Vecina al oreo

Tengo una vecina que, cuando me ve salir de casa, me piropea. La buena mujer se dirige a cualquier otra persona que ande por la calle y, señalándome con un dedo acusador, le suelta: “¿Has visto que vecino más guapetón tengo?”. No lo dice todos los días, hay otras veces que me despacha con un simple “hola, majo”. Pero las mañanas de “bajón”, esas en las que uno se levanta con el pie izquierdo, siempre tengo mi ración de autoestima desde el balcón.

Voy a ser sincero. He visto a mi vecina gritar lo de “guapo” o “guapa” a otras personas. Pero no se lo tengo en cuenta. Es mayor, quizás no vea bien. O quizás lo único que ocurre es que cada mañana elige cuidadosamente el receptor de sus piropos entre los que vamos con la cabeza más gacha y el día más cuesta arriba.

Si hablo de ella es porque fue la primera persona que me vino a la cabeza al escuchar al escritor Andrés Neuman en la Cadena Ser (por aquí lo tienen por escrito) hablar de las “olimpiadas de lo pequeño”. Les dejo un trocito (aunque merece la pena disfrutarlo en su totalidad):

“Tras la caída de los Juegos de Madrid, esa maravillosa ciudad mestiza que muchos amamos y visitamos con familiaridad, quizá vaya siendo hora de clausurar la fiebre por el gran evento. Y volver a pensar en los pequeños acontecimientos, en su más noble sentido: en el dato a pie de calle, en la circunstancia de cada ciudadano, en cada nuevo trabajo que se logra y, sobre todo, cada escuela que se abre o se salva. Pasar del salto de altura al salto de profundidad. A las no menos titánicas olimpiadas de lo pequeño”.

Pues quede claro que, en esos “pequeños acontecimientos”, mi vecina es medallista olímpica. Su voz, de nuevo desde el balcón (siempre está en la terraza, “al oreo”), es lo primero que escucho cada vez que aparco para decirme si tengo que echar el coche “un poco más para adelante”. “Y así entra otro, majete”, me dice. O la veo barriendo la acera, o recogiendo unas botellas que encuentra en la calle para llevarlas al contenedor verde, o regalando pastillas de jabón casero a cualquier vecino. Cada día te sorprende con una cosa.

A veces me pregunta quiénes son mis padres porque dice que, si son de Ávila, seguro que los conoce. Y estamos un buen rato intercambiando nombres y apellidos para nada. Yo prefiero esas mañana en las que voy con la cabeza gacha, las que les contaba al principio.

PD: Ya que hemos hablado de olimpiadas, les recomiendo esta entrada en Halón Disparado.

A %d blogueros les gusta esto: