España Universalis

Escribo estas líneas rodeado del olor de la pólvora y la muerte. Aún resuenan los llantos de los hombres caídos antes de ser rematados por sus enemigos o por sus amigos con picas y espadas; y el retumbar de la artillería sigue reverberando en las paredes color pastel del salón de mi casa. Al fondo, a través de la ventana, donde en otros momentos entreveo el pelo que le crece a mi vecino en los hombros cuando sale a tender la ropa en camiseta de tirantes, una vieja bandera, magullada como los hombres que la portaban, tremola sobre las almenas de la muralla de una ciudad en llamas. París ha caído después de casi tres años de asedio y las tropas francesas se han replegado hacia el Canal de La Mancha, donde la Armada Real -casi 100 buques de distintos tamaños, un mar de palos y velas- bloquea sus rutas de huída. A miles de kilómetros de allí, las tropas que defendían Atenas han roto el asedio a las que les sometían los ejércitos austriacos y avanzan decididas hacia Croacia, con el Danubio en el horizonte, mientras los refuerzos llegados desde la península itálica -Nápoles es clave para controlar el Mediterráneo- les cubren las espaldas. La maldita #MarcaEspaña no vende mucho cuando un tipo con bigote y cara de haber roto varios miles de vajillas te da de hostias por hereje.

Pero mis amados súbditos, aquellos que no están suscritos a La Vanguardia y no saben que deben tener, en palabras de Artur Mas, una mentalidad imperial como españoles de bien -sí, es una entrevista antigua pero tiene tal cantidad de despropósitos que no se la pueden perder- andan sublevándose aquí y allá por culpa de hastío bélico bastante alto -antes del ataque francoaustriaco llevaba casi una década empantado al norte de Pisa contra Milán- y de un prestigio, legitimidad y estabilidad de capa caída. Nadie dijo que mantener un imperio en el que no se pone el sol o solo lo hace un ratito -no tengo ninguna colonia entre la costa oeste del continente americano y el cabo de buena esperanza- fuese fácil, pero cuando uno emprende una misión para la que ha sido elegido por el divino puntero de Dios espera, al menos, un poco de comprensión entre aquellos que van a pasar, a su pesar, a la Historia.

A pesar de ser injustamente derrotado en los famosos premios entregados anualmente en el blog de Rubén, Europa Universalis ha sido mi gran descubrimiento del año. Es un juego apasionante, adictivo, emocionante y muy, muy complicado. La única pega que le pongo es que no sale Ávila como tal y que el espacio que debía ocupar en el mapa está a medio camino -en la versión a la que yo juego, los mapas varían de unas a otras- entre Madrid y Castilla La Vieja con lo que no puedo nombrarla capital de mi Imperio, ni construir allí universidades, fábricas o AVEs. Sí, siempre -o casi siempre- juego con Castilla, luego España, pero no lo hago por ansias patrióticas. Jugar con Castilla es mucho más sencillo que hacerlo con países de tamaño mediano pero con poco recorrido como Aragón -es imposible sobrevivir mucho tiempo entre Castilla y Francia- o con alguna potencia menor. Castilla es de las pocas naciones que pueden hacer frente a Francia, la gran mancha azul que termina devorando todo el centro de Europa a poco que le dejes unas cuantas décadas en paz. Sí, también podría jugar con Francia y emular a Napoleón, pero Francia es Francia y yo todavía me acuerdo de aquel penalti de Raul que salió lamiendo la escuadra.

Lo que más me gusta de Europa Universalis es que es un juego de estrategia que requiere que el usuario esté atento a diversas variables si quiere evitar ser absorbido por alguna malvada potencia europea y terminar sirviendo cafés al emperador en un palacete de Viena. No se trata solo de conseguir recursos y enviar tropas a uno y otro lado del mapa como si no hubiese mañana y las mujeres pariesen docenas de caballeros con armadura y lanza cada vez que estornudan. Hay que preocuparse del ejército, de la recaudación y del progreso tecnológico; y además hay que vigilar tu prestigio, tu infamia, la estabilidad de tu reino, la inflación y el hastío bélico del populacho. Si te lanzas a conquistar el mundo, puedes llevar tus tropas hasta el Volga destripando europeos a diestro y siniestro, pero igual no es buena idea aventurarse sin dejar todo atado, bien atado y a buen recaudo en un cofre con siete candados. Si no controlas todas las variables del juego, una serie de victorias en el campo de batalla pueden llevarte a una guerra mundial en la que tú eres el plato principal, mientras la inflación cabalga airosa hacia tasas bolivarianas y tu población te monta un 15M con dagas, picas y brillante caballería en cada provincia porque están hasta las muelas de tus aires de grandeza, de tus impuestos y de esa corona de oro con incrustaciones que te empeñas en lucir cuando sales a pasear por el extrarradio. Y por si fuera poco encima va el Papa, que te la tiene guardada desde aquella tontería de anexionar Roma por las malas, y te excomulga, con lo que ni el consuelo eterno te queda.

Un par de decisiones erróneas provocadas por una ambición desmedida pueden llevarte de la gloria reservada a los dioses a la situación anteriormente descrita, con más vías de agua que cubos para achicarla, y a la que yo llamo: “Momento España”. Todo lo que puede salir mal, sale mal, y por si fuera poco, lo que no puede salir mal, también sale mal. Los campesinos se sublevan, los nobles se sublevan, los ejércitos se sublevan, tu cuñado se subleva. Al heredero le da un patatús y se muere. Los extremeños descubren su identidad nacional y quieren la independencia, como los vascos, los catalanes y un señor de Murcia. Un cometa asusta a los campesinos y pierdes estabilidad, con lo que todos -nobles, campesinos, tu cuñado, extremeños, vascos, catalanes y el murciano- se sublevan más fuerte que antes. Tu economía, antes boyante, se contrae: la cosecha ha sido pésima, corren rumores sobre escasez de sal y bajan los ingresos, nuestros comerciantes se quejan de que no los apoyamos mientras las provincias quieren que avances en la descentralización, los contratistas que están construyendo un puerto en una colonia paralizan la obra y te piden un modificado de obra porque se les ha disparado el coste de la madera de pino y nadie les dijo que aquello estaba lleno de pirañas, los consejeros cuestan más que aportan y afloran herejes por todas partes.

En algunas de esas situaciones, con todo en tu contra, no tienes más remedio que rendirte y reiniciar la partida desde el principio, intentando aprender de tus errores mientras vuelves a enviar tus tropas hacia Granada para terminar, otra vez, la reconquista. Es una pena que en el mundo real, cuando todos los astros se alinean en tu contra y Murphy te hace vudú, no puedas reiniciar la partida y volver a intentarlo. La de tiempo que nos habríamos ahorrado en esta crisis si hubiésemos guardado nuestro progreso hace unos años.

Llaman a la puerta. Les dejo. Seguramente sean el embajador francés y el austriaco pidiendo clemencia. Tengo la infamia por las nubes y unos campesinos ingratos se acaban de sublevar en Río de Oro poniendo en peligro la estabilidad de mis colonias de ultramar y mi suministro de azucar, así que si la oferta es buena firmaremos la paz. Sean felices, apaguen el Candy Crush y construyan su propio Imperio.

One Response to España Universalis

  1. Guillermo B. says:

    Esto en mis tiempos se llamaba “Civilización”, y aún antes y sin ordenatas “Risk”, y aún antes, en mis añorados tiempos escolares, las interminable batallas con soldaditos de plástico o pintándolos en los cuadernos propios o ajenos… Lo de reiniciar la historia y probar y probar ya lo fusilaron con el tres en raya en la peli de “Juegos de Guerra”, hasta comprender que el mundo es así, y que no tenemos remedio.

    En todo caso, y como sugerencia sin coste añadido, te recuerdo que el que controla el mundo no es el que más territorio tiene, ni el que tenga más ejércitos, una economía más saneada o una población (incluyendo al de Murcia) más pacífica, sino el que consiga que es su territorio (exiguo y diminuto que sea) se instalen las destilerías Dyc y las revolconas del extinto Germán… Si logramos a la señorita Johansson de paso, mejor que mejor. Eso se defiende por sí sólo.

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