A la sombra de los olmos

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Antes de que jurásemos fidelidad eterna a la Guardia de la Noche arrodillándonos delante de un arciano con cara de estar sufriendo un cólico, los árboles ya formaban parte, de una forma o de otra, de nuestro acervo cultural, de las raíces -perdonen el juego de palabras facilón- de nuestra identidad colectiva . La adoración a los árboles, el árbol como símbolo, como mito, su identificación con dioses o fuerzas de la naturaleza o su capacidad de mediación entre lo divino y lo terrenal; son constantes en la historia cultural de la humanidad y de occidente. Piensen un poco y encontrarán múltiples ejemplos del carácter mágico-religioso de los árboles: el laurel y el olivo en las culturas mediterráneas, los árboles del paraíso en el antiguo testamento, el baobad en muchos puntos de África, el árbol de Thor o el Yggdrasill en la mitología nórdica. Incluso no muy lejos tenemos uno con una profunda carga identitaria: el árbol de Gernika. Muchos pueblos, ciudades y aldeas han contado y cuentan con un árbol icónico, especialmente relevante, singular, conocido por todos los integrantes de la comunidad.

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Sin elevarnos tanto, el árbol ha sido siempre un símbolo de vida, de regeneración. Sus primeros brotes anuncian la llegada de la primavera y nunca nos cansamos de fotografiar sus copas doradas, anaranjadas, pardas y ocres cuando llega el otoño. El ciclo de la vida, pequeño Simba.

Bueno, símbolo de vida y regeneración… en otros lugares.

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En Ávila también contábamos con árboles singulares e icónicos, testigos mudos del paso del tiempo, de las gentes y de sus historias; pero cada vez quedan menos. Porque la vida es así, por dejadez, por incapacidad o porque tenía que suceder. No sé por qué murieron, pero eso no es razón para no llorar su ausencia. De todas formas, no quería hablarles de su muerte, sino de sus restos, de esos troncos secos y ajados, apenas una sombra de lo que fueron.

¿Por qué no se retiraron cuando por desgracia murieron? ¿Para qué siguen allí? ¿Qué pintan? ¿Es necesario que su esqueleto momificado esté allí presente para recordarnos que allí hubo un árbol único? ¿Un homenaje? ¿A quién o a qué? ¿Estamos esperando que alguien venga a pintarlos de colorines? ¿La resurrección de los muertos? No deja de ser sintomático que en esta ciudad, arrodillada ante el cemento, las placas de granito y los adoquines; algunos de los pocos espacios que se reservan a los árboles en el centro sean para los muertos, si es que a esos troncos sin vida podemos seguir llamándolos árboles.

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Como proponía este post de Ávilared hace algunos meses ¿no sería mucho mejor retirarlos y plantar en su lugar árboles jóvenes que ofrezcan su sombra durante los próximos dos siglos? Un árbol nuevo, un homenaje al ausente, incluso con una placa, una fotografía y un texto. Un acto sencillo y emotivo, un símbolo de renovación, de supervivencia, de futuro. Como decía más arriba, los árboles han sido iconos y símbolos para muchas culturas y pueblos. ¿Qué dice de nuestra ciudad que algunas de sus principales plazas y vistas cuenten con la presencia protagonista de un tronco seco y sin vida? Una metáfora bastante sombría de nuestro presente y de nuestro futuro.

15 Responses to A la sombra de los olmos

  1. @serzisanz says:

    Poca sombra dan ya estos olmos. Cabe decir que fueron mandados plantar en el siglo XIX por Jose I, alias Pepe Botella y desde entonces han sido testigos mudos de la ciudad. En el caso concreto del olmo de San Vicente, hace ya tiempo (allá por 2008) un amigo ingeniero agrónomo me dijo: este olmo tiene una rama mala (grafiosis o algo parecido), como no la corten el árbol entero muere. Y así pasó.
    Y sí, opino igual, deberían retirarse y plantarse otros nuevos, y no esperar a que algún artista “moderno” los pinte.

  2. Guillermo B. says:

    ¿Y a qué los dedicamos, Alberto? ¿A melena de campana, a lanza de carro o a yugo de carreta? ¿O los dejamos ir al mar, como pedía Alberti, por ríos y barrancas?
    Yo quiero soñar con la gracia de las ramas verdecidas, mi corazón también espera hacia la luz y hacia la vida, y para ello, además de los nuevos retoños que propones, quiero estas metáforas no del presente, sino del pasado, para que nos iluminen hacia el futuro.

  3. nacho says:

    Imagino que os habréis fijado. Varias de las rotondas de Ávila están adornadas con troncos de estos árboles. No de la magnitud que muestras las fotos, sino de sección mucho más pequeña. Como ejemplos, la rotonda que hay en la intersección de la Avenida de Europa y la Carretera de El Espinar, está adornada con un tronco. O también, la del acceso al Cylog en el denominado Paseo del Cementerio.

    ¿Qué tipo de alegorías son? No lo sé, lo mismo es tan simple como pensar que una rotonda sin nada es fea, pero depositar un tronco de árbol muerto da más vida.

    En todo caso, espero que nadie haya pagado un céntimo por comprar estos adornos. Espero que sea más una cuestión de síndrome de Diógenes. En vez de tirarlo, lo pongo en una rotonda.

    • Guillermo B. says:

      Creo que nos salen más baratos que las cremalleras o robaperas como premios escultóricos dotados a cojón de mico de aquellos tiempos en que éramos ricos… Salvo que un “escultor” haya sido contratado para ver cómo se dejan caer sobre la rotonda, en cuyo caso tenemos el país, paisaje y paisanaje que nos merecemos.
      Saludos

  4. Desde luego que prefiero olmos (nuevos o viejos) a cremalleras gigantes…pero no estoy tan seguro de que debamos prescindir de estos grandes “amigos”. Es un debate interesante

  5. Javier Calvo says:

    Gran entrada Alberto! Algunos de ellos…muertos…albergan vida, por ejemplo el de San Vicente tiene un hueco en el cual anidan, aunque odie a este animal, una pareja de palomas…
    La propuesta de foto con placa me parece estupenda…

  6. Obis says:

    Buen texto, excelentes fotos. Pero discrepo de la propuesta, ampliamente secundada, de replantar árboles, al menos en el caso de san Vicente. Tras la desaparición de los olmos (y sus restos) la vista de la iglesia-basílica mejora mucho y se puede apreciar y fotografiar mejor. Lo mismo se aplica a muchos de los olmos muertos en la ciudad que interferían la vista de fachadas o vistas interesantes de algunos monumentos.
    Y además me permito añadir una anécdota de hace unos veinte años, cuando los de medio Ambiente de la Junta comprobaron cómo en pueblos de la Moraña, los arboles jóvenes que habían plantado el año anterior en algunos pueblos habían muerto por falta absoluta de riego y cuidado o habían sido simplemente arrancados por los autóctonos. La explicación dada a los forestales fue que “los arboles no les dejaban ver los campos” (las siembras) que era los que a lo morañegos les gustaba ver: crecer sus cebadales.
    En las rotondas pieden poner lo que quieran son tan feas y estan en barrios tan feos que nada puede empeorarlo…

  7. Pepe Herráez says:

    El verde no fue el color de Ávila, fue más de gris o de rojo ladrillo. La viña y sus árboles o las encinas centenarias de la dehesa de Zurra son dos ejemplos.
    También prefiero otro tipo de arte urbano. Prefiero árboles vivos que muertos.
    Y el monumento a la “bragueta”, será por mi ignorancia y por eso pido disculpas, jamás terminare de cogerle el punto.

  8. Guillermo B. says:

    Inculto digital que es uno, ¿las fotos esas están hechas en la tarde del Armagedón, sacadas del Ávila más allá del muro, o usan eso del Instagram? Hay un debate muy majo sobre la edición de fotos, ligado a la ganadora del World Press del año pasado, y esas tonalidades sombrías me lo recuerdan. Supongo yo que las mismas fotos plenas de sol y luz no evocarían esos muros de la patría mía quevedianos…

    • Alberto Martín del Pozo says:

      Aforismo 2.0 (y que me perdone Campoamor) “En este mundo traidor / nada es verdad ni mentira / todo es según el filtro / del programa de edición del que se tira”

      El problema es que, por muchos filtros que use, por mucho que toque el contraste, la luz, el brillo, la exposición o la saturación, no hay manera de que le salgan hojas a los olmos.

      Un saludo

  9. Alonso says:

    Y qué le voy a hacer si yo nací ….. nostálgico: me gusta tener presente a mi alrededor estos olmos viejos y muertos, aunque no hendidos por los rayos, que también son parte de nuestra vida.
    ¿Tan difícil será tener cada cosa en su sitio, dejar esos troncos sugerentes en el espacio que fue suyo durante mucho tiempo y salpicar con árboles nuevos y verdes los cientos de miles de metros cúbicos de hormigón que se han desparramado por la ciudad en los últimos años?.
    Y ya puestos con las metáforas lánguidas…. más desazón provocan las glorietas y avenidas rodeadas únicamente de maleza y a los sumo vayas metálicas derribadas y que no conducen a ningún sitio.

    Un saludo

  10. Alonso says:

    vaya valla
    Perdón.

  11. Pingback: Ponga un negrillo en su vida | Los 4 palos

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