De lo malo también se aprende (por Sergio Sánchez)

Nueva colaboración en el blog. Un gran placer abrirle nuestro rincón al abulense Sergio Sánchezamigo de Los 4 Palos y desde hoy pasa a estar en la lista de los que una vez dedicaron un rato a escribir para que se lo publicáramos. Si tu, como Segio, quieres colaborar aquí te decimos cómo puedes hacerlo.

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De lo malo también se aprende

Voy a comenzar encomendándoles un pequeño ejercicio de reflexión muy básico: piensen, por un momento, en todos aquellos profesores que han tenido a lo largo de su vida, eran la antítesis de la educación y menos aportaron a su conocimiento. Sin duda, y rápidamente, uno o varios nombres, o motes, les vendrán a la memoria de sus etapas en el colegio, instituto, ciclos formativos, universidad… etc., siendo estos malos profesores los que hacen daño a la profesión, generalizando a todo el colectivo la ineptitud de unos pocos (o de unos pocos muchos).

La educación ha cambiado brutalmente en las últimas décadas. No lo digo solamente por las leyes educativas (LODE, LOGSE, LOCE, LOE, LOMCE y tiro porque me toca), sino también por la introducción de los pedagogos en los centros educativos, las TICS, y el cambio de la sociedad respecto a la educación, pues si bien antes la figura del docente tenía algo de reconocimiento social, ahora esta desprestigiado y carente de valor. Los padres piensan que a sus hijos hay que educarlos exclusivamente en el colegio, cuando la primera educación comienza en casa. Son infinitos los casos, por ponerles algún ejemplo, en el que los padres se despreocupan de la educación que están recibiendo sus hijos hasta que llevan las notas a casa, o no dudan en ir a reprender al profesor, desacreditando su autoridad, cuando éste ha castigado o regañado su hijito, siempre sin razón porque su vástago es un santo.

Centrándome en el tema, os quería hablar sobre la figura del docente. Si bien he empezado el post preguntándoos sobre algún recuerdo negativo, ahora pregunto: ¿qué hace malo a un educador? Sin duda es una pregunta que puede generar un amplio debate y que costaría llegar a un consenso. El alumno no es tonto y rápidamente se da cuenta de si un profesor lo es o no, y no me refiero a la hora de corregir o de aprobar. Todos conocemos el caso de algún docente aburrido o incluso que odia su trabajo, que está esperando a acabar la jornada laboral para salir del centro, a que llegue el próximo fin de semana o las próximas vacaciones, sin preocuparse lo más mínimo por inculcar algo a sus alumnos que le lleven a decir que sus clases merecen la pena. Hasta dicen las malas lenguas de profesores que no corrigen los exámenes, que ponen las notas a ojo y otras barbaridades que prefiero pensar que son leyendas urbanas.

viñeta profe

He participado en discusiones con compañeros que echaban la culpa a sus alumnos de lo zotes que eran, que salvaban a cuatro de la quema, y ante mi estúpida pregunta, ¿y no os habéis planteado que quizá la culpa no es de los alumnos, sino que algo podéis estar haciendo mal? Silencio. Apaga y vámonos. Por supuesto que no. Ellos no se equivocan sino son los alumnos los que no están a la altura. Ustedes también tendrán su opinión, pero yo creo que si dos tercios de una clase obtienen resultados negativos, quizá algo necesita otro enfoque. Y todo esto, por no hablar de una frase con matiz: ¿El alumno suspende o le suspenden? Seguro que han tenido a algún docente que les ha dicho: “Yo no te suspendo, eres tú el que suspendes”. Y así debería de ser si el alumno no llega a lo que el profesor le exige. Otra cosa muy distinta es, como he oído en más de una ocasión, que el propio docente diga: “He suspendido a ocho”. E incluso con una sonrisa de superioridad. Eso, señores, es un mal docente.

La otra cara de la moneda son lo que denomino PROFESIONALES, docentes que desarrollan su labor con entrega y dedicación. Suelen ser personas que aman su trabajo, se preocupan por sus alumnos y no les importa repetir algo tantas veces como sea necesario. Hacen sus explicaciones interesantes, haciendo que pierdas la noción del tiempo hasta que termine su lección y tienen empatía con los alumnos, apoyándoles cuando lo creen necesario. Siempre se prestan a echar una mano, desinteresadamente, y en una gran mayoría de los casos pasan desapercibidos. Son humildes. Estos profesionales no esperan a que nadie les reconozca su trabajo porque es su trabajo, se ven satisfechos día a día viendo reflejada su ilusión en la enseñanza en los ojos de los alumnos, y apenas expresan su dicha con una breve sonrisa cuando abandonan el aula. Demuestran su vocación con hechos, y no con palabras.

Seguramente recuerden con cariño a alguno de estos “buenos profesores”, incluso con admiración y respeto. En mi caso, algunos de estos profesionales, con el tiempo y los años, se han convertido en buenos amigos, y sólo espero llegar a ser un cuarto de la mitad de lo buenos que son, o han sido, en su trabajo. Tomando un café con uno de estos amigos, le comenté mi anhelo de llegar a ser tan buen profesional como él, y riendo me dijo: “No tomes ningún modelo de referencia, mejor piensa en todos aquellos malos profesores que has tenido, porque si algo has aprendido de ellos es cómo no se tienen que hacer las cosas”.

Toda la razón.

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