Corrupción y crisis (por Lorenzo Martín Muñoz)

Como hiciera en otras ocasiones, Lorenzo Martín Muñoz nos envía la siguiente colaboración. Si tú también quieres colaborar, aquí te explicamos cómo.

________________________________________________

El diccionario de la Real Academia de la Lengua, define corrupción como la acción de corromper y corruptible como aquello capaz de corrupción. Poniendo lo anterior en consideración y situándonos en la realidad que ante nuestros sentidos emerge, hemos de convenir que la corrupción no es, posiblemente, sólo política sino también financiera, urbanística o sindical. Que la acción de corromper es consustancial a la condición humana y que la corrupción puede llegar a ser hasta democrática ya que en ella o de ella, para bien o para mal, casi todos participamos.

La corrupción, como ejercicio de la mentira, no tiene grados. Se es corrupto o no se es. Lo de menos es el nivel de implicación con que cada uno participe en ella. Nos corrompemos aceptando facturas sin IVA, utilizando nuestras influencias para conseguir algún privilegio, para nosotros o para otros, sirviéndonos de nuestra posición social o intentando hacer ingeniería económica o legal para evadirnos del afán recaudatorio de las administraciones.

El ser humano noble no es el de alta cuna, sino el de noble moral. Por ello, la corrupción no debe depender de la situación que la favorece, sino de la propia moral que no le permite al individuo ejercitarla. Dejando de lado la hipocresía, hemos de convenir que aquella sociedad enferma, sin valores, que no erradica de su esencia el germen de la corruptela o no tiene futuro, o de tenerlo, este será baldío.

En tiempos de crisis como la actual, la burocratización de la sociedad, la manipulación de las necesidades y de las ideas por las técnicas de propaganda y de condicionamiento, aumentan la atomización del individuo, la perdida del sentido de la responsabilidad y de la iniciativa. En tal coyuntura, el individuo necesita tener confianza en sus gobernantes y en las decisiones que estos toman. Pues, si la imagen de aquellos esta deteriorada por la corrupción, el administrado responde con indiferencia e incluso con rechazo.

            Es entonces, cuando las iniciativas de envergadura que sólo el Estado puede emprender, se ven devaluadas ante la falta de compromiso de la ciudadanía al verse paralizadas la voluntad de lucha y el espíritu de superación del individuo mediante el espejismo de la eficacia parlamentaria; meciéndose, a partir de ese momento, la sociedad en una soporífera apatía

A %d blogueros les gusta esto: