Papá, ¿por qué somos del Barça?

Contamos en ‘Los 4 Palos’ con una nueva colaboración, en esta ocasión de un “culé” de sentimiento como es Miguel Díaz Herrero, quien analiza en el siguiente texto la relación entre fútbol y política. Y, ya que estamos, os recordamos a todos que podéis enviarnos vuestras aportaciones cuando gustéis. 

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Permitidme parafrasear aquel anuncio en el que un niño le preguntaba a su padre colchonero por qué, entre tantas opciones como hay, habían elegido sufrir. Al fin y al cabo, el Atleti es mi equipo favorito de la ciudad que me ha acogido. Siempre me he sentido muy a gusto cuando he ido al Calderón. Tiene el aficionado atlético una campechanía que nunca percibí en sus más altaneros vecinos (ganar influye, claro). Amén de una fidelidad y una resistencia ante la desdicha que no aguantaría ni Charles Ingalls, el padre buenazo de “La casa de la pradera”.

Supongo que algún día tendré hijos. Y viendo hasta qué extremo la política (que, lamentablemente, siempre estuvo ahí) está impregnando de mierda el mayor entretenimiento del planeta, el de todos, quizá tenga que explicarles por qué me hice de un club que ha llegado a celebrar en algunos partidos simbólicos plebiscitos independentistas.

Aunque muchos bobos lo consideren una moda, producto de la era más gloriosa que ha vivido el club, yo he sido culé hasta con Gaspart. Todo empezó con cuatro o cinco años. Abriendo y cerrando los cajones de un armario, ese eterno pasatiempo infantil, me encontré con un viejo uniforme Meyba, con las tres franjas azules y granates Ese mismo año llegaba al Barça Gary Lineker, el elegante delantero inglés que nunca fue expulsado en toda su carrera, y que me hizo ir con Inglaterra en el gris Mundial de Italia’90. Qué cosas…

Ser un niño aficionado al fútbol en Ávila, un lugar con más madridistas por metro cuadrado que Concha Espina, forjó mis amores y desamores desde pequeño. Mi propia personalidad nunca me ha permitido escoger el camino fácil, no cuestionar lo mainstream. Siempre he pensado que, de haber nacido en Catalunya, seguramente habría sido perico o merengue. Mi infancia está ligada al recuerdo del maravilloso dream team de Cruyff, a mis amigos Toldos y Andrés, con los que me unía el sentimiento culé. No es que hiciera falta, pero el riesgo que asumía un equipo que jugaba con tres defensas (y dos laterales que eran como extremos), el talento de jugadores como Laudrup y Romario y el carácter de Stoichkov me enamoraron completamente. Un tipo romántico como yo sólo podía ser del Barça. Recuerdo también el ocaso de aquel equipo, con la dolorosa derrota contra el Milán en Atenas por 4-0 en la final de la Copa de Europa, o el 5-0 que nos devolvió el Madrid la temporada siguiente (estaba en el cumpleaños de uno de mis primos, transistor en mano, y no quise ni salir de su habitación en toda la noche). Luego vinieron unos años de desapego adolescente, Gaspart, las políticas de fichajes nefastas, Van Gaal (un borde que, en cualquier caso, nos dio dos Ligas)…

Rijkard (y Ronaldinho, claro) nos hicieron volver a soñar, dejar de sentirnos segundones durante dos buenos años. Y luego vino Pep. No reconocer la contribución de Guardiola al fútbol moderno sería como no reconocer la de Sacchi o la de Ferguson. ¿Que se encontró a un equipo hecho? Se encontró a un equipo en el que había que hacer limpieza, y no de cualquiera, con unos Ronaldinho y Deco  a los que Rijkard había dejado dormir no pocas mañanas en las camillas del vestuario con partes médicos falsos. ¿Que ese fútbol ya lo hacía Cruyff? Sí, pero Guardiola, influido por sus años en Italia, se acordó de presionar asfixiantemente la salida de balón del rival. De la solidaridad, del bloque, a la hora de defender. De la paciencia en la elaboración. Subió a Busquets al primer equipo, haciéndole en buena medida el pedazo de futbolista que es hoy en día. Confió en el descaro de Pedro Rodríguez. En cuatro temporadas de fútbol excepcional, como yo nunca había visto, el equipo se ganó la admiración del mundo. Un status del que aún no se ha bajado, aunque se lo discutiese el Real Madrid el año pasado con una temporada liguera absolutamente increíble.

Cuatro años de Guardiola que han sido, deportivamente hablando, los mejores de la historia del club. Pero cuatro años en los que, en cuanto a comunicación, empezando por Laporta y terminando por el teóricamente más moderado Rosell, el Barça se ha equivocado profundamente. Como bien explica Enric González en Líbero, el Barcelona no fue durante la dictadura un equipo especialmente catalanista. Ni siquiera antifranquista. Utilizaré sus palabras para explicarlo: “Sin ponerse de acuerdo, tres o cuatro periodistas, reescriben la historia (…) Dicen que son la insignia de Catalunya, que tuvieron un presidente (Josep Sunyol) al que los franquistas fusilaron…Hombre, lo fusilaron porque era de Esquerra Republicana, no porque fuera del Barça. Además, era 1973, el franquismo se va a acabar, y el Camp Nou era lo bastante grande como para recoger demostraciones de hastío”.

Vivimos también hoy una sensación de hastío (o cabreo, qué diablos) con la actual situación económica y la ineptitud de la clase política, que se ha convertido en otro problema. Esa sensación de fracaso se ha hecho extensible a la relación existente entre Catalunya y el resto de España, siempre más o menos tensa. Muchos catalanes, de manera yo creo que errónea, han visto en el independentismo una vía de escape a estos problemas. Sabíamos que el Barça era catalanista. A diferencia del Espanyol, se ha convertido en un instrumento para aquellos que vienen de fuera para “integrarse” en la sociedad catalana. También sabíamos que política y fútbol se mezclan constantemente. No hay más que ir a un bar (ya perdí la cuenta de las veces que me han llamado nacionalista por ser del Barça, o viceversa). Pero lo que no puede hacer un club de fútbol, por Dios, es apoyar como institución unas determinadas consignas políticas. Organizar actos políticos a pie de campo.

Sólo espero poder llevar un día a mi hijo al Camp Nou, a ver un partido de la Liga Española, que él disfrute como yo disfruto ahora con las gambetas de Messi y la clarividencia de Xavi e Iniesta, y no me tenga que preguntar “papá, ¿por qué somos del Barça?”.

Por Miguel Díaz Herrero

4 Responses to Papá, ¿por qué somos del Barça?

  1. Para nosotros es un honor que escriba en este blog una persona a la que yo personalmente tengo por una de las más interesantes de nuestra generación.

    Espero que la claqueta vuelva a sonar y repita por este rincón (a ser posible de musica o cine, donde el artista es una eminencia)

    En fútbol su defecto es no es merengón…ergo no es de mi total gusto :) …but nobody is perfect

    Un abrazo Miki y repite pronto

  2. Guillermo B. dice:

    Mi traje en cajón de armario no fue tal, sino el regalo por mi sexto cumpleaños, una equipación del Barsa con el dorsal del Flaco a la espalda. Eso marca, vaya que si marca, como la espuela al Atlético que forma parte ya de la leyenda…
    Y como quiera que por lo anterior deduzco que antecedo en un par de décadas Miguel, me tocó no vivir más que en falsos recuerdos infantiles evocados y recreados el 0-5 al Madrid, pero sí vivir en carne propia la quinta del Buitre, y las humillaciones correspondientes. O la final del Steaua en Sevilla. O a Gaspart en su plenitud subiéndose a Monserrat, o al llorón de Nuñez.
    Pero por contra también, ver jugar al Lobo Carrasco (me lo encontré en Venecia, en persona) o a Julio Alberto antes de que se esnifara en una de esas carreras suyas toda la raya de la banda; vivir la bizarra época de el Pelusa entre nosotros, y sufrir y retorcerme con la patada de Goico. Clos, Amarilla, Migueli Arrocef, la ETA que nos robó a Quini, Talín, Schuster, Schuster, SCHUSTER y tantos y tantos otros…

    El título no obstante de esta entrada implica confusión en el método. Ser del Barsa (no más pero no menos que ser de otros clubes) es cuestión de fe, espiritual, religiosa diría. No admite “por qués”, no admite explicaciones. Es (y más ahora, y con este juego del último quinquenio) como ver torear a Paula, el torero que lo hacía como los demás toreros soñaban, en boutade de Bergamín. No le analices, mejor ábrete de piernas o de corazón y disfruta. Y dejémonos de políticas y nacionalidades, que los abulenses, como los de Bilbao, podemos ser del club que queramos sin necesidad de justificaciones auxiliares ningunas, ventajas tiene ser de una minúscula pedanía castellana sin gloria futbolística. Que si el Barsa es mes que un club, lo será en su vertiente independentista para algunos, pero para mí también en todo lo que de feliz me hace.

    Un abrazote

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