El cuento de un gran cuento (perdices intervenidas)

Había una vez, en un reino amurallado más cercano de lo que creen, un gran monarca que regía con mano dura y sabiduría los designios de su imperio. Su gobierno fue grandioso y los súbditos componían canciones en su honor.

A pesar de sus múltiples ocupaciones, tuvo tiempo para criar con mimo y esmero a la que fue durante toda su vida la niña de sus ojos. La doncella, orgullo de su padre y de todo el pueblo, llegó con salud y belleza a edad casadera y se procedió a buscar “el mejor novio” para “tirar adelante”.

Finalmente se encontró a un apuesto caballero, muy relacionado con las altas esferas de la Corte de Madrid. Gallardo y de buen porte, de rancio abolengo, con ilustres antepasados a sus espaldas y con tierras en el Levante español. Fue entonces el tañer de campanas ante tal esperado enlace, al que acudió la flor y nata de todos los reinos conocidos.

Les esperaba “todo un futuro juntos” y el matrimonio rebosaba alegría, juventud y romanticismo. Él le llevaba el desayuno a la cama, ella le acariciaba sus fuertes músculos durante horas… ¡Qué primer año, señores! ¡Cuánto amor! ¡Qué pasión!

¿Qué pasó después? ¿Cómo se estropeó todo? Difícil saberlo. Algunos hablan de que la convivencia se hizo insoportable cuando se acabó el dinero que llenó los muchos sobres que recibieron en la boda. ¡Ah, rufián maldito! Aquel caballero de la Corte de Madrid no tenía tierras, ni títulos, ni pedigrí del bueno. No era más que un caza-fortunas que, en cuanto las cosas vinieron mal dadas, abandonó el hogar conyugal en busca de nuevas presas.

La noticia cayó como una bomba en el reino de la doncella. No faltó quien aprovechó este varapalo para soltar el tan esperado “ya te lo dije”. Pero en seguida salieron familiares y primos dispuestos a batirse el cobre por defender el poco honor que le quedaba a la princesa. Ésta fue recluida en el más oscuro de los conventos para dedicar lo que le quedaba de su tormentosa vida a los designios divinos.

El rey aplaudió tal “acierto”. Es más, continuó gobernando con “absoluta tranquilidad” sabiéndose el elegido para superar un ligero traspiés del que, claro está, él no tenía ninguna responsabilidad. Limpiose las lágrimas y salió a la calle para mostrar a sus muchos seguidores el nuevo ropaje que le acaban de confeccionar los modistos más reputados del mundo civilizado. ¡Qué belleza de tela! ¡Qué de elogios recibió a diestro y siniestro el nuevo traje del emperador!

Y colorín colorado…

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