Smart vecina y cebollas inteligentes

Creo recordar que ya les hablé de mi vecina en capítulos anteriores. Esta mañana, nada más salir de casa, me ha chistado desde el balcón (eso sí, lo hace con mucha gracia y una sonrisa en la boca) para preguntarme si yo era periodista. “¡Y de los buenos, señora!”, le he respondido con orgullo, crecido al saberme observado por otros vecinos del barrio.

Me ha dicho que era justo lo que necesitaba, un periodista de los buenos. Que quería saber qué “carajos” era eso de la ‘ciudad inteligente’ que había escuchado por la radio. Que, tal y como lo entendía ella, si solo van a quedarse con los listos en esta ciudad, iban a sobrar piedras, Muralla y metros cuadrados por un tubo. Me ha preguntado cómo se medía la inteligencia o tontería de los municipios y que, si es cuestión de ponerse el listón alto, ella cree más conveniente aspirar a ciudad superdotada o, en su defecto, olímpica.

Carraspeé para aclararme la voz y, con el tono más didáctico del que soy capaz, comencé mi brillante explicación: “Vecina, el concepto ‘smart city’ consiste en propiciar una entorno social que apueste por las nuevas tecnologías e impulse la innovación y el emprendimiento (o el emprendedurismo) a partes iguales, sin olvidar nunca que las personas son las que posibilitan un modelo de ciudad sostenible y con futuro en el siglo XXI”.

Por la mirada que me dedicó a continuación, no debió de convencerle mi explicación. Por eso y porque se limitó a preguntarme si tenía alguna cebolla, que se había quedado sin ellas y hoy quería hacer unas patatas. Subí a casa a por el recado y, cuando volví, me soltó de golpe: “No tienes ni idea, ¿verdad?”. Dos lágrimas aparecieron en mis ojos (a causa del maldito bulbo cebollil). “Ni zorra”, contesté.

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