¿Hemos vendido nuestras ciudades al turismo de masas?

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Calculo que tendrá cerca de sesenta años, pero soy muy malo para esas cosas. Igual tiene más y se conserva bien, o menos y la vida no ha sido demasiado amable con él. Le acompaña una niña pequeña, supongo que su nieta, que debe rondar la decena. Van de la mano y ella arrastra una mochila rosa con la estética de alguna serie de moda. Entran en la plaza por la calle Comercio, esquivando a un grupo de norteamericanos, aproximadamente cuarenta, todos de mediana edad, que siguen a una guía de pelo rubio que levanta una banderita llena de barras y estrellas. Cuando el abuelo y su nieta llegan a la plaza, buscan con la mirada un asiento a la sombra. No tardan mucho. Cerca de donde se encuentran, bajo un árbol, hay hueco suficiente para los dos al lado de una pareja joven de turistas -él lleva una cámara al cuello y ella consulta un plano- que charlan mientras se comen un helado. Llegan, dan las buenas tardes a los citados turistas y se sientan a descansar. Él mira a su alrededor buscando a alguien conocido, mientras la niña juega con su mochila. Al poco de estar sentados, un grupo de adolescentes franceses se aproxima a ellos. Una chica -dieciseis años, tal vez alguno menos, rubia, delgada, pálida, muy europea- se sienta a su lado mientras el resto del grupo permanece de pie. Se ríen, gritan, juguetean. Uno de ellos, con una camiseta blanca de tirantes, unos pantalones vaqueros y una de esas gorras que son más grandes que las cabezas que las portan, se acerca al abuelo y a su nieta. Le pregunta, en francés, si habla la lengua en la que leen a Cervantes al norte de los Pirineos. El señor le dice que no. El joven vuelve al ataque, entre las risas de sus compañeros de viaje. Le dice -entiendo el francés justo para no morir de hambre en aquellas tierras- que si se puede hacer una foto con él. El hombre desiste, coge de la mano a su nieta y se van. El toledano, especie en extinción en el centro de Toledo.

Y no solo el indígena desaparece. Más allá del caso comentado, donde la mala educación de los protagonistas alóctonos tiene más culpa que la procedencia o profesión de los mismos, el turismo tiene un impacto claro en la fisonomía de las zonas turísticas. Un paseo por la citada calle Comercio o sus adyacentes nos permite contemplar el escaparate de centenares de tiendas de souvenirs y la carta de otros centenares de bares -sangría y paella 12€-, pero muy pocas tiendas donde comprar útiles o viandas para la vida diaria de los habitantes de la zona. El Zara aparece en ese mar de espadas, navajas, toros y flamencas como el último refugio de la civilización.

Toledo, especialmente este año con el IV Centenario del Greco -no pueden ustedes perderse la exposición del Museo Santa Cruz y lo bonito que ha salido El Expolio de los talleres del Prado- está ocupado por turistas de toda clase y condición. Nadie duda del potencial económico del turismo pero la sobreexplotación y el monocultivo, aferrarse a él como única esperanza de crecimiento y creación de empleo, pone en peligro el patrimonio, la fisonomía de las ciudades, cuyos centros históricos corren el riesgo de convertirse en parques temáticos para el turismo, inhabitables para la población local; y también la propia supervivencia del sector que, llegado el caso, puede encontrarse con destinos tan masificados que provoquen el rechazo del visitante.

Es posible que usted haya visto, leído u oído hablar sobre esto mismo recientemente y se pregunte si es que todos los opinólogos, periodistas, blogueros y agentes del mal nos hemos puesto de acuerdo para divagar sobre este particular. La razón de esta coincidencia es el cierto éxito en las redes de un “documental” -lo entrecomillo porque sus autores no gustan de esta etiqueta- sobre Barcelona y las hordas de turistas que la invaden y la sojuzgan.

Por si ustedes no han pisado en tiempo aquellas tierras, yo, que estuve en la ciudad condal el último Sant Jordi, puedo dar fe de lo que en esas imágenes se narra. Y también de que la situación de Venecia es igual o peor, con más japoneses, más agua, alguna que otra rata y más olor. Ciudades tomadas por la industria turística, sustitución de los comercios y negocios tradicionales por otros orientados en exclusiva a los visitantes y población local agotada, arrinconada y en desbandada. En Venecia se están tomando algunas tímidas medidas para mitigar el impacto del turismo sobre el delicado ecosistema de la laguna y el patrimonio de la ciudad, como limitar el número de cruceros que pueden fondear en sus aguas o prohibirles el paso por determinadas zonas. A las protestas para poner en marcha estas medidas, protagonizadas por ecologistas y defensores del patrimonio, han seguido las protestas, protagonizadas por empresarios y trabajadores del sector turístico y hotelero, por su puesta en marcha. En Barcelona, la única medida tomada de momento para limitar la ocupación turística de un espacio, el fin de la gratuidad del Park Güell, ha levantado, como pueden ver en el vídeo, opiniones encontradas entre los vecinos. Los hay que acusan al Ayuntamiento de afán recaudatorio -una muletilla que vale para todo, incluso para cuando te multan yendo a 180 km/h por una comarcal, borracho como una cuba, con un par de cadáveres en el asiento de atrás- y los que lo consideran un mal menor. Entre los comerciantes de la zona, supongo, la opinión será claramente contraria.

El turismo es un gran negocio, posiblemente la primera industria (legal) global. Mueve miles de millones de euros y crea millones de empleos. En algunas zonas, el turismo es el principal motor económico. En Barcelona, el documental habla de que el turismo deja en la ciudad 20 millones de euros diarios, aunque no cuantifica qué gastos provoca (seguridad, limpieza, transportes, etc.). Piensen en Ávila. Muerta y enterrada la burbuja, el turismo y la Nissan son las dos principales industrias locales, los dos clavos ardiendo a los que se aferra la ciudad. Aunque usted no trabaje en ninguna de las dos industrias, su bienestar también depende en parte de ellas. ¿Qué pasaría si cerrasen Nissan? ¿Y si dejasen de venir turistas? ¿Justifica esta necesidad vital que se haga todo lo posible -subvenciones millonarias, ayudas fiscales, privilegios, etc- para sostener estas industrias?

Como sucede en Barcelona o en Venecia, aunque a mucha menor escala, es posible que el abulense de a pie tenga a veces la sensación de que su papel en la ciudad es secundario. Echemos un vistazo a las noticias sobre el próximo centenario de Santa Teresa. Casi todas se centran en el impacto que tendrá de cara a la imagen de la ciudad, el número de personas que vendrán, las previsiones de afluencia turística, etc.

No pretendemos con estas líneas posicionarnos en contra del turismo. Si han pensado eso, están ustedes equivocados. El turismo es una fuente de riqueza, un motor económico y un activo, entre otras cosas, para la conservación y recuperación del patrimonio material e inmaterial. Sin turismo, Ávila sería hoy un páramo. Pero se debe tener presente que además de potenciar la ciudad como destino y facilitar la llegada del turista y su estancia, hay que pensar en el ciudadano de a pie que ha de convivir con el turismo y el turista, evitar que se convierta en víctima del éxito turístico de la ciudad y que vea en el turismo a un enemigo en su día a día. Cuando se planifican actividades turísticas ¿se piensan en su impacto para los vecinos? ¿Se piensa en ellos? ¿Cuál es el papel reservado para los abulenses para el próximo centenario de la Santa? ¿Espectadores, voluntarios, actores de reparto, señalética humana, protagonistas? Dentro de las murallas están censadas apenas 3000 personas. ¿El Ayuntamiento piensa en ellas cuando actúa en la zona o en los turistas del fin de semana? Un ejemplo reciente, con el tema de los locales vacíos en el casco antiguo ¿El principal problema era la muerte del pequeño comercio, con lo que eso supone para la vida diaria de los residentes, o la mala imagen que se proyectaba de la ciudad para los visitantes? ¿Es el turismo, o debería ser, algo más que recaudación?

Mañana, si les parece, continuamos.

One Response to ¿Hemos vendido nuestras ciudades al turismo de masas?

  1. Pepe Herráez says:

    Pasó la Semana Santa, convertida este año en “Fiesta de Interés Turístico Internacional”.
    Y ahora es cuando verdaderamente vuelve el silencio y recogimiento.
    Y el Centro vacío, sin gente, y volverán los locales cerrados unas horas al día, porque ganan más cerrados que abiertos.
    Y Edificios vacíos y muchos en ruinas. Y Hoteles de muchas estrellas que no encuentran una que les abra. Y “Zaras” que nunca fueron, añorando colas…
    Y mientras tanto el gerente del centro comercial y además concejal de turismo, comercio y patrimonio, se volverá a perder entre lo público y lo privado.
    Y una vez mas se olvidarán de planes específicos, reales, elavorados, completos, con acciones concretas a desarrollar con su plan de acción y comunicación.
    Y Ávila con su muralla seguirá vendiéndose sola.

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