Lento pero imparable fundido a negro

Fue en el año 1989. Contaba yo con 10 años. Antes de entrar en materia diré que de los cinco que administramos este blog soy el que “más canas peina”. Me refiero con ello solo a la edad, eso sí es verdad, con lo que aclaro que soy el más mayor de los cinco. Si nos ceñimos a la expresión “peinar canas” en el sentido estricto de la expresión no tendría mucho misterio ya que la menor edad no implica siempre peinar más pelo y en eso sí gano por la mano, aunque sea por longitud. Si no me creéis podéis preguntarle a Alberto o a Illo. Pero volvemos al año 89 y a mis casi 11 años porque es el punto de partida de la historia de hoy. Era una época en la que esto que hoy hacemos con tanto cariño y que llamamos blog y que gestionamos gracias a internet era algo impensable. Lo móviles apenas habían hecho aparición y eran un producto para muy ricos y las facilidades que tenemos hoy en día con millones de gigas de información al alcance de un click eran casi impensables. La conexión a internet en los hogares era inaudita, en mi casa apenas había teléfono fijo, y mucho menos otros conceptos de los que disfrutamos hoy en día.

Para copiar música tenías que hacerlo en los antiguos cassettes, la cinta de toda la vida, de 60 o de 90 dependiendo de la duración de la música a copiar. Antes, alguien, tenía que dejarte un original en vinilo o en la propia cinta para poder hacer la copia. No podías buscar un disco en internet, descargarlo y copiarlo, no podías buscar un enlace a una película y verla o descargarla para tener una copia en tu casa. La forma de ver películas era la televisión o el videoclub y, por supuesto, el cine.

El cine, en Ávila, en 1989 era EL CINE. Nuestra sala de T. L. de Victoria. Una sala enorme, con más aspecto de teatro que de cine, se trataba del salón de actos del colegio Diocesano “Asunción de Nuestra Señora” de la capital y llevaba abierto desde 1960 con un aforo de 709 butacas de patio, 69 delanteras y 200 generales. Este artículo de  noviembre de 2011 de Diario de Ávila habla mucho y bien del origen de la sala y de cómo se conviertión en sala cinematográfica conviviendo en 1960 con otras cuatro salas en la capital.

Por aquella época se hacían además ciclos de diferente duración en otros teatros casi siempre ligados a la obra social de Caja de Ávila o de Caja Duero. El Teatro de la Avenida de la Juventud o el pequeño Auditorio del pasaje de Caja Duero eran los que acogían estas sesiones a las que se acudía a ver ciclos de cine ecológico, infantil…

Y en aquel 1989 yo entré al cine Tomás Luis de Victoria por primera vez en mi vida. La que luego fue su segunda sala aún no existía, se estrenaba la película Batman de Tim Burton en la que Michael Keaton se enfundaba en el negro traje del hombre muciélago y Jack Nickolson hacía de Joker en una película oscura que, desde entonces, me trae siempre el mismo recuerdo, la sala del cine llena hasta la bandera, mi amigo de entonces, Iván, y yo, entrando por primera vez a aquel lugar y todo el aforo prácticamente completo para disfrutar de la película, tanto que nos tocó una mísera fila 4 que acabó por destrozarnos el cuello, cosa, también diré, que poco les importó a dos niños que gozaron como locos de aquella tarde de cine.

Desde entonces hasta ahora hemos visto cómo esa llegada de las nuevas tecnologías, sobre todo internet, ha ido vaciando poco a poco las salas de cine, ya no solo de Ávila, sino de todo el país. Y es cierto que desde entonces otras salas abrían sus puertas al público, primero en la Calle Virgen de Covadonga, un local con, si no recuerdo mal, tres salas, que poco duró abierto, y después en el Centro Comercial El Bulevar, los conocidos Cines Estrella, que llevo mucho tiempo si ver más de media sala en alguna de las sesiones a las que me acerco, y eso, siendo muy generoso.

En septiembre de 2011 cerraban los cines Tomás Luis de Victoria. No recuerdo cuál fue la última película que vi en ellos, la verdad, me gustaría recordarla, sé que tras aquella primera, tras aquel Batman de Burton hubo más, no recuerdo cuantas, pero cada vez con menos público hasta que llegó el cierre. Y a todos nos dolió, y mucho…

Ahora, hace pocas semanas, han vuelto a reabrir. Están otra vez a disposición del que quiera disfrutar de una película en pantalla grande, bien acomodado, con buen sonido, unas palomitas y una coca-cola. Precios razonables, 6 € la sesión normal y 3,5 € los martes que es el día que celebran el día del espectador. Sinceramente, mal futuro tendrá si no hacen algo nuevo. Como bien decía Alberto en Twitter, “tienen que saber vender actividades que no sean solo sentarse a mirar. Ofrecer un plus, algo que no pueda hacer en mi salón”. Seguramente tenga parte de razón, quizá los cines, tal cual los hemos conocido hasta ahora, sí estén condenados al fracaso si no inventan nuevas fórmulas y son capaces de captar clientes con algún atractivo añadido. No entiendo yo mucho de negocios, lo reconozco, por eso tan solo planteo unas preguntas y espero que seáis vosotros quienes dejéis las buenas ideas. ¿Hay alguna fórmula que pueda llevar a buen puerto a cualquiera de las salas de cine de la ciudad? ¿Es de verdad ir al cine, solo sentarse a mirar? ¿Está el modelo ya acabado con lo que ello pueda significar en un futuro para las salas de proyección?

Yo sólo espero que tengan mucha suerte en su nueva andadura y que encuentren una fórmula, la que sea, para que puedan seguir adelante proyectando películas, de no ser así el futuro de cualquiera de las dos salas es como un lento pero imparable fundido a negro. Si cuando se cerró la sala nos sentimos como si nos cayera un jarro de agua fría sobre la cabeza y se mermaba la oferta cultural de la ciudad, la reapertura viene a extender esa oferta. De todos, me incluyo, depende que sus puertas y las de los Cines Estrella, permanezcan abiertas, y quizá ahora no nos demos cuenta, pero merece la pena achuchar entre todos, ver una película en condiciones de vez en cuando, y mantener esas ventanas a la cultura abiertas. Malo no puede ser y, seguro, no queremos seguir los pasos de Pontevedra, primera capital española que se queda sin salas de cine.

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