Sí a la desobediencia civil (por Iñaki Rodríguez)

Me presento: soy un seguidor de los4palos desde el principio. Politólogo, músico y aficionado a los debates en las redes sociales y en la barra del bar. Juan Luis del Pozo lleva tiempo pidiéndome alguna colaboración, pero no lo ha logrado. Ha sido este post de Rubén Negro y la posterior discusión en los comentarios lo que me ha hecho decidirme.

Considero que la discusión viene por una visión diferente entorno a algunos conceptos (legitimidad, democracia, representatividad, identidades colectivas, ciclos de protesta y desobediencia civil), y me gustaría sintetizar y exponer mi visión al respecto.

Argumentaba Rubén contra las protestas alrededor del Congreso que éstas se basan en eslóganes / principios vacíos (tendencia a la anti-política), que los manifestantes se otorgan una representatividad que no emana de ningún mecanismo formal ni fiable (no son “el pueblo”), que sí vivimos en una democracia (“mejorable, discutible, muy perfeccionable” en sus propias palabras) y los parlamentarios “sí nos representan” (al menos mejor que cualquiera que coja una pancarta y diga que es “el pueblo”), que donde se expresan de verdad los deseos de cambio es en las urnas (el sistema tiene cauces para ser modificado desde dentro), y si no nos gusta lo que se ha votado, podemos protestar, pero no negarnos a obedecer a un poder legítimo salido de las urnas.

Y concluía que la propuesta de rodear el Congreso conlleva empeorar los problemas que tenemos: “la solución no es convertir España en Gotham”. Votar al Congreso, pero no rodearlo. Plantear cambios sin defenestrar la legalidad (el orden) vigente.

En primer lugar, nuestro sistema no tiene cauces muy prácticos para una modificación profunda: fue muchísimo más fácil el paso de la dictadura a la Monarquía Constitucional de lo que sería hoy hacer un cambio similar.

En segundo lugar, considero peligroso confundir legalidad con legitimidad. Las mayores atrocidades cometidas por el ser humano han sido legales. No existe, por tanto, ninguna cuestión ‘formal’ para condenar una acción de desobediencia civil: o estás a favor o en contra, independientemente de lo que diga la Ley. A mí no me parece legítimo que los camisas negras desfilaran e impusieran el terror, pero sí que algunos negros desobedecieran en los EEUU para lograr sus derechos civiles.

¿Qué tenía de malo la propuesta lanzada desde el anonimato (Plataforma En Pié) antes del verano? Pues tenía de todo en contra: yo mismo la rechacé. Consideraba que la llamada a “Tomar” u “Ocupar” el Congreso tenía una pestilencia a tricornio que además de quitarme las ganas me sugería que llevaría al fracaso de la convocatoria. No había un posicionamiento lo bastante explícito a alternativas salvapatrias frente al vacío de poder (proceso destituyente) ni alternativas lo bastante bien construidas para cubrir ese vacío (proceso constituyente). En principio estaría entre “muy” y “totalmente” de acuerdo con la entrada de Rubén.

Pero sucede que la Plataforma En Pié se vio superada por un debate que excedía su “organización” del evento: muchas personas pensaban como yo. O como Rubén. Se reunieron para hablar y replantearon los términos de la convocatoria: no queremos tomar nada por la fuerza. No rechazamos la política o a los políticos, así tal cual. Queremos seguir protestando, a ser posible allí donde reside supuestamente el poder legítimo: a las puertas del Parlamento. Algo muy razonable y que normalmente solo es ilegal en países con una dictadura militar.

Algunos congregados llevaban una pancarta con el lema “Que se vayan todos”. Un mensaje que no comparto. No existe una “clase política”, sino una clase social que ha tomado las riendas de la política. Pero las diferencias entre nosotras son lógicas y respetables.

Sin embargo sí había una intención clara de vender una imagen desafiante, desobediente y rupturista: de señalar al Régimen en decadencia, de burlarse de él.

Evidentemente hace falta que una mayoría social esté de acuerdo con cambiar el sistema: no queremos imponer nada a nadie. Pero entonces ¿Cómo logramos que la gente que ve ‘Sálvame Deluxe’, vota al “PPSOE” o va a misa, apoye mayoritariamente una auditoría de la deuda pública, una tasa a las transacciones financieras o una política fiscal verdaderamente progresiva?

Queremos convencer igual que los políticos “de orden” han convencido antes. Y al no tener apoyo de los bancos ni de grandes fortunas privadas, tenemos que usar otras herramientas: la denuncia social, la búsqueda de identidades mayoritarias mediante usos inclusivos del discurso, la protesta imaginativa, la búsqueda de nuevos marcos referenciales… nada que se haya inventado ayer.

Y por supuesto, también la desobediencia civil… dejando a un lado que lo del 25-S no tuvo nada de formalmente desobediente, sí había una intención clara de desafiar a un poder que entendemos ilegítimo. No es que yo me crea más legitimado que un Gobierno que desangra a sus ciudadanos gracias, entre otras cosas, a una mayoría absoluta que NO le han dado las urnas.

Es que me creo con la capacidad de convocar, sumar, que vengan cada vez más a mi lado, hasta que verdaderamente seamos mayoría quienes nos plantamos ante un Régimen que no nos sirve. Las encuestas empiezan a estar de nuestro lado: desafección a “la denominada clase política”, a la Corona, al Poder Judicial, a la prensa de orden y a la estructura económico-financiera.

Alfonso XIII creía que se podrían hacer unos ajustes progresistas a la Constitución en 1931 para convencer a la mayoría de la vigencia del Régimen de la Restauración. Pero se equivocó como se equivocan hoy quienes creen que este Régimen de la Transición está impoluto y en plena forma: se está resquebrajando por completo.

No somos nosotros, rodeando el Parlamento, quienes estamos destruyendo el edificio político que “nos hemos dado”. El PP y el PSOE volaron por los aires los consensos de 1978 hace 2 años, con agostidad y alevosía y sin ningún respaldo popular. ¿Que por qué les sigue votando la gente si todo esto perjudica a la mayoría? Porque llevan la bata blanca del experimento de Milgram. También una mayoría votó a los monárquicos en las Municipales del 31, pero el abuelo de Juan Carlos Palito supo leer entre líneas: Allá donde no llegaban las redes clientelares, el caciquismo y el poder político de la Iglesia, le habían dado una patada en el culo.

En eso estamos trabajando: en romper las redes clientelares de hoy, el caciquismo de hoy y el poder político en la sombra de hoy.

Ya no es el momento de defender la validez de nuestros cimientos políticos, es el momento en que empieza una competición por adivinar qué propuesta alternativa será la que tome el relevo: las recetas de la Troika (tecnócratas mediante) son una propuesta. El independentismo en Catalunya y Euskadi otra. El apoyo popular (en la calle y en las encuestas) al 25-S, otra. Hasta PSOE y UPyD ya hablan de “reformas profundas en la Constitución” o directamente de “proceso constituyente”. Todas ellas son propuestas constituyentes, desde la intuición o la convicción de que nuestro Régimen de la Sagrada Transición se desploma.

Los sacrificios a los Dioses Troika y Mercado exigen ya algo más que medidas impopulares puntuales. La utilidad del rito sacrificial nunca ha sido calmar a los Dioses (que son insaciables por su naturaleza magnánima), sino aterrorizar al pueblo. Seguir generando obediencia. Y cuando no quede nada que sacrificar, no habrá Parlamento ni Constitución ni Leyes que proteger: Por eso debemos reescribir el pacto social. Para hacerlo más legítimo y más sólido. O vendrán otros con la solución final.

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