Ávila, universo par (Episodio III)

Esta historia, lo digo para los que no lo tengan claro, es un nuevo invento de nuestra perturbada mente. Para entenderla (o no, de momento no la entiendo ni yo) debéis leer primero la primera parte escrita por Alberto, la segunda que nos trajo Rubén y, por supuesto, su desenlace, que no lo traerá Pablo en algún momento no muy lejano…

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Conocía aquella extraña sensación. No era la primera vez. Sobre todo conocía aquel terrible dolor de cabeza. Creía además haber sido víctima de algún tipo de broma o de una de esas pesadillas de las que deseas despertar pero no puedes. Debió ser gorda la borrachera de la noche anterior. Con los ojos aún cerrados respiraba aliviado por haber despertado de aquel sueño. Aquel Ávila desconocido, irreconocible. Aquel Ávila de Zaras, Apple Stores y otros asuntos que, en otras circunstancias sería la ciudad deseada pero que en aquella pesadilla, tan de repente, no entendía. Menos mal que ahora no despertaba, como en su sueño, en ningún banco en mitad de la calle. Estaba calentito, bien arropado, cómodo. Dio media vuelta con la intención de prolongar unos minutos más su estancia en la cama y descansar de la borrachera, pero…

- Un momento. Esa ventana debería estar al otro lado.- Abrió los ojos buscó el interruptor de la luz de su habitación en su lugar habitual, junto a la mesilla de noche. No estaba. Tanteó, se levantó de la cama recorriendo las paredes mientras las palpaba como si de encender aquel interruptor dependiese el orden mundial. -Maldito dolor de cabeza- Finalmente acertó con el botón.

Nada más apretar el interruptor sintió como si tres mil agujas atravesaran sus pupilas. Tardaría en acostumbrarse a tal despliegue de luminosidad. Mierda… No es mi casa. Se encontraba en lo que sin duda era una habitación de hotel. Él nunca tuvo baño propio en su casa de 2 habitaciones que compartía con sus padres y su hermano pequeño y sin duda, aquella puerta daba acceso a uno. La habitación, estaba decorada en tonos verdes tanto en el papel de las paredes como en las cortinas, sábanas, etc… Sin duda era una buena habitación, debía costar un dinero… ¿Qué hacía allí? ¿Cómo había llegado? Todo, de repente, se volvía de nuevo extraño. Corrió hasta la ventana, levantó la persiana y… ¡Ávila! En toda su inmensidad. – ¿Qué pinto yo en el Hotel Cuatro Postes? – Se preguntó. Comenzó a preocuarse sobre manera. Todo era especialmente extraño y, por supuesto, lo que minutos antes achacaba a un mal sueño, comprobó que se trataba de tal. Una de las pistas que le llevó a darse cuenta fue el gran chichón que tenía en la cabeza y que le llevó a recordar aquél terrible bastonazo que recibió por parte de aquel misterioso calvo.

- Mierda, mierda, mierda… ¿Qué está pasando? Tengo que irme, tengo que salir de… – Algo le interrumpió. Se oían voces en el pasillo, muy cerca de su puerta. Se acercó a ella, abrió con sumo cuidado para intentar echar un vistazo sin ser visto. No acertaba a ver nada. Seguía oyendo las voces, no estaban lejos. Eran dos, un hombre y una mujer, seguramente el calvo con su simpático bastón y aquella misteriosa mujer. Discutían. No llegaba a entender todo cuanto se decía pero reconocía sin lugar a dudas que estaban discutiendo. Un portazo, tacones por el pasillo…

Cerró la puerta procurando hacer poco ruido. Aquellas pisadas sin duda se dirigían hacia allí. Se tiró dentro de la cama, se tapó y se hizo el dormido justo un instante antes de que la puerta se abriese dejando paso a la enigmática morena. Entraba sobresaltada, nerviosa. Sin duda era ella la persona que entablaba calurosa conversación en el pasillo.

- Despierta, rápido, no hay mucho tiempo. Debes salir de aquí. Vete y encuéntrate conmigo en una hora en el Jardín Botánico…
– ¿Qué está pasando? ¿qué es todo esto? – Se apresuró a preguntar.
-No hay mucho tiempo, hora debo irme. Hazme caso, ve al Jardín Botánico y espérame allí. Llegaré en una hora…
– Pero… ¿Qué dices de un Jardín Botánico? ¡En Ávila nunca hubo Jardín Botánico!
– Cómo que no. – Contestó la mujer – En la zona Norte, al lado de la Iglesia de San Antonio…
– ¿El parque de los estorninos?
– ¿Estorninos? No, nunca hubo estorninos en San Antonio. Corre vete, no hay tiempo.- Acabada la frase la chic morena desapareció de la habitación y tras ella salió nuestro amigo deseando poner tierra de por medio y encontrar una explicación a todo cuanto le ocurría. Recorrió dos largos pasillos hasta llegar a la zona de ascensores, pulsó compulsivamente todos los botones como si hiciese falta apretarlos 20 veces para que los aparatos funcionasen. Subió en el primero que llegó y bajó al hall.

Nada más salir del elevador se topó con algo que le hizo tener un ápice de esperanza. Ese tipo del traje, ese señor que se encontraba apoyado en el mostrador de recepción es…

- ¡Don Miguel Ángel! – Gritó. Es usted.
– Disculpe señor, ¿puedo ayudarle en algo? – Preguntó educadamente
– ¡Claro! Al fin me topo con alguien conocido…
– Dicúlpeme, señor pero  no nos conocemos.
– Normal, usted a mí no pero yo sé quién es usted.
– Claro señor. Soy el recepcionista del hotel.
– ¡NO! – gritó indignado – usted es Don Miguel Ángel García Nieto, Alcalde de esta ciudad.
– Mis más sinceras disculpas, caballero, pero se equivoca. El Alcalde se llama Guillermo y nada tengo que ver con él. – Comenzó a sonar el teléfono de recepción -
– No, no. No puede ser. Usted es nuestro Alcalde. Anoche, cuando salí de casa lo era…
– De verdad que lo siento, caballero pero yo, aparte de mis años de profesor de autoescuela, no he conocido otra labor que la de recepcionista de este hotel y ahora, si me disculpa, debo contestar al teléfono.

“Menuda locura, no entiendo nada, debo salir de aquí” . Pensaba nuestro protagonista mientras se encaminaba con paso rápido y nervioso hacia la puerta giratoria del hotel. Salió de él y se encaminó hacia el monumento que da nombre a la instalación hostelera. Una vez llegado allí se sentó. Miró a la ciudad. No parecía haber cambiado nada. El aspecto era el mismo que recordaba haber divisado desde allí en infinidad de ocasiones pero era evidente que no todo permanecía igual. Miraba la ciudad esperando que la muralla le gritase qué hacer. Pocas veces había estado tan perdido como en aquella ocasión.

El tiempo corría. Le quedaban 45 minutos para llegar a su cita con aquella mujer. “No me ha dicho ni su nombre” pensaba. Todo eran dudas. ¿Debía asistir a la cita con ella? Pues quizá allí encontrase las respuestas que buscaba pero aquella resaca que aún le acompañaba y, sobre todo, el terrible dolor de cabeza, que era aún peor por el bastonazo recibido, le indicaban que allí no encontraría nada bueno, ¿o quizá sí? De repente le cruzó por la cabeza una segunda opción. Quizá no era lo más valiente pero… “¿Y si hago un ‘Santa Teresa’?” Pensaba… “¿Si me voy de aquí sacudiendo el polvo de la ciudad en este viejo apeadero?” No le quedaba mucho tiempo. Tenía que tomar una decisión. Abandonar, irse renegando de todo lo que había visto en las últimas horas que tanto desconcierto le generaba. De no ser así su tiempo se agotaba. En 40 minutos le esperaban en el Jardín Botánico.

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Si quieres seguir leyendo: Episodio IV

3 Responses to Ávila, universo par (Episodio III)

  1. Moker dice:

    A poder ser colgad el desenlace hoy mismo, estoy intrigadísimo!!! Os podíais plantear cambiar el blog y que siempre sea así. De hecho estoy pensando que si Avila fuera la Avila ficticia del relato quizá el blog fuera literario. Jajaja.

  2. Guillermo B. dice:

    Es evidente que el final de la historia desvelará cual será el logotipomarcalema ganador de la tontería esa que han montado… Y además, esperamos todos al menos una escena de sexo, bien con la morena, bien con el calvo, o con los dos… Lo digo para que no decepciones a la audiencia…

    ¡Recepcionista de hotel!!!

  3. Pingback: Clandestinos (I) « Los 4 palos

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