Los sindicatos y el Club Marca

Primero las aclaraciones, excusas y acto de contrición. Sí, ya sé que la semana pasada les dije que esta semana tocaba un post de historia. Y sí, ya sé que este es un blog de Ávila, no hace falta que me lo recuerden, soy uno de los (i)responsables de todo este invento. En primer lugar, un nuevo post de historia tras el publicado el martes (la estupenda colaboración de @Ávilaencastilla sobre los orígenes de nuestra comunidad autónoma) quizá resultase pesado y tampoco queremos que esto se convierta en un foro de debate para historiadores, que para eso ya están las tertulias de Proyecto Hombre y las salas de trabajadores de los Carrefour y los McDonalds. En segundo lugar, la anécdota/historieta que les voy a contar no tiene fronteras ni nacionalidad y lo que narro bien pudiera suceder dentro de nuestras vetustas murallas. ¿O acaso no hay sindicatos en Ávila?

¡Ay, los sindicatos! Organizaciones vilipendiadas por la mayoría, continuamente en el ojo del huracán, en teoría defensa numantina de los derechos de los trabajadores y de la clase obrera. Antes de que se me lancen al cuello o rompan en aplausos, dependiendo de su ideología y opinión al respecto, aclaro: lo que van a leer a continuación no es una crítica contra los sindicatos, en general, o el modelo español de representación. Creo en la necesidad de los sindicatos y en su papel negociador y mediador, asisto a sus movilizaciones y hago huelga cuando considero adecuada su convocatoria (No voy a hablar de las subvenciones públicas porque ese es otro tema, pero en general no me parecen mal, aunque habría que puntualizar mucho) Otra cosa es como funcionan en España, qué papel asumen, qué imagen de si mismos proyectan y qué tipo de personas copan los altos y medios cargos en los sindicatos mayoritarios. Y a raíz de esto, la anécdota que paso a desarrollar.

Mi pareja (a la que envío un beso y dos abrazos desde aquí) estaba afiliada a uno de los sindicatos mayoritarios, en su caso CC.OO. Por un asunto laboral/contractual (una persona había demandado a su empresa y a ella le afectaba de rebote) acudió a su sindicato a solicitar información y asesoramiento legal sobre en qué medida podía afectarle el procedimiento judicial y cuales eran los pasos a seguir. En primer lugar, en el sindicato nadie sabía nada (o muy poco) sobre el funcionamiento de la empresa ni sobre su convenio colectivo. Y no estamos hablando de una empresa pequeña: digamos que es la empresa con más personal del país (sin contar el INEM, claro). Tras pasar por un par de mesas hasta llegar a la persona en teoría enterada del asunto, la citada autoridad en la materia nos aclara que ella solo conoce bien lo relacionado con las personas que trabajan con contrato indefinido y que claro, los temporales son un mundo aparte. La citada señora nos remite hasta el abogado del sindicato, situado en la planta baja, en horario de 10 a 12. Eran las 12 menos cuarto y un cartel colgaba de su puerta: “He salido a tomar café” El café, evidentemente, se prolongó hasta que finalizó su jornada laboral.

Al día siguiente regresó mi pareja sin mi (yo estaba levantando España, la parte que me corresponde) al susodicho abogado. Un resumen de lo hablado entre ellos en el zulo oscuro al que él llamaba despacho: no sé mucho sobre el tema y si quieres que lo mire tendrás que pagar la mayor parte de la minuta porque no llevas suficiente tiempo afiliada al sindicato.

Acelero un poco el ritmo de la narración para llegar al final sin demasiados rodeos. Digamos que este encontronazo con la burocracia sindical, sumado a algunas iniciativas de los sindicatos en nuestra localidad de residencia y a la posición general de los mismos en el conjunto del país, afectó al ánimo de mi pareja, creyente hasta ese momento en la representación sindical.

Finalmente su contrato no se vio afectado por la demanda a su empresa pero al ser temporal, llegó un momento en el que se terminó. Tras apuntarse al INEM, ritual posmoderno donde los haya, mi pareja decidió que era buen momento para apretarse el cinturón y eliminar gastos superfluos (Merkel estaría orgullosa de ella) y consideró que la cuota que satisfacía al sindicato era uno de los primeros en el ranking. Borrarse de un sindicato es parecido a darse de baja de la compañia telefónica o de la Iglesia Católica. Para apuntarse todo son sonrisas, buenas maneras, brazos abiertos y agua bendita en el cogote, pero para dejar de pagar tienes que superar los siete trabajos de Hércules con una mano atada a la espalda mientras rellenas con la otra la declaración de la Renta de Iñaki Urdangarín. La penúltima prueba antes de la baja definitiva es enviar al sindicato un email para explicar los motivos razonados de tu baja. Como intuyó que mentar a la madre de Marx no es motivo razonado, mi pareja aprovechó el correo para explicarles negro sobre blanco porque no se sentía representada por ese supuesto sindicato de clase, qué podían hacer para mejorar su relación con los trabajadores y con los afiliados, cual era el camino más corto hasta su desaparición, el lugar oscuro que les reservaba la historia y otras lindezas por el estilo.

El otro día, cuando parecía que el sindicato se había dado por vencido y había asumido la baja, llegó hasta nuestro buzón un sobre grande, de papel reciclado, con el logo del sindicato. “Es para intentar convencerte de que no te borres” le dije a mi pareja nada más ver el sobre. Efectivamente así era. El sobre contenía tres folios. En el primero de ellos, el líder regional del sindicato le recordaba, en un par de líneas y sin mucho lustre, el importante papel que jugaba el sindicato en el día a día de este mundo capitalista. Los otros dos folios incluían las supuestas razones de peso por las cuales mi señora no podía dejar de militar en el sindicato ¿Qué incluían esas dos páginas? ¿Una lista de los sindicalistas caídos o encarcelados por la causa? ¿Un listado con los derechos conquistados gracias a la lucha sindical? ¿Un resumen de la situación económica actual, movilizaciones previstas y plan de acción? ¿Una foto de Toxo en actitud seductora? ¿Una imagen de Rajoy y Rosell comiendo niños?

Nada de eso. Los dos folios eran una lista de descuentos comerciales a los que se accedía presentando el carnet del sindicato. 15% en Peluquería Maripili si te haces las mechas el primer viernes de cada mes. 10% en la zapatería Conchi para pares de botas fuera de temporada. 5% de descuento si lavas al perro en Perriguapi-Guau-Guau. 7% en tratamiento adelgazantes, y primera consulta gratuita, en el herbolario Tai-Chu. Dos gominolas gratis por cada euro de compra en Chuches Manoli. Y así dos folios.

¿Para esto sirve un sindicato? ¿Hay gente que se apunta a los sindicatos por los descuentos? Como decía más arriba, creo en la representación sindical y en su papel en el mercado del trabajo, pero es evidente que los sindicatos españoles necesitan una catarsis, una refundación, un suicidio colectivo en plan secta Moon o algo por el estilo. Mientras los sindicatos sean organizaciones donde una minoría permanece para medrar u ocupar un sillón pseudo-oficial y una especie de Club Marca para sus afiliados, es evidente que no cumplen con su papel y que seríamos igual de infelices sin ellos. Mientras no pongan remedio a los múltiples males que afectan a su estructura y a su funcionamiento, seguirán perdiendo afiliados, seguirán empeorando su reputación entre los españoles y perderán, si es que aún les queda algo, su utilidad y representatividad.

Y luego de estos polvos vendrán toneladas de lodos.

PS.- En Ávila, mi experiencia con los sindicatos es tan solo indirecta (más aún). Si en Ávila funcionan como relojes suizos, podéis decirlo en los comentarios.

6 Responses to Los sindicatos y el Club Marca

  1. krollian says:

    Yo me afilié a la CGT en Bilbao (a cuenta de un conflicto laboral) y me asesoraron de manera efectiva y rigurosa.

    Todo salió como me dijeron. Para eso está un sindicato. Para evitar la terrible indefensión a la que te ves abocado en caso de conflicto en tu trabajo por no ser ni tener conocimientos de abogado laboralista.

    Imagino que estarán en esta época de trabajo hasta el cuello. Espero que la gente, como yo en mi caso, no se afilie y pida ayuda, sólo cuando pintan bastos.

    Está claro que los grandes sindicatos se parecen a los grandes partidos políticos, pero da cierta grima que la gente se acuerde de ellos cuando el jefe te pone de patitas en la calle.

    Lo de los cupones descuento, lamentable, por cierto. Pero es otra ventaja más de pertenecer a un ente corporativo. Como si fuera un Colegio de Arquitectos o el Gremio de pasteleros.

  2. Patricia says:

    Y no has mentado a los sindicalistas! (A algunos, que no hay que generalizar; de hecho, me inspiro a cotninuación en un caso muy concreto). Esos trabajadores que aprovechan para comprar en Carrefour o pasear por el Soto en sus horas sindicales.
    Los que van con su pareja a hacer recados cuando deberían estar trabajando por sus compañeros.
    Que solo se ponen el uniforme de trabajo, de obrero, de gente del pueblo y de sufrido levanatdor del país cuando, yo que sé, viene Zapatero a visitar la fábrica o se pone a dar berridos descomunales en el frente de la manifestación. Luego se monta en el mercedes y al ‘chalete’ a ver el partido del plus.
    Que conste que me parece bien que se peguen la vidorra, pero que al menos lo reconozcan. No todos, pero sí algunos, son unos jetas. Y ya se sabe, mata un gato y te llaman matagatos.
    Obviamente, ésta ha sido una caricatura bastante malévola pero que, ya digo, se inspira en un caso real.
    A mí me da pena la situación de los sindicatos, porque conozco casos de sindicalistas que no han dicho ni mú cuando despedían a sus compañeros ante sus narices. Ni un triste comunicado, ni una lagrimita ni apoyo ni manifestación ni ná de ná mientras no les toquen a ellos, y no les tocará.
    Pero también reconozco que los sindicatso han contribuido, y mucho, a mejorar las condiciones laborales de los trabajadores. Aunque a veces, en las negcoiaciones, se pongan el disfraz de rabieta para hacer un poco de ruido y justificar sus ausencias.
    Ríetete tú del ‘vuelva usted mañana’ del funcionariado si ves un cartel de ‘ahora vuelvo, estoy en el café’ en la puerta del sindicalista.
    Enhorabuena, Alberto, genial como siempre.

  3. Yo he tenido dos experiencias directas con los sindicatos de Ávila y no puedo decir nada malo, al contrario. En ambas ocasiones me echaron una mano para salir del problema. Sin embargo, sí conozco a personas cercanas que no han tenido tanta suerte. En cualquier caso, creo que se está extendiendo una mala opinión de los sindicatos y eso es algo preocupante. Cumplen o tendrían que cumplir un papel fundamental, pero su imagen cada día es peor y eso debe ser por algo. Tienen mucho por hacer para mejorar y ganarse el respeto de los trabajadores

  4. El cimbalillo de la catedral says:

    ¡Cuanta verdad escribe Alberto y completa Patricia en su comentario! No digo yo que no haya (a título individual, eso si) sindicalistas que cumplan con su cometido, pero los sindicatos están para defender, ayudar y comprometerse con los trabajadores en temas laborales y no para dedicarse a montar agencias de viaje, centros de formación para cobrar subvenciones de cursos de dudosa utilidad, ir sus dirigentes a todos los actos públicos para que les vean y hacerse la foto o dedicarse a actividades lucrativas en sus horas sindicales.

  5. Guillermo B. says:

    … no he entrado antes al trapo porque ando algo despistado… ¿Alberto y el Cimbalillo defendiendo con uñas y dientes mis postulados? ¿Si quiero, como es habitual en mí, llevar la contraria, me he de convertir ahora en partidario de los movimientos obreros…???

    Jodo, machos… Así no vale 😦

  6. Pingback: Al fondo a la izquierda: el futuro del PSOE en CyL « Los 4 palos

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