Debajo del puente Adaja, hay un burro comiendo paja.

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Desde que las primeras sociedades humanas -esa gente con taparrabos, mucho pelo y cachiporras- comenzaran a domesticar la naturaleza, la presencia de agua ha sido elemento indispensable, diferenciador y clave a la hora de entender y explicar el desarrollo de los distintos grupos humanos. La civilización surgió a la orilla de un río, allí creció y desde allí se expandió. Un río es un recurso económico, una fuente de alimentos y una vía de transporte. Incluso durante siglos los ríos se utilizaron como elemento delimitador, como línea divisoria, como frontera entre comunidades o países: el Danubio fue durante siglos la frontera que separa al Imperio Romano de los bárbaros, el Río Bravo separa México y Estados Unidos, y en nuestro país el Guadiana, el Miño o el Bidasoa sirve de permeable frontera natural con nuestros vecinos.

En muchos casos, el nombre de un río acompaña en el imaginario colectivo al de una ciudad. París y el Sena, Londres y el Támesis, Sevilla y el Guadalquivir, la vecina Salamanca y el río donde nació el Lazarillo. Los ríos son esenciales para comprender el desarrollo de muchas ciudades y elementos indispensables de su paisaje: el casco antiguo de Toledo no sería el mismo sin el abrazo protector del Tajo y sería dramático no poder contemplar el perfil de la Catedral de Zamora reflejado en las brillantes aguas del Duero, o las cúpulas de la Basílica del Pilar en el Ebro.

Pero también hay casos en los que la relación de una ciudad y un río no es tan estrecha, incluso hay ciudades que parecen vivir de espaldas a su río, al que llegan a considerar una molestia, un estorbo para su desarrollo, una frontera incómoda y en apariencia infranqueable. En estos casos, los ríos suelen ser los grandes ignorados del paisaje urbano, una anécdota sobre la que tender puentes o en la que verter basuras.

Ávila es quizá una de esas ciudades que han despreciado a sus ríos. El Adaja y su discreto afluente, el río Chico, discurren tranquilos y silenciosos a los pies de la antigua ciudad sin atraer apenas miradas. El río Adaja ha pasado en apenas unos siglos de ser el centro de la vida económica de la ciudad a ser una anécdota a los pies de la muralla; y el Chico, antes Grajal, corre domesticado entre urbanizaciones y avenidas que ocupan los campos que antes cubría con sus crecidas. Por si esto fuera poco, la degradación ecológica, las recurrentes sequías y la sobreexplotación de sus escasos caudales no han hecho otra cosa que empeorar la imagen que de ellos tienen sus vecinos. A los turistas mejor ni preguntarles, el río y su entorno no es un atractivo turístico (hasta que “descubramos” donde se bañaba Santa Teresa). Como mucho intuirán su presencia si se acercan hasta Los Cuatro Postes.

Y esto, carajo, es una pena. El río (o los ríos) son grandes desconocidos para los que vivimos a sus orillas. Ya lo decía Rubén tiempo atrás por este mismo rincón. Y como aquí estamos para arreglar España y el Mundo desde nuestro minúsculo rincón del planeta; les propongo una pequeña ruta turístico-cultural por nuestra ciudad y alrededores para que se reencuentre con el río y para que piensen un poco sobre Ávila y sobre su historia, lo que en el fondo es pensar un poco sobre nosotros mismos. Les he hecho hasta un plano, pero como igual no les apetece andar ya he hecho yo la ruta y les traigo también unas fotos para que reflexionen e interpreten desde su sillón, silla de oficina o desde el baño, rincón de cultura y reflexión de las sociedades modernas.

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Como ven en el mapa, nuestra primera parada es el Castro de Las Cogotas y el embalse homónimo. Si están ustedes flexibles, les animo a subir hasta lo alto del Castro, escalar alguno de los afloramientos graníticos que dan nombre al lugar, sentarse y mirar hacia la pequeña ciudad amurallada que se ve al fondo. Verán algo parecido a esto.

LasCogotas

El agua, las encinas, la torre de la catedral. ¿Saben que antes de la construcción del actual embalse hubo en este mismo lugar otra presa de sillería que se desmontó, piedra a piedra, antes de levantar el nuevo muro? ¿Cómo ha cambiado nuestra relación con el río desde que los “cogoteños”, abulenses sin saberlo, montaron su pequeña urbanización amurallada en un cerro sobre su curso? El agua sigue siendo igual de vital para nuestra vida y nuestra economía, pero nuestra capacidad de intervenir sobre él ha aumentado considerablemente. De alimentar a cuatro cabezas de ganado en las verdes orillas del río hemos pasado a regar, algún día, unas ocho mil hectáreas.

Si vuelven ustedes al mapa, nuestra segunda parada es el Puente Adaja. Esto está cerca y pueden ir dando un paseo cuando salgan a comprar el pan, así que me ahorro la foto (aunque les recomiendo que visiten esta imagen de Avilas.es). Miremos lo que hay ahora y lo que había antes. De norte a sur: San Segundo, el Molino de la Losa, las tenerías medievales -descubiertas hace un tiempo y olvidadas también hace un tiempo- el puente romano, la fábrica de harinas-algodones y la fábrica de luz. Este el punto de la ciudad donde su contacto con el río es más intenso.

Junto al río, para aprovechar el agua o la energía de este, se situaron a lo largo de la historia distintas industrias que hoy ya han desaparecido, dando paso a una zona de esparcimiento mejor o peor resuelta. Molinos, tenerías, hornos han dejado paso a paseos, jardines y establecimientos hosteleros: cafeterías, restaurantes, hoteles, albergues. Este rincón nos habla de siglos de cambios sociales, económicos y tecnológicos. La ciudad se transformó y con ella su relación con el río que pasó de indispensable fuente de energía a recurso meramente ornamental a su paso por la misma.

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Última parada: El Soto. Como agua no lleva en exceso, les traigo la foto de un simpático pato. Estamos en la zona donde actualmente más intensamente nos relacionamos con el río, o al menos con su entorno. Gente paseando, corriendo, pasando la tarde con la familia o con amigos, competiciones deportivas organizadas o no, actos festivos, concejales con mandil, etc. ¿Y el río? Está pero no está.

¿Qué ha sido y qué es el río Adaja para Ávila? ¿Qué es para usted el río?

 PS. Sí, al cartel de la primera imagen le falta un acento.

5 Responses to Debajo del puente Adaja, hay un burro comiendo paja.

  1. Guillermo B. says:

    ¡ Pero qué malvados y esaboríos somos los abulenses, leches, que hasta a nuestros pobres ríos los dejamos de lado ! ¡ Cuánta mala baba, cuánto cosmopaletismo ! Nada que ver con cualquier otra capital o villorrio de nuestro entorno. Si ya lo decía Gerardo, aquello de la muralla desdentada y las barbas de plata de tu vecino que el río Adaja ve pelar. Y eso que santos de piedra tenemos para dar y tomar, y lo de cantar siempre el mismo verso se nos da a los abulenses de gloria.
    No entiendo por qué no prestamos más atención a semejante fenómeno de la naturaleza, ese río que todo el año, pero sobre todo en llegando la agostada baja crecido, turgente, poderoso. Esas riberas pletóricas, esa vida piscícola. Esa vía de comunicación, donde no hemos puesto todavía ferris que lo atraviesen por respeto al viejo puente romano, no sea que se caiga de envidia, pero que nos permitiría plantarnos con barcos de calado allá a la confluencia con el Arevalillo en un plis-plas, romántico crucero de la Santa a la Católica con salto de presa incluido.
    ¿Y qué decir del Chico? Injusta nomenclatura la suya, a la vista o recuerdo como bien dices de sus crecidas y expansiones por la planicie sur. Otro manantial ingente que rebosa de continuo ese opresor contenedor de cemento que le hemos pergeñado, aunque a veces, en su modestia, prefiere pasarse semanas y semanas escondido y cuasi inmaterial. Injusto que nuestro alcalde, en vez de gastar el tiempo en Londres con la chupipandi, no se dedique concienzudo a ofertarlo como canal de remo para Madrid 2032.
    Sí, a buen seguro que el río fue grandísima cosa para la ciudad, y a buen seguro que lo habrá de ser en el futuro. Pero necesitaríamos una cierta constancia en el caudal, y una cierta reinvención urbanita, que tuvieron a bien (o a mal) los padres fundadores plantar catedral y palacios en zona alzada y no en la vera, y la Vallespín puede estar para ser bajada por las hordas turistas, pero malamente subida.

    Saludos

    PD. La balsa en cuestión se llamaba la Balsa Verdeja, con central hidroeléctrica incluida. Un día estuve visitándola con amigos de Caminos, Canales y Puentes, ya que ante su demolición, había un proyecto para haberla trasladado a la zona del arroyo Flor de Rosa (o del Obispo), allá por los finales de los 80… No triunfó, claro está, se la llevaron dios sabe dónde.

    • ladyaccesibilidad says:

      precioso poema el de Gerardo …

      Río Duero, río Duero,
      nadie a acompañarte baja,
      nadie se detiene a oír
      tu eterna estrofa de agua.

      Indiferente o cobarde
      la ciudad vuelve la espalda.
      No quiere ver en tu espejo
      su muralla desdentada.

      Tú, viejo Duero, sonríes
      entre tus barbas de plata,
      moliendo con tus romances
      las cosechas mal logradas.

      Y entre los santos de piedra
      y los álamos de magia
      pasas llevando en tus ondas
      palabras de amor, palabras.

      Quién pudiera como tú,
      a la vez quieto y en marcha,
      cantar siempre el mismo verso
      pero con distinta agua.

      Río Duero, río Duero,
      nadie a estar contigo baja,
      ya nadie quiere atender
      tu eterna estrofa olvidada,

      sino los enamorados
      que preguntan por sus almas
      y siembran en tus espumas
      palabras de amor, palabras.

      (^_^)

      • Guillermo B. says:

        La estrofa final, con enamorados, espuma y paseítos a la vera del río por la noche, siempre me ha parecido algo subidita de tono… Será que estoy algo salido… Aunque nuestro Adaja ha tenido, si no palabras de amor, sí trabajadoras del mismo a su vera.

        Ya que estamos con el Duero, Machado tiene uno, “A orillas del Duero”, de plena actualidad. Si no, recordemos los versos metafóricos de España: “La madre en otro tiempo fecunda en capitanes, madrastra es hoy apenas de humildes ganapanes.”

        Un saludo

  2. Obis says:

    Hay un error de bulto. El rio Chico no tiene crecidas porque no existe. El rio Chico muere en Naturavila, para ser exactos en la charca artificial que almacena agua para regar esa barbaridad. Antes, sí antes de verdad, cuando el rio Chico existía, se podía uno bañar (sí, era posible) en El Fresnillo y pescar bermejuelas sabrosísimas y luego cachos. Y en raras ocasiones se desbordaba y anegaba la zona mal urbanizada y peor cuidada hoy en el suroeste de la ciudad… Vale por hoy

  3. Pingback: construccion en barcelona

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