Clandestinos (I)

Comenzamos, como ya hicimos el año pasado, un relato de ficción compartido entre los cuatro que habitualmente llenamos este rincón de letras. Una forma de comenzar el año algo más relajados y terminar de cargar las pilas para continuar dando caña en 2013. Ya sabéis cómo va. Yo comienzo hoy y una vez publicado algún compañero lo lee y lo continúa como le de la gana… A ver qué sale…

Clandestinos

– Los siento, lo siento de verdad, pero debo irme. Es muy importante que acuda a este encuentro. Lo siento Rubia… Cuídate. 

Se puso su cazadora, se enfundó los guantes, le dio un beso más y salió por la puerta mientras escuchaba a su espalda un tembloroso “ten cuidado”. Mientras bajaba las escaleras no pudo por menos que pensar en cómo habían llegado a aquella situación…

Hacía algo menos de siete años, corría el 2011, parecía muy cercano pero había pasado tanto tiempo… Resultaba complicado encontrarle una explicación. Apenas corría el día 1 de enero de aquel nuevo año 2018 y rondaban las siete de la tarde. Todo estaba a oscuras, parecía una ciudad fantasma. No se veía a nadie por la calle. Pero aquella oscuridad le servía de refugio. Quizá la medida de suprimir toda la iluminación de la ciudad que había tomado el Equipo de Gobierno no era tan mala. Mantener la ciudad sin una sola farola enciendia como medida de austeridad para salir de una crisis que ya se prolongaba desde hacía demasiado tiempo. En cierto modo era como haber instaurado un toque de queda sin hacerlo explicitamente. Nadie se atrevía a pisar esas calles una vez anochecido. El hambre que padecía la antíguamente llamda clase media había convertido los barrios de Ávila en nidos de violencia. Los robos se sucedían a cada minuto, incluso de día, por lo que nadie salía de casa para más que lo necesario y menos de noche.

El ruido de aquel motor le alertó. Pocos podían permitirse el lujo de mover el coche con los precios que había alcanzado el carburante, es más, la mayoría de la gente había abandonado sus vehículos y dejado de pagar el impuesto de circulación, el seguro y aquel otro que instauraron apenas tres años atrás  que obligaba a pagar 50 euros mensuales a todo coche no eléctrico. Se dio la vuelta y descubrió unas luces azules sobre el techo de aquel antiguo Renault Megane doblando la esquina. Menuda mierda, una patrulla. Seguramente la única que patrullaba de noche, al menos en coche, desde hacía muchos meses.

Se tiró al suelo confiando en que no le hubieran visto y que aquel montón de chatarra abandonado que tenía al lado hiciera un buen trabajo y sirviera de improvisada trinchera. Funcionó. Sintió como la patrulla pasaba a su lado sin detenterse, sin ni siquiera aminorar el paso, y se perdía por la siguiente calle. Aguardó unos minutos para estar seguro de que no volvían y se levantó despacio, mirando a ambos lados y decidido a continuar su marcha.

Siguió avanzando por aquella calle en la que antaño se respiraba vida, en la que el pequeño comercio se convertía en el centro de la actividad y que ahora deslucía desolada, vacía y llena de locales abandonados en los que alguna vez alguien ganó dinero. Al fondo del todo la muralla de la ciudad, o eso debía ser… La oscuridad no le dejaba divisarla y tampoco se acercaría tanto como para poder hacerlo. Los intramuros de la muralla eran zonas de acceso restringido desde hacía tiempo y la parte que antes era turística y  recibía visitantes que generaban ingresos a los hosteleros y tiendas de recuerdos ahora era un fortín al que apenas podían acceder unos pocos privilegiados cercanos a los gobernantes de la ciudad, sus familias y cuatro lameculos que siempre pensaron que haciéndoles la pelota les iría bien, ahora ya saben que estaban equivocados y que aquellas promesas estaban vacías. Lo mismo da ser pobre dentro que fuera de los muros, el futuro es el mismo en ambos lugares, la miseria para todos excepto para cuatro elegidos.

Su destino. Aquel era el lugar, había llegado y lo hacía justo a tiempo para esquivar aquel grupo de gente ruidoso que se acercaba hacia él y que seguramente no trajeran nada bueno más allá de navajas y cadenas. Se metió en aquella entrada de garaje para acceder, como habían quedado, por la puerta de emergencia de aquel local que un día disfrutó de éxito mientras la gente aún podía permitirse el lujo de salir de copas. Era el tercero en llegar.

– Llegas pronto… Raro en tí.- Le decían mientras le daban un fuerte abrazo.
– Sí, ya sabes. He querido salir con tiempo por si me encontraba complicaciones. ¿Los otros? ¿No han llegado?
– No, pero aún hay tiempo, tranquilo. Dijeron que vendrían y seguro que lo harán… Espero…

Aprovecharon unos minutos para ponerse al día mientras esperaban la llegada de los otros dos compañeros y conversar acerca de la actualidad política y social de aquella, su ciudad, que cada día era más penosa y triste y donde, cada día les resultaba más complicado vivir…

– Pero tío, les siguen votando… – Decía uno de ellos al tiempo que se escuchaban unos golpes en aquella vieja puerta de emergencia. Abrieron temerosos… Al fin. Eran ellos. Estaban, una vez más, los cinco juntos.

Comenzaron su reunión con la única luz de unas velas para no llamar mucho la atención, estaban en un sótano sin ventanas pero cualquier precaución era poca. Les buscaban y lo sabían. Unos meses atrás, en su última reunión, ya tuvieron que salir corriendo de forma improvisada al aparecer un grupo de buscadores del gobierno que sabían que estaban allí. No en vano, además de los ya conocidos carteles de “Se Vende” y “Se Alquila” que plagaban cada uno de los locales comerciales de la ciudad, el otro elemento que más podía verse en las calles de Ávila eran otros trozos de papel con sus cinco fotos y con una jugosa cantidad de dinero impresa debajo de las letras “Se Busca”.

Conocedores de todo esto y sabiendo que no tendrían mucho tiempo, comenzaron a hablar…

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La saga continúa:

– Clandestinos II

– Clandestinos III

– Clandestino IV

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