La verdad como esencia de la libertad (por Lorenzo Martín)

Hoy contamos con una nueva colaboración, en este caso de Lorenzo Martín Muñoz. Si tenéis envidia y queréis colaborar con algún texto, aquí os contamos todos.

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La verdad como esencia de la libertad

Antaño, los viejos del lugar contaban que la verdad ofende, que la verdad es buena y hasta saludable conocerla, pero que no es conveniente trasmitírsela a todo el mundo.

Las anteriores sentencias, proverbios o refranes forman parte, indisoluble, del acerbo popular de este nuestro país y, como tales, conforman el sustrato intelectual de sus habitantes.

Quizás, lo anteriormente mencionado, para algunos sea un anacronismo y, tal vez por ello, en la redacción de la vigente Constitución se hizo especial hincapié en la figura de la libertad de expresión, como salvaguarda de la verdad y de su manifestación pública. Una verdad para todos y no, solamente, para unos cuantos, dependiendo de sí se te coloca a un lado o al otro de ella.

Verdad que, al materializarse externamente, abandona su objetividad apropiándose de la subjetividad que cada uno, consciente o inconscientemente, quiera otorgarla.

La verdad absoluta no existe. Existe la verdad de uno mismo y de sus circunstancias.

En los tiempos que nos han tocado vivir, huir de la hipocresía o del cinismo se convierte en algo harto difícil, tendiéndose, habitualmente, a la media verdad o al ocultismo de la realidad.

A pesar de ello, aún podemos encontrarnos con héroes de opinión que, a través del papel, de las ondas o de las redes sociales, expresan sus sentimientos u opiniones singulares, ejerciendo el derecho fundamental de la libre expresión y procurando que, ese derecho, no se vea menoscabado por las presiones de aquellos que pretenden enmascarar el camino hacia la verdad.

Hoy por hoy, rota la paz social, emerge la voz de los desamparados, de los que pasan hambre. Ante ello, los poderes establecidos en vez de intentar encontrar soluciones a la situación de desconsuelo que embarga a gran parte de la sociedad, desentierran la intimidación del poder, cedido temporalmente por el pueblo soberano, coartando la libertad de expresión, para intentar con ello manipular la concienciación ciudadana.

En una democracia parlamentaria, cuando se ignora la opinión ciudadana, tarde o temprano, la clase política y los medios de comunicación tradicionales entran en una deriva sin retorno, que les conduce al aislamiento, convirtiendo las noticias en sombras informativas e intentando poner puertas a la verdad.

La mentira, como contraposición de la verdad, edulcorada y sometida a las convenientes repeticiones, puede erigirse, para su autor, en la verdad absoluta; pretendiendo, con ello, convertir a sus receptores en presuntos tontos de baba carentes de actitud crítica.

Intentar cercenar el imperio de la verdad desoyendo el clamor popular y no ejerciendo la autocrítica, devalúa la vida pública, dando como resultado la indiferencia de la ciudadanía, que necesita saber las cosas como son y no como, a veces, se las cuentan.

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