Verano rima con ano

Tras varias semanas de calurosa estación -un beso desde aquí para los lumbreras aquellos del “no verano”-, centenares de litros de sudor evaporado y ahora que mi piel abandona poco a poco el color “blanco princesita secuestra”; ha llegado el momento de decirlo: el verano está sobrevalorado. Y mucho. Y no solo por el calor. El verano, en general, es una mierda. La vida se ralentiza, la actualidad se paraliza, los pueblos y las ciudades se llenan de fiestas y festivales para mayor gloria de los fabricantes de bebidas alcohólicas y los informativos de la televisión nos recuerdan, día sí y día también, que hace calor, que las playas están llenas y que ese cacho de roca que hay frente a Algeciras es español aunque no lo sepa. Incluso este blog, primer premio “Angie Merkel” a la productividad sureña, sobrevive en gran parte gracias a la subcontratación y externalización de sus publicaciones. El verano solo puede gustar a los vagos que quieren dejar de trabajar, a los exhibicionistas que necesitan fotografiar sus piernas frente al mar y a los dueños de los chiringuitos costeros, verdaderas catedrales del Spanish way of Life y de la salmonelosis.

El verano está sobrevalorado, como otras muchas cosas. La moda y la estulticia nos han hecho poner sobre pilares de mármol las cosas más absurdas y vacuas.  Deberíamos, por ejemplo, elaborar una lista con los 100 libros más sobrevalorados de la literatura universal. Seguramente muchos de ellos pudiésemos incluirlos también en otra lista titulada “100 libros que tienes que decir que has leído para poder ir de cultureta por la vida”. Lo mismo se puede decir del cine, la música, los cócteles y otras artes. Tener una vivienda en propiedad también está sobrevalorado, como el pelo en la cabeza, el bronceado -en especial el que tira a naranja-, Apple, Gareth Bale, Woody Allen o el amor.

¿Está el amor sobrevalorado? Antes de que a San Valentín y a nuestros lectores más enamoradizos les de un soponcio, puntualizo tan polémica afirmación: no en general, sí en algunos casos concretos. A la mayor parte de nosotros, incluso a los que como yo tienen ligeros problemas de sociabilidad, nos gusta tener a nuestro lado a alguien a quien aburrir con nuestras pequeñas miserias, alguien que nos ponga la mano en la frente cuando tenemos fiebre y alguien que nos haga fotos cuando vamos de vacaciones. Y por muchos sustitutivos que la sociedad moderna haya inventado en las últimas décadas -internet, un termómetro, un trípode- una persona sigue desarrollando mejor ese tipo de funciones. Es verdad que se podría pagar a alguien para eso, pero no realizaría las mencionadas tareas con el mismo cariño: en las fotos se te vería demasiado la tripa, siempre te diría que no tienes fiebre para que le dejases en paz y escucharía tus penas como las vacas ven pasar a los trenes. El amor es imprescindible para según qué cosas. El amor es una senda, un camino, una aventura, una travesía por un mar embravecido, amaneceres y anocheceres, lunas llenas, cuartos menguantes, una canción, un primer beso, una cena a la luz de las velas y, también y sobre todo, una mano amiga para llevar hasta el cuarto de baño un rollo de papel higiénico cuando se ha acabado. El amor es la perfección de las rutinas y la sublimación de la convivencia.

El amor es importante, de verdad, pero utilizamos el término para referirnos a tantas cosas que lo hemos desnaturalizado. A cualquier cosa llamamos amor. Es como la expresión “Partido del Siglo”, que con el tiempo, el uso y el abuso, lo mismo vale para un amistoso entre Ecuador y España que para el combate a muerte entre tu suegra y esa mosca gorda que se mete en el salón siempre a la hora de la siesta.

El amor juvenil, por ejemplo, está sobrevalorado. Estamos en agosto, mes de los amores de verano, los romances estivales y los arrumacos detrás del escenario donde la orquesta contratada para las fiestas del pueblo maltrata una y otra vez los más vergonzosos éxitos del pop de la década pasada. Estas relaciones pueden tener muchos nombres -revolcón, asalto hormonal, furtivismo sexual, prácticas en biología reproductiva- pero no deberían llamarse “amor”. Un poco más arriba en la escala de la madurez afectiva están las apasionadas relaciones adolescentes -no delimitadas únicamente a la adolescencia- que se construyen en base a lemas comerciales, frases copiadas de los guiones de las teleseries, escenas de culebrón venezolano, dramones, sufrimientos varios, príncipes azules y candados en los puentes. ¿Qué tipo de relación sentimental puede asentarse sobre un candado herrumbroso comprado en los chinos? Habría que torturar muy fuerte al tipo que tuvo la brillante idea de los candados. A no ser, claro está, que el sujeto tuviera una fábrica de los mismos. En ese caso tendríamos que felicitarle por su sagaz estrategia comercial y pedirle parte de los beneficios para sufragar la retirada de la chatarra que por su culpa ensucia las barandillas de los puentes. Por cierto ¿tenemos en Ávila un puente con candados?

Este es el amor que vende, que se vende y que está, claramente sobrevalorado. El que inunda los programas de televisión, las películas para adolescentes -tengan lobos, vampiros, momias o no- y los bestseller diseñados para leer en la playa mientras una masajista china, titulada en la universidad de la vida, convierte tus contracturas en minusvalías con derecho reconocido a ayuda pública.

El único amor que me emociona de verdad, y que por contra creo que esta absolutamente infravalorado, es el maduro. Ancianos paseando cogidos de la mano, gestos de cariño infantil pasada la sesentena, sonrisas cansadas pero cómplices, parejas que darían su último aliento por la persona a la que han soportado durante décadas, hombre y mujeres que se abrazan a sus parejas como si fuesen su última salvación, el salvavidas que les impide zozobrar en medio de la tormenta, un madero en medio de un naufragio. Quizá esto venda menos libros y menos palomitas, pero merece la pena luchar por llegar a viejo solo para poder disfrutarlo.

Piensen en ello mientras están de vacaciones, que los que no las tenemos hasta noviembre mantenemos abierto el chiringuito. Sí, han leído bien: noviembre. Quizá eso tenga algo que ver con que se me esté haciendo tan largo el verano.

3 Responses to Verano rima con ano

  1. Guillermo B. says:

    Aprovechando el título y el tema, me autocito en un madrigal que en su momento presenté (si éxito, claro) al concurso anual de los mismos en homónimo pueblo:

    Madrigal asonetado, en cabo roto, dedicado a las témporas.

    Pues me ha dicho el orá-
    al que fui ya cansado del ridí-
    que sea mi poema el fiel vehí-
    de amor que busca en tí su receptá-
    No se si hallaré bá-
    que trepe tan homérico montí-
    me encierro con la pluma en mi cubí-
    tratando de alcanzar pronto piná-

    Y aun no moviendo un mús-
    teniendo que parir aqueste artí-;
    se agranda ya mi esfuerzo antes minús-,
    y tanto golpeteo del versí-
    y tanto repensar en el opús-
    me causa el exudar de mi testí-

    Por otro lado, Alberto, me tienes preocupado… Pañuelos a San Segundo, subidas a Sonsoles, y ahora una fiel defensa del amor verdadero, que como bien sabemos los cinéfilos, se expresa tan sólo con la frase “como desees”…

  2. reprosciutto says:

    Follar está sobrevalorado.
    Un saludo, cuatropaleros!

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: