Allons enfants…

Decía Marx (sí, me refiero a Karl Marx) que la historia se repite dos veces, la primera como tragedia y la segunda como farsa. En el caso español, y con la evidente intención de desacreditar a este peligroso pensador, la historia se suele repetir muchas veces, casi siempre como farsa.

En una de estas representaciones extravagantes alejadas de la realidad estamos estos días a cuenta de los guiñoles franceses, suceso en el que se mezclan sus sátiras sobre los éxitos de nuestros deportistas y nuestra tradicional inquina hacia nuestros vecinos del norte. Inquina, por otra parte, fundamentada en siglos y siglos de conflictos, pactos contranatura y miradas torcidas. Generalizando, los españoles no tenemos un gran aprecio por los franceses y el sentimiento es mutuo. (Aquí pensaba incluir alguna gracieta sobre las palabras de ayer de Rajoy sobre el aprecio y el desprecio pero que quieren que les diga, el presidente me supera en gracejo).

Estos encontronazos forman parte de nuestra forma de ser y de nuestro pasado como nación (o lo que quiera que seamos si es que somos algo) y solo el paso del tiempo ha conseguido que las relaciones mejoren. Decíamos que en esta historia, en las relaciones entre nuestros dos paises, hay varias farsas, camiones de fresas volcados mediante, pero también hay algunas tragedias y precisamente, aprovechando los fastos del segundo centenario de uno de sus momentos más notables, vamos a hablar del papel de la ciudad en uno de estos episodios: la Guerra de la Independencia y la Constitución de Cádiz de 1812.

Ya sé que podía haber esperado hasta marzo y hacerlo coincidir con los fastos del bicentenario, pero así nos adelantamos a los medios locales, que seguramente sacarán algo en esas fechas, y les dejamos parte del trabajo hecho.

El papel de la ciudad y de sus habitantes durante la guerra no es especialmente destacado. A propósito de esto, Sánchez Albornoz escribió “ni una sola heroicidad, ni un solo acto que haga de los abulenses de aquella época dignos descendientes del Ávila medieval” En los primeros embates de la ocupación francesa y de la Guerra, Ávila se declara borbónica, proclama su adhesión a la figura de Fernando VII y forma el Regimiento de Voluntarios de Ávila, que marcharía a Ciudad Rodrigo y participaría en la defensa de la ciudad salmantina durante su asedio. La bandera de esta unidad, por cierto, aún desfila en las fiestas de la ciudad. Ávila sería tomada, tras escasa resistencia, por el Mariscal Lefevre en enero de 1809 y saqueada por sus tropas durante tres días. Tras él, el mariscal Joseph Leopold Hugo ocuparía la ciudad y se proclamaría comandante de la provincia. La resistencia a la ocupación se articularía, sobre todo en la parte sur de la provincia, a través de guerrillas, entre las que destacan los Voluntarios de la Cruzada del Tiétar, grupo que llegó a contar con 600 hombres y que estuvo comandado por el párroco de Higuera de las Dueñas, Miguel de Quero.

Los franceses abandonaron la ciudad el 12 de Julio de 1812 y el día 18 se celebró el hecho en el Mercado Chico, momento que se aprovechó para leer al pueblo la constitución que meses atrás habían aprobado las Cortes de Cádiz.

Supera el objetivo de este post narrar aquí el proceso que lleva a la aprobación de la constitución de Cádiz. Digamos que el descrédito de las instituciones tradicionales, plegadas a los designios del gobierno francés, incentivó el nacimiento en las provincias y ciudades de nuevos organismos para ocupar el vacío de poder. Estas terminarían por coordinarse en un organismo central, la Junta Suprema y Gubernativa del Reino, que recalaría en Cádiz en 1810. Allí, la Junta transmutaría en un Consejo de Regencia que finalmente convocaría unas Cortes constituyentes en representación de todo el reino.

Para que todas las partes de la Corona, incluidas las colonias americanas y las provincias ocupadas, estuvieran representadas se articuló un procedimiento de elección por el cual los emigrantes presentes en la ciudad actuaban como compromisarios de sus respectivos territorios. De esta forma, siete abulenses residentes en Cádiz eligieron a Don Francisco de la Serna y Salcedo, oficial retirado de marina, natural de Arévalo, como diputado por Ávila en las Cortes de Cádiz. Su firma será la que en nombre de los abulenses aparezca en la Constitución de 1812, primera constitución de la historia de España, de tumultuosa existencia, pero eso ya es otra historia.

PS.- Como ustedes saben, la intención secreta de este blog es influir en el día a día de la ciudad y convertirla en una Comuna anarco-comunista. Hasta que esto suceda, nos conformamos con lanzar ideas al vuelo. Corríjanme si me equivoco, pero creo que este abulense no tiene aún una calle, avenida, plaza o callejón dedicado en la ciudad. Podían aprovechar los fastos del bicentenario para poner una calle a este buen señor. ¡No será por calles!

PS2.- Se sale del tema pero no puedo evitar la tentación de mencionarlo. A lo largo de todo el S. XIX se puso de moda un fenómeno que hoy día sigue siendo habitual en lo referente a la representación de la ciudad y provincia en Cortes: los cuneros. Pablo Casado, diputado por Ávila en la presente legislatura, es el último de los insignes representantes de los abulenses que nada tenían que ver con ellos. Por aquí pasaron (y se fueron), entre otros muchos, Francisco Silvela, Juan Bravo Murillo o Francisco Narváez.

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