y de éste al piso del ascensor. Un lugar al que nadie subía, con unos cuantos tiestos desparramados por el rellano, una puerta de acceso al mecanismo del ascensor y unas cuantas claraboyas que dejaban entrar claridad y sonidos del parque al escondrijo. Sintiéndome ya tranquilo, me tumbé en el frío suelo, saqué mi bocadillo de salchichas para la merienda o «salida del colegio» y me relajé. Salí de la guarida cuando empecé a escuchar a otros chavales jugando en el parque, señal de que ya habrían salido del colegio. Aquel fue mi escondite durante mucho tiempo.

ADOLESCENCIA

Los años pasaron y casi sin darme cuenta me zambullí de lleno en la que denominaría de manera muy cursi «mi época ilustrada»… aquellos años en los que aprendí disfrutando y disfruté aprendiendo. Tuve la suerte de toparme con un instituto en estado de gracia –al menos en aquella época–, con unos profesores geniales, maestros en su Arte y que mucho y bien hicieron por nosotros. Había de todo, lógicamente, pero considero que tuve suerte y, en la medida en que pude, lo aproveché. Sólo lamento no haber repetido cada uno de los cursos para haber prolongado mi estancia un poco más, ¡con lo bien que lo pasé, no tuve la suficiente picaresca para dejarme caer por allí más tiempo!

En estos años de rebeldía y curiosidad, la vida se mira de otra manera. Mi madre había comprado un par de cuadros de Paco y los tenía en su habitación. Sabía que eran suyos y recordaba perfectamente el miedo que él me infundía cuando yo era niño pero ya no veía en él nada de lo que me atemorizaba en la infancia. Pero tampoco me paraba a pensarlo. Paco era un personaje más de la ciudad.

Fue entonces cuando me enteré de que mi propio abuelo conocía al padre de Paco y que de hecho, según mi madre, habrían tenido cierto grado de amistad –desconozco hasta qué punto–. Cosa que me sorprendió, recordando aquel momento en la terraza con mi abuela. Además, supe cuando mi madre compró los cuadros que ella misma hablaba con Paco y que, sin tener relación con él  –al menos que recuerde–, sí se conocían… quizá por aquella amistad de sus padres, no lo sé. Al traer los cuadros a casa quedó claro que se trataba de una persona sensible con un estilo muy personal y particular para su Arte, que no es poco. Estos detalles, ya lejos de la niñez y en plena adolescencia, me llamaron la atención.

Especialmente porque me hicieron reflexionar acerca del mote «Paco el guarro». ¿Cómo le sentaría semejante mote a una persona con la sensibilidad suficiente para hacer aquellos cuadros que mi madre colgaba en su cuarto? Podría haber pasado olímpicamente… o no. ¿A santo de qué semejante estigma? Entré de lleno en el plano moral y ético del asunto… fruto directo del momento adolescente que vivía. Además, empezaba a desarrollar mis propias querencias artísticas, cosa que en esos años suele ser bastante inevitable y fruto también de las inquietudes y sensibilidad de cada uno. Todo esto me inquietó. Sobre todo al ser consciente del tremendo miedo que yo le tenía siendo niño, y me parecía tremendamente injusto haber escuchado y en ocasiones utilizado un mote tan despectivo. Era algo cínico y cruel.

Ávila, aquella cuyas calles tranquilas habían sido mis cómplices, ahora se me antojaba también cómplice pero en este caso de haber estigmatizado a una persona. Algo que más tarde he entendido que no es característica exclusiva de la ciudad de Ávila pero sí de una cultura patria… esto sucede en un pueblo, en una capital, en una aldea, en pleno campo… sucede o, al menos, sucedía, con el diferente, con el débil, con el sensible, con el inadaptado, etc… No es objeto de este texto entrar en ese debate, pero digamos que en la adolescencia comprendí un poco mejor estas cosas. No deja de ser una época turbulenta, especialmente, porque si en la vida alguien está en ese proceso del despertar simbólico, el despertar de las ideas, de los planos morales y éticos de las cosas… probablemente empiece a abrir los ojos en esta fase vital y, tanto la realidad como nuestra propia naturaleza, pueden ser en ocasiones turbadoras o difíciles de encajar.

HOY

Los años volvieron a pasar y Paco cayó totalmente en el olvido –mi olvido–. Poco después de la adolescencia cambiamos de casa, los cuadros seguían con nosotros, luego vinieron más mudanzas, mi madre falleció, más años encima, más mudanzas, la vida pasando y le perdí la pista tanto a Paco como a los cuadros.

Hace unos meses, navegando por internet, encontré una noticia en la que se hablaba de una exposición organizada por la Asociación Ávila Abierta dedicada, precisamente, a Pakuto. La noticia aportaba una fotografía suya.

Paco_Jimenez_Verdu

La foto me impactó por varios motivos.

.- Ahí estaba la imagen de Paco, Pakuto… aquella persona a la que yo tenía un miedo infantil infundado.

.- Paco está sentado en una terraza que, para los que somos de Ávila, identificamos claramente que da a la calle Alfonso de Montalvo –calle al lado de dónde me topé con él–. Por tanto lo más probable es que se dirigiese o viniese de su casa.

.- Por la calidad de la imagen, se ve que la fotografía es de aquellos años, es posible que fuese tomada más o menos en la época de marras.

.- Desconocía el nombre verdadero y completo de Paco.

.- Y sobre todo y más importante… su rostro y aspecto afable, de todo menos hostil. Su imagen había quedado borrosa en mi memoria y en cierto modo manipulada por mi propia visión infantil y paso del tiempo. Verlo de nuevo me confirma aquello que ya en su día veía, pero esta vez observando con la mirada de un adulto, algo más curtido en ciertas cosas y con la cabeza más amueblada.

Ver su fotografía es como la resolución y punto final a un temor infantil, repito, absolutamente infundado e irracional que, con total seguridad, fue alimentado por los dimes y diretes de un ambiente propenso a estigmatizar a quien es sensible por naturaleza. Desconozco si es el caso de Paco, pues mi reflexión es del todo unilateral y construida a base exclusivamente de mi percepción y su evolución desde la infancia. Pero sospecho que no debo andar muy alejado. A las personas sensibles les cuesta más adaptarse por razones obvias: siempre será más fácil ser un inadaptado si el entorno se muestra cínico, cruel o incluso déspota contigo–«Paco el guarro»–.

Y algo me queda claro en relación a aquellos años: ¿acaso no era yo otro inadaptado? Quizá por aquel divorcio prematuro o… ¡a saber!… siempre lo fui en mayor o menor medida ¿Acaso no debía estar en clase el día que me topé con Paco? ¿Acaso había otros compañeros míos de colegio inmersos en aquellas escapadas o huidas… con siete, con ocho, con diez años? ¿Le impactaría la imagen de Paco a alguien que no hubiese reflexionado sobre ello con el paso del tiempo?

Por estos motivos y razones, creo que aquel día me topé con un Artista, en el sentido más legítimo e intemporal del término. Quiero decir, no un artista en su versión de poliespan mediático y edulcorado que se pueda ver hoy en un medio cualquiera. Una persona con la capacidad suficiente de tener un estilo propio desarrollando una actividad tan compleja como era, en su caso, la pintura. Cierto es que para gustos los colores y que su obra es fruto evidente de una época… pero qué demonios… ¿y cómo no lo iba a ser? Esa es precisamente una característica de toda obra artística.

Para muestra su legado.

Y en el fondo ahí está la clave… ¿qué es lo que queda? Porque ciertamente, el paso del tiempo es inexorable y solo algunas cosas son capaces de franquearlo ¿Alguien se acuerda del alcalde que tuvo Ávila en 1963? ¿Alguien se acuerda de quién adjudicó la obra de algún arrabal hace cincuenta años… o hace treinta… o quince… o diez? Queda, lo que queda… y aunque quede entre amigos y familiares, conocidos o desconocidos… y no trascienda hasta alcanzar el nivel mediático hoy tan ansiado y valorado de «poliespan», lo cierto es que de una u otra forma ahí queda… que no es poco.

Su nombre era Francisco Javier José Jiménez Verdú.

Nota.- Si algún familiar suyo lee este texto, espero y deseo que no se sienta ofendido en modo alguno por nada de lo aquí escrito. Nada más lejos de mi intención. Esta no es más que la mirada de alguien que creció en Ávila y urdió sus pensamientos y sentimientos en las almenas de la muralla.

 

3 Responses to Paco, Pakuto (por Luis Asiaín)

  1. Edu says:

    Querido primo:

    Antes de nada he de decirte que, como siempre, ha sido un placer leerte. Aunque ahora estés tan lejos de nosotros, tus palabras hacen que te sintamos algo más cerca.

    Unos detalles: mis abuelos vivían debajo de Paco, en la calle Alfonso de Montalvo. Si mal no recuerdo, el maltrecho perro se llamaba `Hucha´ (lo guardaba en un garaje, frente a la terraza de mi familia) y la mujer que solía acompañar al genial pintor era conocida como `la Tola´.

    He echado en falta otras referencias a esa infancia -tan cojonuda- que compartimos en San Roque y alrededores. Las comentaremos en persona…

    Cuídate mucho.
    Un abrazo,

    Edu

  2. Pepe Herráez says:

    Un par de matices:
    Pakuto se llamaba Francisco José y la perra que lo acompañaba siempre Chiqui.
    Por lo demás, espléndida descripción de una parte de la historia de Ávila y que también es la mía.

  3. Carlos Ávila says:

    Un placer leer esta historia o, como dices, la mirada de alguien que creció allí y en aquel momento, como crecimos tantos otros. He revivido momentos leyéndolo, mi abuelo tb me iba a buscar a ese colegio, y a mí también me dio clase “la bruja”, aunque yo guardo buen recuerdo de ella (luego también me dio su marido).
    En fin, Paco, Pakuto o Paco el guarro, junto a otros, son eso, personales de aquel Ávila que muchas generaciones recordaremos siempre. Un saludo.

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