Mis semanas santas

Seamos cristianos, paganos, annunakis o devotos del espagueti volador no podemos ser ajenos a que estos próximos días la ciudad va a vestirse de un modo diferente. Hoy no hablaré de religión ni de crucifijos en la escuela, dejemos ese jardín para otro día. Les invito a viajar hacia atrás para compartir entre nosotros si les apetece nuestras imágenes personales de la Semana Santa.

Extraído de la página de RNE Ávila

Seguramente uno de mis primeros recuerdos de la Semana Santa en Ávila va asociado al Vía Crucis. Recuerdo el nerviosismo de saber que me estaba despertando pronto y que iba a hacer frío. Nos pertrechamos con el pijama por debajo del pantalón. Doble capa, gorro. Salimos finalmente a la calle, encaramos la muralla, miramos con extrañeza a algunos jóvenes impíos.

El marco era especial. La muralla, el frío. La furgoneta de Radio Nacional. Anduvimos y anduvimos hasta llegar a la Catedral. ¿Puede ser que la voz del altavoz fuese el Padre Laya, de Santo Tomás? Tiro de recuerdos.

Una estación. Otra. Otra más

La sensación especial de ver amanecer junto a la Catedral. El ir a un bar para tomar unos churros. Era genial: había sobrevivido al frío, a los dos kilómetros de muralla, había visto a alguno de mis inalcanzables amores. Era un pequeñajo feliz que durmió como un lirón y con el mismo aventurero pijama.

Fui capuchón de poco éxito. La caperuza me quedaba grande, no seguía el paso adecuado. Algún peatón se rió de mi con poca gracia. Yo llevaba con orgullo lo de ir vestido de Medinaceli, morado y amarillo con mi vela eléctrica. Aparte de los motivos religiosos me gustaba eso de pasar por la ciudad viendo sin ser visto. Poder ir al recreo al día siguiente y decir te vi y tú no me viste. Pensaba que con ese magno aspecto seguramente las selenasmileys caerían a mis pies. Ingratas de la ancha Castilla…

A veces cenábamos en casa del primo Moker. Apurábamos horas jugando al viejo PcFútbol, al Speed Demons. Subíamos hasta Mosen Rubí la madrugada del Jueves Santo para ver la procesión y la Saeta. Asustándome de la cercanía de los tambores. Porrom porrom porrom pom pom.

Nunca entendí a algunos que se metían hasta la cocina para hacer la foto imposible. Me gustaba ver las flores a la Santa. No entendía lo de no poder comer carne algunos días y mucho menos esa extrañez poco higiénica del Miércoles de Ceniza. Sin embargo todo ello e lleva al recuerdo del rico potaje de mi abuela. Una comida irrepetible y que nadie nunca habrá podido igualar. Qué rico potaje. Sabiduría de manos expertas.

Luego crecimos y nos descreímos (no del potaje). El siguiente milagro – mucho más pagano – fue un taconazo de Redondo en Old Trafford que escuchamos en la radio mientras entrábamos a Bocatti.  Un par de años después iba regateándole besos a la primera novia. Aprendiendo a vivir.

Las procesiones siguieron dando color al centro año tras año. No volví al Via Crucis y en cierto modo lo echo de menos. Me convencí a mi mismo de que me había convertido en laicista y de repente me di cuenta de que me apetecía escribir de los recuerdos asociados a esas estampas. Esas miles de personas abrazando al Cristo junto a la muralla. Preguntándome si quedarán niños que sigan observando las procesiones, subidos a las rocas de la muralla, disfrutando del espectáculo visual único que ofrece nuestra ciudad.

Con ese fervor feliz, juguetón si se quiere, que inevitablemente acabamos perdiendo.

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