El AyunPPamiento

Uno de los mantras de nuestra democracia es que la alternancia en el poder -un ratito tú, otro ratito yo- es una de las bases del sistema. Normalmente, el encargado de velar por la salud de nuestras libertades es el partido que lleva muchos años en la oposición ya que, con tanto lío y tanto papel, el partido en el poder nunca se acuerda de estas cosas. Es habitual que los papeles se tornen y que el partido que clama por la alternancia se olvide de ella donde gobierna, mientras que el que mira para otro lado aquí la reclame a pocos kilómetros cuando son las nalgas de otros las que no alternan. Por ponerles algunos ejemplos, para el PP la alternancia es vital en Andalucía, pero no en Castilla y León o en Ávila; mientras que para el PSOE, la alternancia es fundamental en Murcia o en Madrid, pero no en Andalucía. Siento repetir el ejemplo andaluz, pero las cosas están como están para Ferraz y sus franquicias.

Personalmente, no tengo en especial estima a la Bendita Alternancia, hija póstuma de la Santa Transición, de la misma forma que no me gustan las limitaciones por ley de los mandatos, otro de los tópicos más manidos cuando se habla de renovar las democracia y salvar la civilización occidental, que tendría, aventuro, la misma efectividad que poner una pata de conejo dentro de cada urna durante los procesos electorales. Es cierto que la permanencia durante mucho tiempo en el poder de un partido o persona puede tener sus inconvenientes -redes clientelares, administraciones colonizadas por miembros del partido, órganos que se controlan desde las sedes de estos y no desde las instituciones, el uso de los resortes de la administración al servicio de los partidos, etc.-, pero estos no están tan relacionados con la variable tiempo -no es algo que suceda a los X años de llegar tal persona o partido al sillón- como con la peculiar forma que tienen muchos de entender el servicio público y con el mal funcionamiento de las instituciones, de los organismo de control y de las cabezas de muchos votantes.

Los ejemplos más paradigmáticos de estas simbiosis por su simbolismo e importancia son las administraciones autonómicas de Euskadi y Cataluña, en manos durante lustros de sus respectivos partidos nacionalistas. ¿Dónde acababa el partido y dónde empezaba la administración? ¿Existía esa frontera? La salida de Ajuria Enea y del Palau de la Generalitat de CiU y del PNV, y la llegada en ambos casos de ejecutivos socialistas, demostró lo que hasta ese momento parecía impensable: que el mundo no se acababa con esas administraciones en otras manos. Euskadi siguió siendo Euskadi sin el PNV, con sus aurreskus y sus txapelas, y lo mismo sucedió en Cataluña sin CiU, donde los castellets se seguían levantando exactamente igual que antes.

En Ávila, el PP lleva gobernando la ciudad desde los tiempos de Prisciliano. Podemos dudar de lo sucedido desde la caída del reino visigodo hasta la reconquista- Rodrigo era socialista y así le fue-, pero está meridianamente claro que Raimundo de Borgoña era del PP y que en un principio la catedral se pensó como sede local del Partido. Dejando a un lado la existencia de redes clientelares o la colonización de la administración por miembros del partido ¿ustedes pueden delimitar claramente donde empieza el Ayuntamiento y donde acaba el PP? ¿Pueden diferenciar cuando el Alcalde o cualquiera de los concejales habla como representante de todos los abulenses y cuando lo hace como miembro del PP?

En nuestra ciudad, el Ayuntamiento parece solo una extensión más del PP, una subsede secundaria del partido. Los objetivos de la administración son los mismos que los del partido, los amigos del partido son los amigos del Ayuntamiento y los enemigos del partido son los enemigos de la administración y por ende, de la ciudad. De la misma forma que votar al PNV en Euskadi era lo normal porque ellos eran el país, en Ávila la ciudad es el PP, o eso parecen creer las personas que ocupan el Ayuntamiento. Lo demuestran en declaraciones y actuaciones en las que no parecen diferenciar los intereses de su partido de los intereses de la ciudad, usando a esta como un medio para lograr los fines de su organización.

Es tan solo una anécdota, pero echen un ojo a la comunicación institucional del PP y del Ayuntamiento en las redes sociales. Es la cuenta del partido la que publicita la mayor parte de las actividades organizadas desde el Ayuntamiento, la que informa de las calles cortadas durante las nevadas o por obras y de los viajes institucionales de nuestros cargos públicos. ¿No debería ser el Ayuntamiento quien informase de esas cosas?

En Ávila, el PP no solo lleva siglos ocupando todos los sillones, también los ha devorado. El Ayuntamiento no es el PP, aunque pueda parecerlo, y la ciudad no se vendrá abajo el día que este pierda las elecciones, cosa que tarde o temprano, si Santa Alternancia quiere, sucederá. Oremus.

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