Sala triste

Ir a las oficinas del paro tiene algo de velatorio pero sin muerto. O con muchos, uno nunca sabe. También hay cierto aire de ambulatorio desconchado, lleno de esperas inútiles. Aunque esos números en rojo que van dando la vez se asemejan más a los de una carnicería de barrio. Y así, por simple asociación de ideas, me viene a la mente un matadero (curiosa ligazón para un tío que nunca ha estado en un matadero).

El caso es que para no perder el tiempo en estos razonamientos estúpidos, uno se lleva lectura. “Decía a vuestras mercedes que desde mucho antes de que todo eso ocurriera, algo moría en el que entonces era mi amo. Algo indefinible, de lo que empecé a ser de veras consciente en aquel viaje por mar que nos trajo de Flandes. Y a esa parte de Diego Alatriste, yo, que alcanzaba meridiana lucidez con el vigor de los años, aun sin entender bien lo que era, la veía morir despacio. Más tarde deduje que se trataba de una fe, o de los restos de una fe: quizás en la condición humana, o en lo que descreídos herejes llaman azar y los hombres de bien llaman Dios. O tal vez la dolorosa certeza de que aquella pobre España nuestra, y el mismo Alatriste con ella, se deslizaba hacia un pozo sin fondo y sin esperanza del que nadie iba a sacarla, ni a sacarnos, en mucho tiempo y muchos siglos”. Con esos ánimos, Iñigo, no ayudas mucho.

Enganchado como ando a la saga de Pérez-Reverte (suelo llegar tarde a todas las modas, así que voy solo por la cuarta entrega, empecé hace un par de meses), levanto la vista del libro y todos las personas que veo me dan un aire a viejo tercio español (no hablo de cervezas). Da igual que la mayoría sean extranjeros, fíjense. Hay un aire de digna derrota en la sala. Y mucho silencio. Tan solo roto por un voz que parece jugar a los barcos: B-63… F-53… E-12… Tocados y hundidos, pensamos muchos. Y agarramos nuestros papeles y cartas del Ecyl o del Inem, que ahora es Sepe (algo parecido a lo de Mr. Proper y Don Limpio), legajos incomprensibles que da igual leerlos de derecho que del revés.

La espera da para ver llegar a algún conocido o viejo amigo. Las preguntas salen de la boca con miedo. “¿Qué tal?”. “¿Y tú?”. Tampoco hay mucho que contar, los apuros se resumen para llegar lo antes posible a una conversación banal, inofensiva, neutra, que, sin embargo, no quita ese regusto amargo que produce tanta desesperanza colectiva.

Provoca alivio y miedo ver tu número en la pantalla, entrar en uno de esos cubículos con forma de chalet adosado. Alguien con voz cansada te pide el DNI para colocarlo muy cerca del teclado. Mete números y letras en el ordenador, te da algún papel para que firmes, calla o incluso responde en voz baja a tus preguntas, siempre con voz cansada. Y tiene que pasar un rato largo para darte cuenta de que en este mundo nadie se mira a la cara, al menos a la real. El funcionario me mira a los ojos, sí, pero a los de la foto del DNI.

8 Responses to Sala triste

  1. Pepe Herráez says:

    De cómo escribir a veces se confunde con la pintura, con la buena música… porque si hace bien es arte, aunque se escriba de la realidad, la cruda realidad. Glorioso relato.

  2. Pepe Herráez says:

    … si “se” hace… (perdón por la errata)

  3. Patricia says:

    Enorme, Pablo, enorme.

  4. Conmovedor…

    Pero el pobre que está en la trichera de enfrente —y que casi nunca es funcionario— y no te mira a los ojos, no está mucho mejor: no os perdáis la escabechina que prepara el Ecyl entre sus filas. En los próximos días van a despedir a 300 empleados… cuyo trabajo pasarán a hacer las tristemente célebres Etetés.

  5. Guillermo B. says:

    “Cuentan de un sabio, que un día
    tan pobre y mísero estaba,
    que sólo se sustentaba
    de unas yerbas que cogía…”

    La verdad es que es bonito, pero yo le daría una metavuelta envolviéndolo en la historia de uno de los muchos millones que no tienen siquiera la oportunidad de acudir a las deprimentes salas del INEM… Siempre que nos creemos abajo del todo, hay alguien peor.

    Y no olvidemos que nos queda la salud (espero) y el amor…

    Un abrazo, Pablo

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