Diario de un izquierdoso en Ávila de los Caballeros

Hubo un tiempo en que quise ser bohemio, como el cristal, pero en plan progre. No duró mucho, tengo que reconocerlo, pero lo intenté con verdadero denuedo. Fue un verano, al acabar los exámenes de la carrera, unos días que tenía libres -ya les dije que aquello fue algo fugaz- en la siempre culta y limpia Salamanca. Me acababa de dejar barba, por vaguería más que por estética, y me venía dejando el pelo más largo de lo habitual en un torpe intento de negar mi natural escasez capilar; hasta que una mañana, delante del espejo, mientras me lavaba los dientes, me vi pintas de poeta. A mi nunca me ha gustado la poesía -creo que para entenderla y disfrutarla es necesario algo de lo que carezco-, ni he tenido nunca inclinación hacia el verso, pero era evidente que ante mi, en aquel espejo lleno de salpicaduras de pasta de dientes, estaba un rapsoda. Y eso era algo que no podía desaprovechar. Dejar pasar aquella oportunidad hubiera sido como si Clint Eastwood, con esa cara de actor que siempre ha tenido, se hubiese dedicado a la repostería.

Durante esos días me acostaba tarde y me levantaba aún más tarde, me sentaba en el césped con un libro y una brizna de hierba en la boca, paseaba errante buscando la inspiración necesaria para obras cumbres que no planteaba escribir y visitaba bares alternativos para respirar ambientes oscuros y caducos donde convocar a las musas de la noche. En realidad, esto de los bares ya lo hacía antes de mi etapa bohemia y no lo he dejado de hacer ahora, pero durante aquel tiempo me parapetaba en la barra con intenciones artísticas y pedía cervezas checas, yo que siempre he sido de Mahou, para darmelas de viajado.

En el fondo todo aquello no tenía otro objetivo que alimentar los más básicos instintos humanos: el ego y la reproducción. Aún era joven (lo sigo siendo) y era más tonto que ahora, por difícil que parezca, y creía, iluso, que solo con mi aspecto bohemio y desenfadado se lanzarían sobre mi hordas de admiradores y admiradoras dispuestos a rendirme pleitesía y su ropa interior de encaje. Una sucesión de suposiciones erróneas que me llevarían tiempo después a montar un programa de radio, con el mismo no-erótico resultado, y varios blogs. Este último, por si lo dudaban, no tiene nada que ver con todo aquello: estoy felizmente emparejado, tengo un coche, un piso de alquiler y cuatro plantas a las que regar y abonar. Este espacio, sinceramente, está dedicado solo a mi ego. Bueno, al nuestro, no seamos egoistas.

Pero no nos desviemos del tema principal que, por si lo han olvidado, era la semana que decidí ser bohemio. Esto de las digresiones va a darme un disgusto algún día, ya lo verán. Me perderé en mitad de un párrafo y para recuperar el hilo tendré que inventarme un hechizo en el que no había caído hasta el último minuto, como J.K. Rowling; crear el paraiso de la Iglesia Multirreligiosa Refundanda, como los guionistas de Lost; o decir alguna gilipollez sin sentido fruto de mis escasos conocimientos, como Dan Brown.

Les decía que lo de ser bohemio me duró poco. Ni ligaba, ni alimentaba mi ego y, por si fuera poco, en la hierba solía haber hormigas y los libros que leen los bohemios son un peñazo infumable. Bueno, quizá fumados, libros o lectores, mejorasen, pero no lo probé. A la semana lo dejé, pero en ningún momento me sentí raro. La gente no me miraba con especial atención, ni con desprecio. Quizá alguna sonrisilla cuando me tragaba sin querer la brizna de hierba que masticaba mientras leía en el césped. Era uno más, otro poeta frustrado, otro progre de pantalón de algodón ecológico y camisa de cuello Mao, otro vago que no se afeitaba ni se cortaba el pelo. Ser bohemio, progre o de izquierdas, que lo mismo daba, aunque lo llevases hasta el extremo de la poesía postmoderna, estaba de moda y bien visto. Era uno más en la tumultuosa marabunta de la progresía zapaterista de la primera década del milenio. Incluso, me cuentan, en aquella época determinados carnets en determinados ambientes eran apreciados por el sexo contrario.

En Ávila todo era distinto. Ni mejor, ni peor, solo distinto. En el término municipal de Salamanca convivían, supongo que lo seguirán haciendo, la Salamanca biempensante “castellana” (acaban de saltar las alarmas en los cuarteles leonesistas) de Lanzarote y los abrigos de pieles los domingos en la Plaza Mayor; la Salamanca oficial de la calle del Expolio y las manifas por la unidad archivistica, con la Salamanca universitaria de los macrobotellones, las litronas a la sombra en Anaya, Libreros, San Justo, el teatro alternativo y los poetas fracasados de tasca y cigarrillo. Los buenos salmantinos y los sucios jóvenes que fornican a la puerta de la Catedral sin respeto, pero con condón. En esa Salamanca alternativa todo tenía cabida.

Evidentemente exagero y caricaturizo: en la Salamanca universitaria también había abrigos de pieles y archiveros patriotas de polo rosa y zapatos castellanos -de esos con borlas de cortina en el empeine-, pero no me mezclaba con ellos convencido de que eran mayoritariamente quintacolumnistas a los que Lanzarote pagaba la matrícula -de Derecho, de ADE o de ambas- para que los Studii Salamantini no se convirtieran en un nido de crápulas comunistas dispuestos a asaltar el Palacio de Invierno cada vez que se pasaban con los porros. En Ávila, por su parte, la Ávila oficial siempre ha convivido con la Ávila oficial B. Todo parece un teatrillo, un arreglo en el que están todas las fuerzas vivas de la ciudad: la oposición, la oposición de la oposición, los medios de comunicación, las asociaciones de vecinos, las empresas, los sindicatos y los que juegan a la calva o la petanca junto al río Chico.  Al margen de esto: la nada. Y si existe algo más, algo en los márgenes o en la periferia de la oficialidad, no le importa a nadie. Ávila eterna, Ávila monolítica.

Ser de izquierdas, progre o bohemio en Ávila siempre ha sido motivo de vergüenza familiar. Es algo que se sufre en silencio, como las hemorroides o las enfermedades venéreas, y que se lava en casa con los calcetines sucios y los calzoncillos usados por las dos caras. Los salones abulenses, con sus visillos y sus sofás de sky, habrán visto docenas de dramas, madres llorosas y padres enfurecidos, esperanzas rotas y familias quebradas, precedidos por declaraciones compungidas: “Madre, padre… soy de izquierdas”.

Pero si dramático era esto, lo peor, con todo, era decírselo a los amigos y conocidos. Al fin y al cabo, tu familia te tiene que querer, es su obligación constitucional, mientras que tus amigos te encontraron en la calle, en el colegio o en los recreativos. Cuando salías del armario ideológico delante de tu cuadrilla, normalmente tras emborracharlos para hacer más digerible el mal trago, su reacción se encontraba entre el rechazo, la lástima y la conmiseración. Algunos te miraban mal mientras otros corrían a abrazarte y darte mimos, como si fueras un perrito abandonado o el último dodo de las Islas Mauricio, mientras intentaban consolarte al borde del llanto y te decían que, a pesar de todo, ellos siempre serían tus amigos. Ser de izquierdas en Ávila es una enfermedad minoritaria, de esas que tienen un día internacional y plataforma de apoyo ¡Si hasta los profesores, cuando se enteraban de tus desviaciones ideológicas, te llamaban rojo para diferenciarte del resto de compañeros de clase!.

Una vez coincidí en un bar con una fiesta de los chicos de Nuevas Generaciones del PP. No recuerdo la fecha pero sería por Navidad, el puente de la Constitución, la Santa, o la visita de Aznar a Quintanilla de Onésimo para jugar al dominó. No fue algo voluntario, ni por su parte ni por la mia, pero minuto a minuto ellos ganaban espacio y yo me refugiaba en un rincón, escondido bajo las cazadoras de mis amigos, abrazado a mi tercio de Mahou tarareando bajito la Internacional. Ellos parecían crecer por segundos, en especial los almidonados cuellos de sus camisas, ser más guapos, más morenos y más altos; y yo me encogía compungido dentro de mi camiseta de StarWars. Al final de la noche ellos parecían los 300 de las Termópilas, armados con polos de Lacoste, iPhone y pulseritas de España; y yo un Yoda con enanismo al borde de la muerte por inanición. Ser de izquierdas en Ávila conlleva, en parte, un complejo de inferioridad y de culpa, una angustia vital, un no sé qué, que termina conduciéndote a la depresión, las drogas y a una sucesión interminable de derrotas electorales y fracasos estrepitosos. Quizá por eso la izquierda abulense siempre ha sido un poco de la puntita nada más, pero ese es otro tema.

Lo peor de todo es que de aquella época en la que quise ser bohemio solo me queda la barba -me corté el pelo y no he vuelto a leer poesía- y ahora, para mi desgracia, hasta el presidente del gobierno luce una. Los progres, los vagabundos, los hipster y las élites extractivas unidos por la abundancia de vello facial. ¡Quién nos lo iba a decir!

Menos mal que siempre nos quedarán las camisas de cuello Mao ¿verdad, Cayo?

8 Responses to Diario de un izquierdoso en Ávila de los Caballeros

  1. Guillermo B. says:

    Se nota que no has vivido lo jodido que era ser conservador y reaccionario en la España del felipismo temprano, por citar una… Intenta entrar entonces con tu polo Lacoste en cualquier garito de media España, intenta.
    Por lo demás, yo también me deje barba, puse al Ché en mi cuarto de Colegio Mayor, y me tragué infumables charlas-coloquios, con la misma falta de resultados sexuales… Pero nunca noté que fuera difícil ser de izquierdas o de derechas en ese Ávila que tanto he vivido… Será que quizás sea una cuestión de carácter, de disfrutar de las convicciones propias al margen de que generen adhesiones multitudinarias. Si no, ya me dirás qué cullons hago yo en este blog plagado de rojos y de upeyderos… 🙂 Un cursillo de autoestima, te recomiendo…
    En serio, como entrada estilística, pase, pero dudo que el entorno sea tan opresor como mentas.
    Saludos veraniegos; desde la playa, las derechas o las izquierdas pasan a ser hemiplejías morales, o partes visibles de la anatomía femenina.

    • Alberto Martín del Pozo says:

      Tampoco te tomes el texto al pie de la letra, Guillermo. Nunca he sido infiel a la Mahou, las cervezas checas siempre han sido carísimas.

  2. Macanaz says:

    Hay una tercera España. Los que cuando estan con los de derechas les llaman rojos y que cuando estan con los de izquierdas son llamados fachas.
    Es dificil defender el derecho a estudiar en un colegio público y laico sin que se considere algo de cutres que no estudian en un colegio privado religioso y al mismo tiempo defender que no se puede ir comiendose a los curas por las esquinas.

    • Guillermo B. says:

      Es lo que Machado en su día defendió como “bicardioateridos”, es decir, con el corazón helado por ambas Españas…

      • Alberto Martín del Pozo says:

        ¿Dos Españas? ¿Tres? Según el último recuento del INE, las Españas andan por los 46 millones.

        • Guillermo B. says:

          Falso. Está la pro Vilanova y la guardiolista. Los mouriñistas eran secta de los segundos, y el ancilotismo es flor de un día… No te creas todo lo que dice el INE, fuentes bien informadas me comentan que es parte de la conspiración pedrojotista para derrocar a Vicente del Bosque y colocar a Clemente en su lugar.

  3. mezclando churras y merinas... says:

    Guillermo B. ¿Cuántas veces ganó el socialismo felipista unas elecciones en Ávila? No creo que en Ávila por entrar con tu polo Lacoste en un bar nadie te mirara mal… que es de lo que trata el post… Á – vi – la…

    • Guillermo B. says:

      Ni me creo que nadie mire mal (en un bar promedio, no en seleccionados, que entonces hay de todo) a alguien que lleve una camiseta de ZP, hoy por hoy o en las mocedades no tan lejanas de Alberto.
      Y no, efectivamente el PSOE no ha ganado en Avila… No sé si habrá otra provincia donde el PP no haya ganado nunca (Guipúzcoa, por ejemplo, o Barcelona), y si entonces consideraremos eso una anomalía y un gesto retrógrado…
      Salud

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