El oso, el madroño, Gaudí y una fábrica de harinas.

Einstein

Siempre he pensado -ojo, teoría ingenua- que sobrevivir al caos, o vivir en él sin grandes problemas, es sinónimo de gente inteligente, brillante y preclara. Hay que ser muy listo para encontrar dos calcetines iguales y limpios en determinados cajones o una factura concreta en medio de la cordillera del Himalaya de los asuntos pendientes. Esta afirmación, demostrada empírica en el hecho de que yo soy extremadamente desordenado y extremadamente listo, nos permite extraer algunas importantes conclusiones. Por ejemplo, que las habitaciones de los universitarios suelan ser zonas de guerra está relacionado con su brillantez, al fin y al cabo son el futuro del país, y no con su natural tendencia a la contemplación del entorno, normalmente con ojos vidriosos, y a la abstracción. Recuerden esta enseñanza la próxima vez que intenten reprimir el carácter salvaje de sus hijos: vivir en medio de una leonera fomenta su inteligencia mucho más que ponerles música clásica durante el embarazo.

A pesar de esto, la humanidad tiende a ordenar todo -desde la ropa interior a los elementos químicos- en un intento por hacer comprensible el mundo a aquellos menos dotados para la interpretación del caos. Hay clasificaciones y tipologías para todo. Volviendo al mundo de la ropa interior, en mi última visita a una gran superficie compré un paquete de siete pares de calcetines, identificado cada uno de ellos con el día de la semana que le corresponde. Yo, hombre de bien temeroso de dios, procuro ponerme cada calcetín el día que toca para evitar las funestas consecuencias que sobre el orden natural tendría salir de casa un lunes con los calcetines de un viernes o, incluso peor, pasear por la calle con un calcetín del jueves y otro del domingo un vulgar miércoles.

En España, faro de occidente, conscientes de nuestro papel en el mundo, nos hemos esforzado por clasificar todo de una manera sencilla, didáctica y cómoda: por la mitad. Por ejemplo, hace ya algún tiempo dividimos a España y a los españoles en dos: los buenos y los malos. Tenemos también otras dicotomías clásicas: los del Real Madrid y los del Barça, los que toman Cola-cao y los que toman Nesquik, los que salían a la pizarra y los que lo hacían al encerado, los que ven series españolas en la tele y la gente con buen gusto. También dividimos a la gente en ricos y pobres, pero la maldita clase media lo complicó todo. Menos mal que ahora, en este tiempo fabuloso que nos ha tocado compartir con Botín, andamos ampliando esa diferencia entre los pordioseros y la gente de bien para que nadie pueda confundirse.

Otra dicotomía muy española tiene que ver con los vicios y los gustos urbanos de cada uno: los hay que prefieren la Villa y Corte de Madrid y los hay que prefieren la Ciudad Condal. ¿Usted es más de Madrid o Barcelona? No me responda aún, espere a los comentarios.

Tengo que reconocer que yo soy más de Madrid que de Barcelona. Será cosa del centralismo, del casticismo, del bocata de calamares o del imperialismo pancastellanista, vaya usted a saber. O quizá sea el Prado y el Reina Sofía, aunque el románico del MNAC es amor del bueno y el Museo de Historia de Barcelona pornografía arqueológica de calidad. El gótico catalán y la Sagrada Familia le dan mil vueltas a la Almudena, con esos colorines tan feos y neocatecumenales, pero el Palacio Real compensa la balanza.

Sea como fuere, siempre he sido más de Madrid, a pesar de Gallardón, Botella y el pirulí de Calatrava que hay delante de las Torres Kio; y quizá el meollo de la cuestión es que siempre me ha parecido que la imagen que tenemos de Barcelona (moderna, abierta, culta y gafapastil) era más una campaña comercial -la marca BCN- que una realidad tangible. Barcelona es cool, mola, está in, como Apple y las magdalenas esas gordas de colorines que se han puesto inexplicablemente de moda.

Precisamente este artículo (PDF) habla de eso: de cómo desde el Ayuntamiento de Barcelona se ha construido -desde la Transición, pero especialmente desde las Olimpiadas del 92- una imagen de la ciudad seleccionando qué parte de su patrimonio, cultura, historia y tradiciones debían ser representativos y qué parte no. Es un proceso de construcción de imagen, pero también de identidad. No es solo cómo queremos que nos vean, sino también cómo debe el barcelonés ser y sentirse, transformando los referentes simbólicos de los ciudadanos. Adiós a los toros, el flamenco y la sardana -por españoles o provincianos- y hola al modernismo, la luz del Mediterráneo y la vanguardia.

La semana que viene se estrena en la SEMINCI el documental “Poder contra Verdad” sobre el derribo de los restos de la antigua fábrica de harinas. Ya les hemos hablado por aquí del mismo un par de veces (I y II), así que si quieren saber más les remito a esos post. En Youtube está colgado el trailer del documental. Al final del mismo, una voz de mujer a la que no pongo nombre ni cara afirma que el derribo nunca se hubiese producido si las ruinas hubiesen pertenecido, por ejemplo, a una iglesia. Dejando a un lado la pésima gestión de todo lo relacionado con Las Gordillas desde tiempos de Doña Urraca ¿se imaginan ustedes al Ayuntamiento empuñando la excavadora contra los muros de un convento o iglesia en ruinas?

¿Estuvo el derribo de la fábrica de harinas relacionado con un concepto erróneo, antiguo, estrecho y pacato de lo que es “patrimonio” o con la construcción, por parte de las instituciones, de una imagen determinada de Ávila? Hablo de una imagen turística, de una marca que vender, pero también de una identidad ¿Molestaba la fábrica de harinas a la identidad construida o por construir de Ávila? ¿Chocaba con la imagen que se quería proyectar de la ciudad hacia dentro y hacia fuera? ¿Una fábrica en Ávila? ¡Habrase visto cosa igual!

No les digo que sea el único motivo, o el principal, pero el artículo sobre la Ciudad Condal me ha hecho pensar en esto. ¿Qué imagen vendemos de la ciudad a los turistas y, sobre todo, a los abulenses? ¿Qué identidad se fomenta desde las instituciones? ¿Existe Ávila fuera de los cantos y los santos, después de la Edad Media? ¿Qué pasó, por ejemplo, durante el S. XVIII y XIX? ¿De qué han vivido a lo largo de la historia los abulenses que no rezaban o guerreaban? ¿Por qué se derribó la Fábrica de Harinas y se permite que la Fábrica de la Luz se deteriore día tras día? ¿No interesa el pasado industrial de la ciudad? Cambiando de tercio ¿Por qué se ha recuperado la memoria de los judíos que vivieron en la ciudad y se construyeron Mercadonas sobre otras minorías? ¿Por qué no se ha hecho nada desde las instituciones para poner en valor los restos del viejo acueducto?

El patrimonio es algo más (o debería ser algo más) que un atractivo turístico. El patrimonio, entendido como un todo que aglutina bienes materiales e inmateriales, religiosos y civiles, cultura y folclore; es la base de la identidad colectiva de los grupos, las ciudades, las comunidades y las regiones. Actuando sobre él, seleccionándolo, potenciando una parte frente a otra, se actúa sobre la identidad del grupo.

Como sucedió con las Olimpiadas de Barcelona, el Centenario de la Santa será una oportunidad magnífica para que desde las instituciones se proyecte una imagen concreta y se fomente una identidad predeterminada de la ciudad. ¿Cuál será? ¿Se aprovechará para profundizar en una interpretación integral de la ciudad o seguiremos con los cantos y los santos?

Cada vez tengo más ganas de ver el documental sobre la Fábrica de Harinas y, dicho sea de paso, de comerme un madrileño bocata de calamares o un bacalao de Casa Labra.

PS.- El caótico despacho que abre este post es el de Einstein el día de su muerte.

3 Responses to El oso, el madroño, Gaudí y una fábrica de harinas.

  1. Pepe Herráez says:

    Antigua fábrica de arinas que recuerdos.
    No se porque me viene a la memoria Ángel Acebes Paniagua, Alcalde de Ávila por entonces y un Presidente de la Audiencia que lo luego ascendió a Magistrado.
    Que mayor me estoy haciendo…
    Alberto, ¿te he dicho alguna vez que me gusta como escribes?.

  2. Álvaro says:

    Fomentar la imagen y el patrimonio…… debería de ser obligatorio pero no como lo hacen en esta ciudad. Ejemplo: ayer fui a visitar el Palacio de Superunda y la exposición de los Caprotti. Los cuadros y obras muy buenos tanto los de Caprotti como los de Sorolla. Pero quedé perplejo ante lo que vi. Relato desde el principio. Entramos y vemos que la entrada cuesta tres euros. Bueno vale. Pero pregunta mi compañera que es de Ávila si tiene algún descuento o si se pasa gratis y dice el funcionario que eso es a partir de Enero. ¿cómo puede ser eso?. No es el dinero de la entrada pero si es, es y sino pues no es. ¡¡Pero no a partir de Enero!!. Siguiendo con las sorpresas…. pedimos un folleto o guía. ¿Para qué?. No han llegado. De momento no tenemos… Si entras en la exposición, tienes varias salas y corredores con cuadros y esculturas en las dos plantas del palacio. Ninguna flecha, número o indicación para seguir un orden. Llega un momento que no sabes si has visto todo. Por cierto, para que los turistas extranjeros lo tengan más fácil… todos los paneles explicativos sólo en castellano. Capítulo especial merece la iluminación de las obras. No me parece buena en general pero nos encontramos con salas apagadas y ante nuestra protesta se nos dice que están haciendo pruebas porque creían los encargados que estaban solos. Sin comentarios.
    Al abandonar la exposición vemos un cartel que pone “tienda”. Pues vamos a ver que venden… !Vacía¡. Sí, vacía. Unos pesebres muy bonitos de piedra de lo que era una antigua cuadra y nada más. Al salir nos quejamos ante las personas que estaban en la puerta y además se nos comenta que aún quedan cuadros y obras por exponer. ¿Qué prisa había por abrir? Puedo asegurar que esto no es promocionar el turismo. La visita la hicimos dos personas de Ávila y una persona de otra ciudad que no daba crédito a lo que vimos. Un poco de decencia y de vista porque visitar este museo a día de hoy representa una imagen muy pobre de esta ciudad porque los fallos que se ven no son los típicos del inicio de una actividad que cuesta hasta que se engrasa la maquinaria y todo va rodado, quede claro que el valor artístico es muy bueno. Lo que se ve es falta de previsión y prisas… y ya se sabe, las prisas para los ladrones y los malos toreros.

  3. Hola. Le sigo desde Barcelona por que, por razones que no vienen a cuento, tengo una cierta ligazón con Avila y su blog se me antoja una voz que me resulta familiar para profundizar en esa relación mas alla de los veraneos. Me parece una opinión muy acertada: evidentement la identidad se construye y no es razonable esperar valor añadido en el futuro si hoy no se pone en valor las innovaciones que ya fueron. Me perece intuir que ese ha sido el leit motiv de la destrucción de la fabrica de harina y estoy por darle la razon. Saludos

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