De los sucesos acaecidos en la casa consistorial de nuestra villa una tarde tormentosa de agosto y de lo que allí se habló

El concejal corría sujetándose los pantalones por la calle Reyes Católicos como si le persiguiera la más fiera de las bestias. La convocatoria -urgente, importantísima, vital y secreta- le había pillado tomando un café en un bar céntrico y apenas había tenido tiempo de abonar su consumición. No sabía de qué se trataba, pero tenía que ser algo gordo, muy gordo, si el Alcalde había abandonado sus vacaciones y se había desplazado hasta la ciudad en el helicóptero de la Policía Nacional que normalmente vigilaba el tráfico. ¿Habría muerto alguien? ¿Irían a nombrarle ministro? ¿Le habría tocado la lotería?

Apenas podía respirar cuando entró en la plaza del Ayuntamiento a través del arco de medio punto que se encontraba al final de la calle. Ya no estaba para esos trotes. Paró a tomar aire, se sacó una corbata del bolsillo del pantalón -siempre llevaba una por si tenía que conceder una entrevista imprevista o firmar algún autógrafo- y se limpió con ella el sudor que corría por su frente. Tras comprobar que no había dejado mucha mancha, se la puso con cuidado.

A la puerta del Ayuntamiento, un par de coches de la Policía Local escoltaban el coche oficial del Alcalde, aparcado de cualquier manera, como si la urgencia fuera tal que lo hubiese abandonado en marcha, saltando por la ventana, como el doble de James Bond o un trapecista ucraniano. Un par de policías locales, apoyados a ambos lados de la puerta con la desgana propia de una tarde de agosto, le saludaron al entrar llevándose la mano a la frente como si estuviesen espantando moscas que solo ellos veían. Si había pasado algo grave, era evidente que ellos no se habían enterado.

Un poco desorientado -el calor, la tormenta que parecía estar empezando a formarse, el vino de la comida- una vez dentro del edificio dió un par de vueltas sobre sí mismo sin saber muy bien hacia dónde dirigirse, hasta que una de sus compañeras, que entraba en esos momentos como un torbellino, lo cogió del brazo y tiró de él hasta el salón de plenos.

-¿Pero qué…? -intentó preguntar él.

-Es terrible, terrible. -decía ella mientras le arrastraba.

Tan solo faltaba el Alcalde cuando ellos ocuparon sus respectivos asientos. La agitación era visible. En los concejales del gobierno -la mayoría, los más guapos y mejor vestidos- las caras reflejaban, además de un ligero bronceado, la tensión del momento: ceños fruncidos, bocas desencajadas, ojos vidriosos. Una compañera lloraba desconsolada abrazada a lo que desde allí parecía un escapulario, un rosario o algún tipo de bisutería. Frente a él, en la bancada reservada a la oposición, tensa espera. Era evidente que todos sus compañeros sabían lo que sucedía, aunque la oposición parecía estar tan en la inopia como él. ¿Por qué nadie le había dicho nada? ¿Le estaban haciendo el vacío? ¿Habría hecho algo mal?

El Alcalde irrumpió en la salón sin darle tiempo a profundizar en sus inseguridades. Sorprendentemente, vestía una camiseta de Bob Esponja, unas bermudas verdes pistacho, chanclas y calcetines. Se situó en el centro de la sala, se puso las manos a la espalda y carraspeó para apagar el murmullo que se preguntaba por sus extrañas apariencias. Un trueno -la tormenta se acercaba- contribuyó a conferir gravedad al momento.

– Compañeros, les llamo compañeros porque lo que nos trae aquí va más allá de los colores políticos; hoy es un día triste para esta ciudad. -el Alcalde agachó la cabeza y cerró los puños; pausa dramática-. Los catalanes nos quieren quitar a Santa Teresa.

-No, eso es imposible. -gritó una concejala de la oposición.

-Tranquilos, por favor – dijo el Alcalde intentando mantener el control de la situación-. En la tarde de hoy han aparecido informaciones en la prensa al respecto. Al parecer, un historiador de aquella región afirma que Santa Teresa se llamaba Teresa Enríquez de Cardona y era abadesa de Pedralbes.

Grititos de sorpresa, sollozos, un puñetazo en la mesa, exclamaciones ahogadas, algo parecido a una ventosidad y una nueva pausa dramática.

-Estos nacionalistas no tienen límite. -añadió enojado uno de sus compañeros mientras se mesaba nervioso la barbilla.

-Como ustedes comprenderán -continuó el Alcalde una vez rota su estudiada pausa dramática-, estamos ante un importante desafío. No solo atacan nuestro orgullo, nuestra identidad y nuestro pasado más brillante; también intentan debilitar nuestra pujante economía.

El Centenario -dijo el concejal encargado del evento, al que ya no le llegaba la camisa al cuello.

-Y las yemas, el dedo incorrupto, los rosarios, las excursiones del Inserso, la Universidad de la Mística, las postales… La mitad de nuestra economía se basa en la Santa. -afirmó el alcalde mientras se rascaba la marca que la goma de los calcetines le había dejado en la espinilla- Si ahora resulta que la Santa era catalana ¿Qué nos queda? ¿La muralla? ¿San Segundo?

-Bueno, San Segundo… -empezó uno de los concejales de la oposición.

-Tú cállate, comunista antiespañol -le interrumpió de malas maneras un concejal del partido gobernante- Seguro que estáis conchavados. No les basta con querer romper España. Ahora, encima, queréis regalarles a Santa Teresa. Esto es cosa de ZP y de la ETA.

-A ver, tranquilos -el Alcalde intentó poner orden- En esto estamos todos juntos. No nos tiremos los trastos a la cabeza.

-¡Hay que hacer algo! -gritó un concejal puesto en pie y agitando un puño con rabia, como si estuviese dispuesto a ir a Barcelona a desfacer el entuerto, repartir leña o tirar la Sagrada Familia a cabezazos

-En efecto, algo hay que hacer y para eso estamos aquí. Mientras el helicóptero que me traía desde Benidorm descendía sobre la Escuela de Policía, he tenido varias ideas. Primera: enviar una misiva a la Generalitat… perdón, pongámonos duros, Generalidad, pidiéndoles que retiren todo apoyo financiero o político a los responsables de esta mentira.

Tímidos aplausos que fueron frenados en seco por un gesto autoritario del Alcalde.

-Segundo: boicot a los productos catalanes.

-Eso, que se jodan. No vamos a volver a beber cava -dijo alguien.

-A los hosteleros no les va a gustar eso en plena campaña veraniega… ¡y las bodas! -puntualizó otro alguien.

-Pues tienes razón -dudó el Alcalde- Eso puede ser un problema…

-¡Pues boicot a los santos catalanes! -apunto un tercer alguien.

-Bien pensado. Nada de rezar a Sant Jordi.

-Pero si Sant Jordi era de Capadocia, en la actual Turquia… -añadieron desde la oposición.

-Tonterías. Era turco, hasta que algún catalán le haga de Vic. Si allí le rezan, por algo será. Tercera medida: declarar persona non grata al autor de la teoría, un tal Jordi…

-¡El Follonero! Menudo cabrón. Si ya se le veían maneras.

-Creo que es otro Jordi, pero da igual -continuó el Alcalde-. Sant Jordi, Pujol también se llamaba Jordi… Es evidente que el nombre tiene algún tipo de gafe. Un buen español no se llamaría Jordi. Podemos hacer una declaración genética…

-Genérica

-Eso, genérica, gracias. Una declaración genérica para declarar a todos los Jordis personas non gratas en la ciudad y ya está. No nos detengamos ahora en esos detalles. Cuarta propuesta… a estos extremos no me gustaría llegar, pero si hay que llegar, se llega. Cuarta propuesta, decía, solicitar al gobierno que eche a Cataluña de España.

Los aplausos y vítores, que duraron cerca de un minuto, debieron retumbar en toda la ciudad, El Fresno, La Colilla y esa parcela a las afueras. muy a las afueras, donde van a construir un Decathlon. El Alcalde sonreía y saludaba orgulloso al tendido, con la mirada perdidas en algún glorioso punto del infinito, como si posase para un cartel electoral o como si acabase de matar a una manada de elefantes mutantes rabiosos con una cuchilla de afeitar mellada.

-¿Pero eso no sería como concederles la independencia? -preguntó el mismo concejal de la oposición que había levantado la voz antes. El Alcalde lo fusiló, apaleó y tiró a un mar infestado de tiburones con la mirada.

-Creo que hemos encontrado a un quinta columnista. Tú y tú -dijo el Alcalde señalando con el dedo índice de su mano izquierda a los dos concejales más fornidos de su equipo- A las mazmorras con él.

-¿Mazmorras? ¿Hay mazmorras en el Ayuntamiento?

-Pues no lo sé, pero si no las hay llevadlo a algún sitio oscuro, sucio y húmedo: el armario de las fregonas o el puente de la Estación. Los demás tenemos que redactar varias declaraciones. A ver, que alguien me traiga un mojito ¡y subid el aire acondicionado que aquí hace calor! Tenemos que salvar a la patria, pero no vamos a dejar que estos nos arruinen del todo las vacaciones.

PS. Entrada escrita en uzbeko y traducida a castellano por Google.

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