Persigamos quimeras

Hay una pintura que se utiliza normalmente como símbolo de una parte del carácter de los pueblos que han configurado eso que, de momento, llamamos España. Se trata del Duelo a garrotazos, uno de los frescos que adornaban las paredes de la Quinta del Sordo, finca donde residió su autor, Francisco de Goya, los años anteriores a su exilio. Dos hombres, hundidos hasta las rodillas en el barro, pelean a muerte armados con dos garrotes. Es una escena cargada de violencia y de dramatismo: dos hombres atrapados, más preocupados de matar a su enemigo, a su contrario, que de salir de la situación en la que se encuentran. Ya saben: el espíritu cainita de los españoles, las dos Españas, la Guerra Civil, la tragedia nacional, la leyenda negra, las viejas heridas que no cicatrizan nunca, la estupidez, la cerrazón, etc.

España es un país bipolar, ciclotímico, que alterna episodios de excitación y euforia con otros de honda y persistente depresión. Tan pronto somos, o nos creemos, los mejores – los más listos, los más guapos y los más altos, los de la championsleague y el G7, faro de occidente y ejemplo a seguir – como nos consideramos un detrito de la historia, unos seres abominables incapaces de hacer la O con un canuto, de atarnos las zapatillas sin caernos o de gestionar nuestros asuntos sin el consejo firme de quienes de verdad saben. En este movimiento pendular que es el estado anímico nacional, ahora mismo nos encontramos en la parte mala. Tras años de creernos la personificación de todas las virtudes, los nuevos ricos que ponen los pies sobre la mesa de los poderosos y echan el humo en la cara a sus antiguos señores mientras les dan lecciones; nos estampamos contra un muro, de buen ladrillo y cemento burbujeril, y caímos en la más honda de las fosas abisales, en la cuneta de la historia de donde, ahora lo sabemos, nunca debimos salir.

Donde antes sólo había loas a nuestro buen hacer, ahora solo hay llantos. Se acabó la epopeya española, se acabó la fiesta, bienvenidos al drama, al Pain in Spain, al Duelo a Garrotazos del que hablábamos un poco más arriba. Ahí estamos, asestándonos hostias como panes, sangrando, hundidos en barro hasta la rodillas. La esencia nacional, el valle de lágrimas, la condena eterna de la piel de toro con la que cargamos desde Indíbil y Mandonio y de la que solo nos liberaremos cuando Hercólubus acabe con nuestro sufrimiento.

¿No están ustedes un poco cansados de todo esto? La economía no levanta cabeza, el paro está desbocado, los dramas se amontonan a las puertas de cada oficina del INEM y de sus sucedáneos regionales y en ocasiones parecemos gobernados por una piara de incapaces. Es difícil, incluso contraproducente, ser optimista en estos momentos pero ¿es necesario que nos flagelemos cuarenta veces cada día? No hablo de negar la realidad o de consumir alucinógenos antes de pasar por las páginas salmón, como hace la Ministra del ramo antes de mirar las cifras de empleo. Ni de lanzar mensajes apelando a que los galgos y los podencos remen juntos y sin ladrar para recuperar el espíritu de la santa e inmaculada transición. Ni de dejar los debates o las algarabías para favorecer la unidad de la nada, precisamente cuando más debate y más confrontación de ideas necesitamos.

No hace falta que me acusen de pecar de optimista, de negarme a ver la realidad o de que hablo desde la comodidad de tener, de momento, un trabajo. Yo soy el primero que me he recitado esa letanía antes de obligarme, casi a punta de pistola, a escribir estas líneas. También soy pesimista y el primero que piensa que estamos metidos en un agujero hondo, oscuro y frío; pero estoy seguro que lo primero que hay que hacer para salir del pozo es dejar de cavar. No hablo de optimismo fingido, ni de risas bobaliconas como las de nuestros ministros, ni de aplicarnos una lobotomía para dejar de sufrir. No podemos pedir a los parados de larga duración que sean optimistas o que confíen en el futuro, eso sería de gilipollas. Ni podemos exigir a aquellos que no pueden pagar sus hipotecas que preparen con ánimos renovados las cajas en las que guardarán sus pertenencias si terminan embargados. No podemos esperar que una victoria de la selección nos haga olvidar los recortes en educación, sanidad o dependencia. El mundo en el que creímos vivir ha saltado delante de nuestros ojos. La crisis, que no es solo económica, se ha llevado nuestras certezas en medio de una avalancha de lodo. Es normal y lógico que estemos jodidos.

De lo que hablo, aceptada la realidad, es de superar el fatalismo en el que parecemos instalados. Realistas sí, también jodidos y cabreados, pero no resignados a caminar con paso firme hacia el infierno. No estamos condenados, por el mero hecho de ser españoles, a sufrir miserias, a ser gobernados por incompetentes. No somos más tontos que un europeo del norte, ni el Mediterráneo corrompe, ni en estas latitudes el efecto de los rayos del sol reblandece nuestras neuronas. Muchos parecen haber asumido estas máximas, pero solo son una excusa para no enfrentarse a los problemas.

Hablo, en definitiva, de que tras constatar que vamos en el mismo barco y que la vaselina la pagamos a pachas, recordemos que incluso al borde del abismo la probabilidad de caer es solo del 50%. No podemos seguir agachando la cabeza resignados porque todo va a ir a peor. Resignados a que todo es culpa nuestra, a que hemos vivido por encima de nuestras posibilidades, a que hay que sufrir para sobrevivir, a que no hay remedios, a que el problema de España es que está llena de españoles. Tenemos que superar urgentemente ese pesimismo atávico que parece que nos impregna por el simple hecho de nacer en estos páramos. Tenemos serios problemas y se han cometido errores, pero podemos identificarlos y debemos encontrar soluciones. ¿Tenemos los políticos que nos merecemos? Quizá sí, pero podemos cambiarlos. ¿Hemos hecho todo mal los últimos treinta años? No, ni mucho menos. Hay que cambiar lo que no funcione, reformar lo que merezca la pena mantener para mejorarlo y extirpar el tejido muerto. Si hay un problema con el mercado laboral, busquemos soluciones. Si la organización territorial ya no nos sirve tendremos que sentarnos para encontrar nuevas opciones. Si nuestro modelo económico no funciona, habrá que buscar otro. Si las desigualdades no dejan de crecer y carcomen nuestra sociedad y nuestra economía, ha llegado el momento de luchar contra ellas. Si algo no te gusta, haz algo por cambiarlo porque buena parte de ese futuro que hoy parece lejano depende de cómo encaremos el presente. Y lo que vale para el país es aplicable a cada comunidad autónoma y a cada ciudad. Si Ávila no te gusta, si Castilla y León te deprime, aporta algo, por poco que sea, para lograr los cambios que necesitan. No va a ser fácil, vienen tiempos duros, oscuros e inciertos; pero no hay nada en nosotros que nos impida salir de esta. En ningún sitio está escrito que estemos condenados a vagar eternamente por el desierto.

Volvamos a donde empezamos, al Duelo a Garrotazos. El cuadro que podemos ver en el Museo del Prado no es el que pintó Goya hace casi dos siglos. Los dos hombres que se pelean no estaban hundidos en el barro cuando salieron del pincel del aragonés, sino sobre la hierba. Esa zona oscura fue añadida después de arrancar la obra de las paredes de la Quinta del Sordo.  Sí, se están peleando con dos garrotes, y sí, están sucios y ensangretados; pero ya no hay nada que les obligue a matar o morir.

No estaban condenados, igual que no lo estamos nosotros. Ellos tenían más opciones que dejar su vida en aquel campo, nosotros también. En nuestras manos está.

11 Responses to Persigamos quimeras

  1. Guillermo B. dice:

    Te ha quedado bien el remedo de página de Pérex Reverte en el Semanal XL, con ciertos toques de campaña Obama en el 2008… Enhorabuena.

    Indicas: “… Resignados a que todo es culpa nuestra”

    Y luego preguntas: “…¿Tenemos los políticos que nos merecemos?…¿Hemos hecho todo mal los últimos treinta años?…”

    Creo que en justicia, culpa nuestra son nuestros políticos y culpa nuestra es nuestra historia reciente.

    Acto seguido caes en un cierto simplismo, justificable por otro lado dada la preminencia en nuestra educación sentimental de los discursos de los entrenadores de fútbol: “…Hay que cambiar lo que no funcione, reformar lo que merezca la pena mantener para mejorarlo y extirpar el tejido muerto”. Bonito, pero obvio. Con aplicar el dialéctico recurso de la inversión de términos veremos lo vacío de la propuesta, por muy genérica que parezca. Porque la pregunta, el quid, el meollo, es qué es lo que funciona o no funciona (el modelo territorial lo hace para unos y no para otros), qué es lo que merece la pena mantener (para unos la gratuidad de ciertos servicios es una línea roja, para otros no), y sobre todo, en una comunidad siempre es complejo declarar a nada o a nadie tejido muerto, que eso es bastante radical.

    Comparto tu alegato final por que cada uno aporte desde su día a día la gotita de sudor con la que remar, que para mí esa es la parte primordial de la solución. Y el sudor se logra si no me creo que la barca no avanza porque mi vecino es el culpable de no remar, o porque tenemos mal timonel, o porque el océnao/sistema me lo impide, porque entonces me cruzo de brazos y me recreo en mis quejas.

    Mi aportación a tu análisis es que en gran medida el problema de España sí es que está llena de españoles, ya que hemos construido nuestro ser íntimo basado en ese carácter que tan bien describes, mitad héroes mitad locos mitad vagos mitad polemistas mitad… Y sobre todo, que hemos, en nuestra historia más reciente hemos perdido el norte de un objetivo común por el que remar todos a una, por el que trascender, hemos perdido la noción de patria, de bandera, de comunidad, en aras de multiplicidad de intereses. Hemos abierto el melón del todo vale, todo es debatible y discutible, y cuando haces eso es cuando el matrimonio empieza a resquebrajarse, el proyecto a irse a la porra. No pretendo con este alegato reemplazar a Aguirre, conste, no te lo tomes en su fácil interpretación por el ala derecha, que el objetivo y la bandera es necesidad en proyectos de toda ideología…

    Salud, y muchas gotitas de sudor.

  2. Alberto Martín del Pozo dice:

    Sí, tenemos la culpa de gran parte de nuestro males, en ningún momento lo niego. Ante esto, dos opciones: entonar el mea culpa y llorar, o entonar el mea culpa y buscar soluciones. Yo creo que buena parte de la sociedad ha elegido resignarse a que estos son los tiempos que le ha tocado vivir. Claro que somos responsables de muchas cosas, pero quedarnos sentados lamentandonos de ello no va a solucionar los problemas, como tampoco creo que convocar a la patria lo solucione. Quejarse en una barra de bar no va a sacarnos de esta.

    Un saludo, y muchos remos.

  3. Iñaki dice:

    Veo bien la llamada que haces a la acción, pero hay que ponerle nombre a las cosas. Si no, no son nada. Algunos lo llaman INDEPENDENCIA. Otros lo llamamos proceso constituyente, o directamente República. Hay mil maneras de llamarlo pero se hace necesario tomar partido de forma clara: tenemos una crisis de identidad, una crisis de estabilidad simbólica. No hay Estado. No hay soberanía que valga más que la de un ente abstracto al que conocemos como “Los Mercados”. No conocemos cual es el sujeto del cambio. No sabemos a qué marcos teóricos aferrarnos, pero quienes se aferran a uno tienen muchas más posibilidades de salvarse. Necesitamos un sistema/marco de producción identitaria, como el nacionalismo o la religión, que siempre funcionan bien.

    Y tenemos 2 opciones: aferrarnos a uno pre-establecido (Patria, Rey, Dios, Bandera), o inventar uno nuevo.

    Por mi parte tengo claro que no quiero remar, como sugiere Su Majestad, en el mismo barco que Botín. Pero sí quiero remar en el mismo barco que los trabajadores y estudiantes catalanes, vascos o tunecinos. Me da igual que sean independentistas, europeístas o musulmanes.

    Porque no hay identidad más real que la de clase. Y no hay sujeto más potente ahora mismo que el 99% saqueado por una cúspide social que vive en otro planeta gracias a NUESTROS recursos. Y además es una identidad compatible con otras. No se puede ser cristiano y musulmán. No se puede ser estar con Bankia y con los desahuciados. Pero sí se puede ser de Ávila y del 99%. Se puede ser catalanista y obrero. Se puede ser árabe y revolucionario.

    Pongámosle cada uno el nombre que queramos, pero hay que ponerle nombre. Si no, estamos en las mismas: para cada indefinición nuestra, los poderosos tienen una respuesta adecuada a sus intereses, perfecta para cubrir el vacío.

    • Guillermo B. dice:

      >>> Porque no hay identidad más real que la de clase.

      Otro gran problema histórico… el 99% que mencionas, Iñaki, no es clase homogénea, ya las clases tienden a definirse por arriba (quienes son mis malditos opresores a los que debo lo mal que me encuentro), pero también por abajo (quienes son los vagos y parias que, contrariamente a mí, que estoy donde estoy solamente con mi esfuerzo con mi esfuerzo y capacidad, son incapaces de hacer nada útil en la vida). Esto va en lo más hondo del último de nuestros genes, por mucha carga altruista que queramos meter.
      Así que el 99% se estratifica en subclases, en contraclases, en metaclases, en clasecillas y en clasuchas. Se puede ser catalanista y obrero, pero no todos los obreros piensan igual o votan lo mismo, los hay que aspiran a ser patrón, los hay conformistas, los hay más dejados…
      Si fuera tan fácil, la agregación por clases, te indicaría otras que aparentemente agrupan, pero que al final no es así: Los jóvenes, los jubilados, las mujeres, los calvos, los blaugranas, los seguidores de CR7 (pocos)…
      Y a todo este poupurri, añadele que en España no nos definimos por lo que somos, sino por lo que odiamos. Uno no es Catalanista, es antiespañolista. Uno no es de Ávila, es antiMadrid. Uno no es de Bankia, es anti Santander… Así es que agrupar gente supuestamente común es más difícil de lo que parece, que lo que pudiera unirlos se segrega con la variedad de sus odios…

      Te deseo suerte en ese barco en el que dices que quieres remar, pero mira antes de embarcarte que todos quieran arribar al mismo puerto, no sea que una vez en alta mar descubras que el timón es un desgobierno. De acuerdo con que los marcos de referencia clásicos (Dios, Patria, Bandera, Rey) son algo apolillado, pero son experiencias demostradas. Cada vez que se ha intentado algo similar, pero añadiéndole el componente de un cierto anarquismo, al final la cosa ha fenecido más por las disensiones internas que por los ataques exteriores. A ver si lo logramos algún día, usando objetivos agregadores más intangibles y comunes a todos (acabar con el cáncer, las carcajadas de los niños, la superación deportiva, el cocido o Scarlett Johansson).

      Un abrazo

      • Iñaki dice:

        De ahí que diga que “cada cual que lo llame como quiera”. Yo lo llamo clase no porque me parezca una estrategia práctica (como dices, en casi 200 años de socialismo marxista, parece que no ha habido mucho éxito) sino porque es real. Y los españoles no somos únicos en definirnos por oposición. Eso sí que es algo congénito en el homo sapiens. Precisamente por eso es un acierto lo del 99%. El 99% puede tener infinitas subdivisiones, pero todos están vapuleados por el 1% restante. Y la sensación de agravio es el mejor pegamento del mundo.

      • Guillermo B. dice:

        >> pero todos están vapuleados por el 1% restante.

        Y cuando nos carguemos al 1% restante ese, como se han cargado a Gadafi o a otros, ¿a qué nos dedicamos? ¿Qué nos une? Con Franco, a unos les unía el ir contra los comunistas y los masones, cierto, pero contra Franco, a muchos le unía el ir contra Franco. Lo que se descubrió cuando acabó Franco es que los que pensaban que iban en el mismo barco, en el fondo no querían construir el mismo país, sino desmontar el mismo…
        El pegamento de los agraviados es la saliva del escupitajo posterior, no lo dudes… Y sobre todo, si hoy usamos a ese 1% como excusa para unirnos, escuchemos a Brecht cuando empezó a decir aquello de “primero fueron a por el 1% de políticos y gente de Bankia, y como yo no era, no me preocupé…”

      • Iñaki dice:

        Los que se definían por oposición a Franco no lo lograron: no acabaron con el dictador y por tanto no sabemos si podrían haber construido país o no. Lo construyeron otros, los mismos que velaron al Caudillo. Pero evidentemente había diferencias abismales: pregúntele a la hija de Grimau por el icono comunista Carrillo, ese símbolo de la Santa Transición… Sin embargo, eso no dice nada, ni aporta nada.

        Lo que estoy defendiendo es que pensar que estamos muy mal muy mal muy mal y que hay que hacer. Algo no sirve. Hay que hacer algo pero en serio. Algo concreto. Algo con nombre. No “algo” sin más. No nos pondremos de acuerdo, y mi 99% de hoy puede ser tu 1% de mañana… ¿Y entonces qué? ¿seguimos igual? La historia avanza porque los individuos cambian de paradigmas. Hay que plantear nuevos paradigmas YA. Plurales, contrarios, contradictorios o superficiales. Da igual. Fíjese que cuando he comentado los marcos de referencia clásicos yo no he dicho que estén apolillados: Al final, los Dioses, los ídolos, los trapos de colores y las patrias han demostrado un potencial increíble.

        Pero sigo sin ver por aquí ninguna propuesta clara de marcos referenciales que construyan sujetos del cambio. Seguimos mirando al suelo preguntándonos qué hemos hecho para merecer esto y qué soluciones puede haber. Yo también, no se crea, pero al menos vislumbro algunas opciones… Autogestión, República, democracia ‘mejorada'(¿real?)… hay a quien le funciona el Reiki y a quien le va lo de la autodeterminación. Dichosos los que lo tienen tan claro, porque tienen un bote salvavidas magnífico.

  4. bymoya dice:

    Huy Don Alberto, temo que haya caído usted en la trampa y que esté perdiendo la memoria sobre lo sucedido en nuestras tierras, que tanto adeudan y con nuestras haciendas, que tanto valor han cedido y contribuya usted a proclamar eso de que la culpa es de todos, por haber vivido por encima de nuestras posibilidades, falacias y mentiras, leñe, que yo no he sido culpable de tales hechos, ni mi hermano, ni mi primo, y casi seguro que usted tampoco ha gestionado mal sus dineros ni los bienes del común que se han perdido. Entonces le ruego rectifique, apunte bien y afine la puntería sobre los siniestros manda mases electos y no dispare andanadas al tun tun contra el pueblo que es la victima y ni dispone de garrotes, ni tiene ganas de tenerlos.

  5. Guillermo B. dice:

    Off tópic, creo que se os ha escarajado el WordPress ese…

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