Evergetismo y placafilia

Durante la antigüedad greco-latina, esa época en la que todo el mundo vestía túnicas, llevaba hojas de laurel tras las orejas, hablaba rarum, adoraba a dioses paganos y se construía todo de marmol blanco; era frecuente en las orillas del mare nostrum un fenómeno denominado evergetismo. El término no es contemporaneo al fenómeno, fue acuñado por un historiador francés a principios del pasado siglo y popularizado por otro historiador, también francés, en la década de los 70. A grandes rasgos, el término describía una suerte de mecenazgo llevado a cabo por las clases altas hacia la ciudad y sus conciudadanos: la financiación privada de gastos públicas. El evergeta, el donante, regalaba a la ciudad edificios, monumentos, estatuas o fiestas, generalmente con la intención de mejorar su imagen entre la plebe, intentar conseguir un cargo público o agradecer su elección. En muchos casos, las personas que ocupaban los cargos públicos, del emperador hacia abajo, pagaban de su propio bolsillo algunas obras o fiestas de la ciudad con el fin de legitimar su poder. Este tipo de actividad filantrópica fue muy frecuente en Hispania durante el proceso de municipalización y las ciudades, en su afán por emular a la capital del Imperio, se llenaron de teatros, circos, foros y templos pagados por estos evergetas. Edificios que unos siglos después, en el mejor de los casos, acabarían abandonados, ocupados por viviendas o establos para animales y sus materiales reutilizados en kilómetros a la redonda para delicia de arqueólogos con resaca aficionados a las matrices de Harris.

Pensaba yo en esto el pasado domingo mientras veía en la Sexta el programa de Salvados dedicado a las grandes infraestructuras culturales. Como en muchas otras cosas, no hemos cambiado tanto desde aquellos tiempos. Las clases altas, las grandes fortunas y las empresas siguen haciendo buenas obras y donaciones para mejorar su imagen (y para desgravar impuestos) y las personas que ocupan cargos públicos siguen, en buena medida, legitimando su poder mediante grandes obras. La “placafilia”, el gusto por ver tu nombre escrito en un placa inaugural, es un fenómeno frecuente entre nuestros gobernantes, a medio camino entre el evergetismo grecolatino y las grandes tumbas egipcias. Es una forma de pasar a la posteridad llevando a cabo grandes proyectos, magnas obras para el pueblo por las que serás recordado y que llevaran tu nombre. Lo único que ha cambiado es que antes “pagaban ellos” y ahora pagamos a escote. Ahí esta la pirámide de Fraga: la Ciudad de la Cultura, en el monte Gaias, sobre Santiago de Compostela. El Coliseo de Camps: la Ciudad de las Artes y de las Ciencias. El Partenón de Fabra: el Aeropuerto sin aviones de Castellón. La memoria de sus hacedores y las facturas generadas duraran generaciones.

En Ávila también tenemos nuestras cosillas, no se vayan ustedes a creer. A nuestra escala, pero ahí están. Y hablando de grandes infraestructuras culturales, o contenedores culturales, como los llaman ahora los gurús de la materia; que mejor muestra de todo esto que el Lienzo Norte, nuestro lustroso Centro de Congresos y Exposiciones. Es la gran obra de nuestro Alcalde, la gran infraestructura por la que será recordado, la placa que inmortalizará su nombre junto al de los reyes de España.

Voy a reconocer algo: el edificio no me parece especialmente feo, quizá no tanto como para darle un premio, pero una obra de arte al lado del Ma-Moneo del grande. Hablo de estética y de impacto visual, no de sus características arquitectónicas, o de sus capacidades sinfónicas o expositivas. No me disgusta, es verdad, pero también reconozco que cuando hago fotos desde Los Cuatro Postes procuro que no salga en el encuadre o que la persona a retratar se interponga entre el objetivo y el edificio. Y ahora unas cifras, que es lo que ustedes esperan: presupuestado en 24 millones de € en 2007, las obras terminaron a principios de 2009 costando 38 millones. Aunque en funcionamiento desde mediados de 2009, el edificio fue inaugurado oficialmente por los reyes de España a principios de 2010. Y más cifras: a finales de 2009, el Ayuntamiento aseguraba que las aportaciones del Ayuntamiento al centro irían disminuyendo y que en 2012 el Lienzo Norte sería capaz de autofinanciarse.

Bueno, pues ya estamos en 2012 y de aquello poco o nada. En 2010, primer año completo de funcionamiento, el Lienzo Norte perdió 228.338 € a pesar de la inyección por parte del Ayuntamiento de 230.000€. Del año 2011 no he encontrado los resultados (no sé si estarán publicados), pero sí podemos decir que la aportación del Ayuntamiento al mismo fue de 200.000€ según su presupuesto. En 2012, año marcado en teoría para que el centro se autofinanciase, el presupuesto municipal presenta una partida destina al Centro de 348.422,53€. Como podemos ver, a este apartado de las cuentas municipales no han llegado aún los recortes y de la autofinanciación poco se sabe. Hay que tener en cuenta otra cosa: las cifras que hemos dado son transferencias directas por parte del Ayuntamiento pero ¿cuantas de las actividades desarrolladas en el Lienzo Norte han contando con presupuesto público, actos de partidos políticos incluidos?

Sí, es verdad. Las inversiones públicas no siempre tienen que ser rentables económicamente si a cambio se consigue rentabilidad social, externalidades positivas o unicornios de colores. El Lienzo Norte calcula que su impacto en la ciudad estos años ha sido de 35 millones de €. Desconociendo los arcanos métodos de cálculo permitanme, por experiencia propia, dudar de tales cifras. El año pasado el Centro recibio más de 111.000 visitas pero de ellas tan solo 26.000 personas acudieron a congresos, público al que en teoría está destinado el Centro al ser el tipo de visitante que más gasto dejaría en la ciudad.

Y mientras tanto, al otro lado de la galaxia, la cultura de base sobrevive a duras penas, sin apoyo público o al filo del abismo.

Claro que la cultura de base no suele estar acompañada de actos de inauguración, de cortes de cintas ni de placas con nombres.

PS.- Eso sí, si el Ayuntamiento le saca 5 millones de € al Estado, todo resuelto. No hay nada como encontrar alguien a quien echar la culpa.

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