Expoliadores, piteros, ladrones y patrimonio histórico

Es posible que ya lo haya comentado por aquí, pero por si no es así o alguien lo ha olvidado, vuelvo a contarlo. Antes de dedicarme a lo que ahora ocupa mi tiempo, la caza de gamusinos en campo abierto y su cría en cautividad, estuve un tiempo trabajando en el mundillo arqueológico. Ya saben: andar por el campo mirando al suelo, manejo avanzado de pico y pala, realización de agujeros de tendencia cuadrangular según un supuesto método científico, etc. Aunque la realidad arqueológica tiene mucho menos glamour que las películas de Indiana Jones o Lara Croft y, en general, es mucho más mundana que la imagen que se proyecta de ella en los medios de comunicación (no todo es Atapuerca o las campañas en Egipto), la arqueología es una profesión apasionante.

Uno de los mayores problemas a los que se enfrenta el arqueólogo en su día a día, junto a la falta de dinero público y las sobredosis de cerveza, son los expoliadores; personas que, por su propia iniciativa o por encargo, acceden a los yacimientos y roban parte del patrimonio común. En el fondo, “expoliar” y “expoliador” son solo eufemismos de “robar” y “ladrón”. Una variedad especialmente dañina y molesta de esta subespecie humana son los denominamos, en el argot profesional, piteros. Gente en apariencia normal que armada con detectores de metales rastrean los yacimientos arqueológicos perpetrando agujeros allí donde la dichosa maquinita se pone a pitar. Buscan monedas, principalmente, pero muchas veces te destrozan un yacimiento con una agurejo de 50×50 por un mísero clavo oxidado o una tachuela herrumbrosa. (Ojo: no confundir a esta gentuza con los intérpretes de flauta de tres agujeros y tamboril, también conocidos como piteros y a los que mandamos un saludo musical desde aquí)

Por desgracia, parece que esta fea costumbre ha llegado no solo a los yacimientos arqueológicos del entorno de Ávila, donde ya eran conocidos, sino también a la misma ciudad. Esta semana, en las páginas virtuales del recien estrenado medio Tribuna de Ávila, se nos informaba de que el Ayuntamiento iba a comenzar una campaña de concienciación tras detectar piteros en el entorno de las murallas y de otros yacimientos arqueológicos del término municipal. Junto a la celebración de unas charlas, el Ayuntamiento se plantea la edición de un tríptico informativo sobre la necesaria protección del patrimonio. Bienvenidas sean estas acciones y desde aquí, en nuestro indisimulado y conocido afán por aportar nuestro granito de arena en pos del bien común, propongo al Ayuntamiento que el citado tríptico esté ilustrado con fotografías de la villa romana de San Nicolás, del cementario musulmán del Mercadona y del fastuoso hotel de Las Gordillas; ejemplos, todos lo sabemos, del buen hacer de nuestro Ayuntamiento defendiendo nuestro patrimonio.

La verdad es que corren malos tiempo (entre otras cosas) para el patrimonio, en especial en esta comunidad nuestra tan rica en cultura, en arte y en historia; pero tan pobre en lo demás. Las noticias tristes en este campo se han sucedido en los últimos meses. El robo a pico y pala de la escena central del mosaico de la villa romana de Baños de Valdearados, el saqueo del yacimiento de Clunia Sulpicia o el robo de las joyas de la virgen de la Fuencisla, en la vecina Segovia. De estos, tan solo el último suceso se ha resuelto de forma positiva. (Por no hablar, ya fuera de las fronteras de nuestra comunidad, de la desaparición del Codex Calixtinus)

Estos son los casos más llamativos, pero no los únicos. Nuestro patrimonio histórico y cultural desaparece día a día, degradado paulatinamente por el paso del tiempo y el desinterés de ciudadanos e instituciones. La asociación Hispania Nostra, una entidad sin ánimo de lucro nacida en 1976 y dedicada a la defensa y promoción del patrimonio cultural, elabora una lista roja con el patrimonio histórico y cultural en riesgo. Por desgracia, Castilla y León ocupa la cabeza de esa lista con 141 enclaves en serio peligro, de los cuales ocho (en realidad siete y medio, han retirado Extramuros) son abulenses. Junto al ya mencionado Convento de Santa María de Jesús (Las Gordillas) aparecen, por ejemplo, la Iglesia de San Nicolás de Bari de Arévalo, el Convento de Santo Domingo en Piedrahita o el Monasterio de San Jerónimo de Guisando, en el Tiemblo. A la lista le acompañan unas pequeñas fichas con la historia y situación de cada monumento y unas fotos de su estado. Aunque en muchos casos las fotos son pequeñas y no se pueden ampliar, merece la pena darse un paseo por la lista. Es un paseo terrible, un deambular entre ruinas decrépitas que nos hablan de otros tiempos y de nosotros mismos, pero es un ejercicio necesario para tomar conciencia de todas las riquezas que estamos dejando escapar entre los dedos.

Es hora de poner freno, entre todos, a esta situación. La presión ejercida por la ciudadanía y por la Asociación de Madrigaleños en Defensa de su Patrimonio para salvar el Convento de Extramuros es un buen ejemplo. Recuerden: el expolio es un delito. Si ustedes ven a alguien deambulando por la ciudad o por sus alrededores armado con un detector de metales, llamen a la policía.

PS.- La imagen que ilustra el post es de la portada del antiguo Hospital de Santa Escolástica. Parte olvidada del patrimonio abulense.

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