¡Otra indecencia… otra indignidad! (por José Ramón Rebollada)

El periodista José Ramón Rebollada ha tenido a bien mandarnos una colaboración como ya han hecho otros antes y como podéis hacer cualquiera enviándola a [email protected] Nuestro agradecimiento a “Jota” por haber dedicado parte de su tiempo a escribir estas líneas para este rincón.

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¡Otra indecencia… otra indignidad!

El pasado jueves ha tenido lugar en nuestra capital el último episodio del aprovechamiento por parte de la iglesia católica de la desgracia ajena, escenificando un amplificado teatro del dolor y la condolencia entre los vetustos muros de la catedral gótica de Ávila.

Por ponernos en antecedentes el pasado lunes tuvimos la desgracia de vivir un hecho muy doloroso, un accidente de tráfico que se llevó la vida de nueve personas, dejó heridas a otra veintena, afligidos a decenas de familiares y consternada a toda la sociedad española.

Yo viví “in situ” buena parte de las consecuencias del siniestro por mis obligaciones profesionales, y allí, en esa curva, tuve la oportunidad de ver el horror… el dolor, la sangre, la muerte, la desesperación, la impotencia, la irreversibilidad de lo irreversible. Y también tuve la oportunidad de observar y admirar a la gente que trabajó sin alharacas ni titulares, cumpliendo con su trabajo con toda diligencia y eficacia: personal sanitario, agentes de la Guardia Civil, forenses, bomberos…

Un sol de justicia de primeros de julio agostaba los campos de alrededor, y también iluminaba generosa y dramáticamente a ese enorme vehículo azul que guardaba en sus entrañas el dolor y la muerte.

Las muestras de condolencia y consternación se sucedieron rápidamente. El polideportivo Carlos Sastre se convirtió en el improvisado centro de atención a los familiares de las víctimas, y por allí desfilaron todos: los que debían ir (familiares y profesionales que prestaron su ayuda) y los que fueron a hacerse la foto sin más. Supongo que el hecho de que todos los medios de comunicación del país estuviéramos allí era una ocasión demasiado tentadora como para renunciar a ella por razones o argumentos tan “intrascendentes” como la dignidad o el respeto a las víctimas… eso es mucho pedir en esta sociedad mediatizada, cruel y absurda que nos toca vivir.

Pronto, muy pronto, entró en escena el obispado. El obispo, Jesús García Burillo, se ofreció a celebrar unos funerales para todas las víctimas, cosa que me hizo temer lo peor como casi ha sucedido, y me explico. El ofrecimiento se hizo público el mismo día del siniestro por el propio obispo. Sabiendo eso confieso que lo primero que se me vino a la cabeza fue que lo que se imaginó fue oficiar un funeral con todos los féretros cuidadosamente colocados en el presbiterio de la catedral, frente a sí y por debajo de su mitra, por supuesto. Los primeros bancos reservados para los familiares desconsolados, ataviados con su luto y haciendo patente su dolor sólo consolable por las palabras del evangelio sabia y elocuentemente pronunciadas por él mismo. Junto a ellos, en primera fila, decenas de miembros de las instituciones públicas. Al fondo, por detrás y apartadas, las gentes del pueblo hacinadas entre los muros de la catedral, sobrecogidas por los lamentos del obispo, las condolencias, el consuelo religioso y las eternas promesas de una vida mejor y más feliz después de la muerte. Todo ello retratado y transmitido fielmente por todas las televisiones del país.

Afortunadamente la gente todavía actúa con la cordura natural de la sabiduría del pueblo y han realizado sus ceremonias de despedida y enterramiento en la cercanía de su entorno, aunque se hayan oficiado los ritos católicos impuestos por ellos a sangre y fuego durante los últimos veinte siglos.

Pero claro, una cosa es no hacer un funeral de Estado, digamos, y otra muy distinta renunciar al protagonismo que le brinda fortuitamente la tragedia de la vida. El obispado de Ávila difundió un comunicado de prensa en el que informaba de que el funeral por las víctimas del accidente se celebraría el jueves 11 de junio, a las siete de la tarde, en la catedral de Ávila. Se especificaba también que se hacía por iniciativa del obispado de Ávila (es decir, nadie se lo ha pedido) otorgándole además el apelativo de “oficial”, característica que nadie le ha concedido porque legalmente nadie se lo puede conceder, es decir, que es una prerrogativa que se ha asignado a sí mismo ilegítimamente. El diccionario de la Real Academia de la Lengua define la palabra “oficial” en su primera acepción como aquello “que es de oficio, o sea que tiene autenticidad y emana de la autoridad derivada del Estado y no particular o privado”, y esto es exactamente lo que el obispo de Ávila se ha arrogado sin pudor, el carácter oficial del funeral usurpando con ello las prerrogativas que sólo tiene el Estado, ni más ni menos. Claro que su actitud y forma de obrar responden simplemente a la costumbre católica de considerar que todo el orégano y el campo es suyo, que lo que ellos hacen vale para todos, católicos o no, intentando imponer que su parte sea el todo, que todo debe hacerse y considerarse legítimo y formal si son ellos los que lo hacen y dictaminan, despreciando cualquier normativa o formalidad que no sean las suyas, las que ellos determinan como válidas para todos, católicos o no.

El presidente de la Junta, Juan Vicente Herrera, decretó tres días de luto oficial (oficial de verdad) para los días 8, 9 y 10 de julio. Pero claro, al señor obispo nadie le marca el calendario, faltaría más. Él decidió que su funeral sería el 11, fuera del periodo fijado por Junta, prolongando con ello en beneficio de su propio protagonismo el tirón mediático de la tragedia. De paso, y con esa debida antelación, se aseguraba que las agendas de todos los representantes institucionales que acudieran podrían ser debidamente rectificadas de los compromisos adquiridos previamente para, precisamente, poder acudir.

Y la jugada le salió bien al obispo, más que bien. Consiguió congregar a las fuerzas vivas a costa de los muertos, siendo él el centro de atención, por supuesto. Nada ni nadie se resiste al poder y voluntad de un obispo como sabiamente advirtió repetidamente el tristemente desaparecido Ivá.

Ahora bien, lo más lamentable de todo es que esos representantes públicos, elegidos por el pueblo dentro de un sistema político aconfesional, acompañasen al mitrado en semejante despropósito en calidad de tales representantes públicos, vulnerando con ello un principio constitucional básico y por tanto transgrediendo nuestro ordenamiento jurídico de forma imperdonable, puesto que son ellos los primeros que deben conocer y cumplir las obligaciones legales de nuestro país. Es el tristemente olvidado principio fundamental de la aconfesionalidad del Estado y su separación de la iglesia, de todas las religiones en realidad. Pero una vez más la iglesia católica se salió con la suya.

Capítulo aparte merecen (merecemos) los medios de comunicación, especialmente la televisión de Castilla y León que no tuvo el menor reparo en transmitir en directo el macabro acto. Supongo que lo hicieron porque le consideraron imprescindible para la información de sus telespectadores, no me atrevo a suponer que lo hicieran pensando en su entretenimiento. Pero además de la tele todos los demás también fuimos cómplices del desatino cubriendo y difundiendo un acto privado que se realizó con la disculpa de la tragedia pero que sólo sirvió para el lucimiento y vanagloria de la iglesia católica con el obispo abulense como centro de atención.

Espero que algún día, no muy lejano, sepamos comportarnos ante la muerte con la dignidad y el respeto que se merecen las víctimas, sus familiares y amigos. En esta ocasión, por desgracia, no ha sido así.

José Ramón Rebollada Gil
12 de julio de 2013

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