Tiempos modernos

CuencaFernandoZobel

Los tiempos cambian una barbaridad, como debieron pensar los hispanorromanos cuando vieron a suevos, vándalos y alanos pisarles los sembrados; pero a la vez, como mandan los cánones postmodernos, hay cosa que nunca cambian, que permanecen constantes, como el tono del tinte de Rajoy, el ego de Aznar o Rubalcaba. Cambio y permanencia, futilidad y eternidad, yin y yang, negro y blanco, chocolate y vainilla, bolsa grande o pequeña en el supermercado. Así es la puesta de sol en la que nos ha tocado vivir.

Todo esto lo pensaba el otro día sentado bajo un árbol en Cuenca. Un árbol con hojas, como los de antes, cuando los árboles eran árboles y no recuerdos. Antaño, al llegar a un sitio, el primer paso del ritual iniciático-turístico-viajero consistía en descargar las maletas con el riñón y disimular el dolor con gesto despreocupado y sonrisa hercúlea. Después, para desviar la atención y que nadie notase el pinzamiento provocado por el esfuerzo maletil, iniciabas una conversación con frases del tipo “¡Qué frío/calor hace!”, “¡Cuánto hemos tardado en llegar!” o “¡Qué bonito/feo es todo esto!”. Frases de viaje, subespecie de las frases de ascensor.

Ahora todo esto ha cambiado. Si viajas en avión y no llegas a una ciudad grande, es probable que lo primero que te preguntes es dónde está el resto del mundo. La era de los aeropuertos para las personas no ha hecho más que empezar. Si eres usuario de los trenes de alta velocidad, o de sus vías, lo primero que te viene a las sinapsis neuronales tras apearte es, en muchos casos, “¿Dónde coño está X?”, siendo X tu destino. Si ustedes son uno de esos desaprensivos que cogen su vehículo motorizado particular hasta para orinar, no habrán podido disfrutar de ese calambrazo entrañable que se siente al salir de una estación del AVE y encontrarse en mitad de la nada, justo en aquellos páramos de asceta de los que hablaba Machado mientras pensaba en la futura estación del AVE de Soria. Si Renfe fuese una amante sincera, al venderte el billete para muchas ciudades debería especificar que te lo vende para su término municipal -con suerte- o para un lugar indeterminado en sus proximidades. Tren procedente de Madrid con destino los alrededores de Cuenca, Segovia, Guadalajara o Tarragona. Recortando distancias, acercando personas

Como les decía, todo esto lo pensaba en Cuenca, concretamente en la estación del AVE de Cuenca, a seis o siete kilómetros de las casas colgadas, mientras en la marquesina del autobús un cártel intentaba venderme con sorna una ruta turística por los alrededores de la ciudad. La modernidad, reflexionaba, debe ser esto: tardar menos en llegar a la estación (50 minutos) y más en llegar a la ciudad (56 minutos desde que puse un pie y la maleta en el andén). Si a este deslumbrante epítome de los nuevos tiempos le sumamos el museo de arte abstracto y la muerte de la prensa de papel, tenemos que concluir que Cuenca es una ciudad moderna, adelantada a su tiempo, punta de lanza de los días venideros.

Si ellos son la modernidad, lo cambiante, nosotros somos lo que permanece. Ya les decía más arriba que de todo tiene que haber en la viña del señor, sobre todo si este es un hipster. A primera vista, Ávila no destaca por su ímpetu modernizador. No tenemos tren veloz, ni lo vamos a tener, y de tenerlo su estación no estaría demasiado lejos. Los trenes siguen circulando por las mismas vías que lo hacían en el siglo XIX y a la misma velocidad. Y demos gracias por ello. Igual dentro de unos meses, en lugar de regodearnos en el actual trazado zigzagueante decimonónico, podemos montar una vía verde por los raíles y hacer turismo y deporte hasta el apeadero de Guimorcondo. No tenemos museo de arte abstracto -y de tenerlo estaría cerrado- y no solo pervive la prensa de papel, es que además perderse en sus páginas es a veces un viaje en el tiempo: sus viajes de estudios, sus jubilados, la tradicional impostura oficial, sus fiestas de los pueblos con sus quintos, sus cartas del obispo de la diócesis, su aceite embalsado… Solo nos sumamos con impetu a la modernidad burbujil y miren como nos salió. ¡Qué lejos queda aquel “Horizonte 2020”, el nuevo Hospital en la zona sur, el polígono industrial en Narrillos, los 100.000 habitantes! Ávila es ese algo que nunca cambia, la ciudad que se despereza al toque del cimbalillo, ese contrapunto necesario a la modernidad que nos arrasa, al yugo opresor de las modas, las ondas wifi, el 4G y las cinturas de avispas. Bendita seas, Ávila de los Caballeros, reserva moral de occidente.

Pero no, no puede ser. Algo falla. Siempre hemos ido de modernos, de adelantados, de smartcity peregrina, de estandarte del futuro. ¡Nosotros los primeros, abran paso! Pasado mañana mejor que mañana. El pasado no vende, súmate al cambio. Me estoy perdiendo algo. Quizá ahora lo moderno sea parecer antiguo. ¿Es ese nuestro plan? Igual quedarse sin tren es a la ciudades lo que los pantalones campana y las camisas con chorreras al vestir. ¿Avanzamos retrocediendo? No, tiene que haber algo más. ¡Lo tengo! ¡Cómo hemos podido estar tan ciegos!

Si la modernidad es tener una estación de AVE, pero tenerla lejos, nosotros somos los campeones del mundo de la modernidad. La Estación de AVE de Ávila, llamada Segovia-Guiomar para confundir -la modernidad es confusa-, está a casi 70 kilómetros de la ciudad. Nosotros con AVE, cómodamente sentados en el vagón del futuro -clase turista, eso sí- y ustedes despotricando y desgañitándose en foros, redes sociales y panfletos rosamagentinos -me refiero a este blog, no al chiringo de R10- porque nos quedamos aislados y no se cuantas memeces más. ¡Desagradecidos! ¡Antiguos! ¡Carcas! Somos tan modernos, pero tan, tan modernos, que la modernidad aún no nos ha alcanzado.

Ya saben, la próxima vez que un turista, familiar, amigo o conocido, les pregunte por la estación de tren, lo que tienen que indicarle es lo siguiente: vaya hasta la estación de autobuses -no especifique si a la nueva o a la vieja, recuerde que la modernidad es confusa-, subase a un autobús a un sitio llamado Segovia y una vez allí, líneas 11 y 12 hasta la estación del AVE.

Regodeemosnos en la modernidad, que quizá sea lo único que nos quede.

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