Ávila, universo par (Episodio II)

Continuamos. Como ya imaginaron nuestros lectores más sagaces… lo de ayer fue nuestra particular charlotada. Pedimos disculpas por la gracieta (excusas ya incorporadas también en la anterior entrada) y recomendamos el uso del hashtag #willydimision en Twitter porque la idea fue suya. Vaya tropa. Hay que reconocer que el resto también somos culpables: los escribientes de este rinconcito han aprovechado las fechas navideñas para juntarse junto a unas coca-colas, echarse unas risas, conspirar contra el poder y de paso coger fuerzas para seguir adelante por otros porrocientos días más.  Que no panda el cúnico ni se deschampe el corchán. Ladramos y cabalgamos. O algo así. 

Lo penúltimo que teníamos abierto era un relato. La idea viene de antaño y consiste en imaginar una Ávila radicalmente diferente a la que conocemos. Cuatro manos para escribir un único texto sin que ninguna tecla sepa de antemano por dónde le va a venir la historia. Alberto dio comienzo con este fenomenal inicio

… y servidor (mcguffin mediante) encadena con….

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– Tomás Luis de Victoria, buena elección para un politono.

La voz era de un amable ciudadano que disfrutaba también con beatífica sonrisa de la vista hacia el valle.  ¿Tomás Luis, el del viejo cine? Si de algo estaba seguro era de que el teléfono le llevaba años sonando a lo mismo. No le gustaba eso de cambiar de tono de llamada: orgullo de barriero,  bohemios y soñadores. Al fin y al cabo – y aunque quisiera aparentar lo contrario – no dejaba de ser un abulense de bien: castellano de vino, dardo, sombrero y algo de mala sombra.

Esa música  que no había oído en su vida  seguía reclamando su atención desde el teléfono.  Se decidió a descolgar.

– ¿Señor Herráez? ¿Es usted?

Se fue incorporando mientras seguía mirando la pantalla con extrañeza. Al menos – algo era algo y además el Moneo no existía – se seguía llamando igual que antes de los tequilas y los dardos.

– Al apadato – la boca definitivamente seguía siendo pastosa y pesada con una lengua digna de Pepe Viyuela.

– Soy Teresa, del Círculo de Lectores. ¿Me recuerda? Hablamos anoche, en la convención astronómica nocturna.

Eso sí que era imposible. El cuello continuaba con sus quejas y la cabeza le chirriaba en cada gozne. La noche anterior no había asistido a ninguna convención astronómica ni cristo que lo fundó. La única cosa cósmica había sido la borrachera colectiva en el garito: cervezas, copas, dardos, tequilas.  Mejunje mejicano y almendras. Aunque a esas horas ya empezaba a dudar de que esas Aliada fueran realmente almendras.

– Sí, claro que recuerdo – mintió. Ahora no puedo atenderla. Voy con prisa. Gracias. Ya les llamaré yo.

Esa voz…esa voz… Ya lo pensaría más tarde. Necesitaba hacer una última comprobación. Cruzó San Pedro en dos zancadas en dirección al barrio de Las Vacas. Ni rastro del Alférez Provisional: “Avenida de la Democracia”, decía la lustrosa placa. La cartelería en las paredes no era menos inquietante: “Noche Indie en el Vishnú: Esta noche especial Vetusta Morla. Cuesta de Julio Jiménez”. “Museo de Arte Contemporáneo: ilustraciones de Juan Jiménez. Valle del Corneja”.

Qué carajo. Un petardo, necesitaba oir un petardo. Por mucho que esta Ávila  luciera diferente seguro que en el barrio habría alguna fiesta. No se esperaba el impacto.

– A tomar por cleta la biciculo.

Una Apple Store. En lugar del viejo Risas había una Apple Store, con su imagen de Steve Jobs y su manzana. Una moderna instalación – adecuada no obstante al entorno de la plaza – que compartía pared con un complejo de nombre R.I.S. “Research Investigation Spain. Instituto Tecnológico de Ávila”.  Jóvenes gafapasta poblaban el lugar absortos en sus pantallas sin duda disfrutando de un servicio wifi de calidad.

Era lo más extraño que había experimentado nunca: No había un ruido en la Plaza de las Vacas. No había coches. Alguna bici. Juventud. Silencio.

Huyó hacia el único lugar que en esos momentos le podía devolver a la normalidad. El Sur. El Bar Sur, para ser más exactos. Caña y patatas dos salsas. Sonido de tragaperras. Sweet home, dulce hogar. Que una cosa era que no hubiera edificio de Moneo y otra que en vez de croquetas le sirvieran nitrógeno de sodio caramelizado. O al menos eso esperaba.

– Bienvenido señor ¿desea entrar al parlamentarium o prefiere participar en el torneo?

– ¿Parlamen…qué? ¿Torneo? – miró alrededor. Donde esperaba encontrar la tragaperras se ubicaba una enorme vitrina llena de una especie de tinajas artesanales.

– Campeonato de ajedrez, señor. El ganador se lleva el búcaro de la casa. Acomódese y disfrute de las partidas. Parece que no lleva buena cara.

– Creo que necesito una tila. Un té. Un café. Lo que tengan.

Se le había multiplicado el dolor de estómago, el mareo, el dolor de cabeza, el chirrio de goznés. Engulló el café sin echarle siquiera azúcar. En la esquina del llamado parlamentarium la televisión retransmitía el pleno municipal: “Aprobado el PGEU” decía el faldón.

– Qué buen alcalde es Guillermo – comentó el camarero. Hacía falta profundizar en ese tema.

– ¿Es que también aquí van a construir más pisos? – inquirió con cierto alivio, visto lo visto.

– Ya veo que es de fuera, señor. Es el “Plan General de Educación Urbana”. La ciudad quiere seguir a la cabeza del desarrollo cultural europeo.

What the fuck. Echó un vistazo al periódico: “El campamento de Venero Claro visita el Museo de Ávila”. “La capital amplía sus ofertas de ocio nocturno”. El tortazo de anoche debió ser fenomenal, pensó.

“Estaré en otro sitio que no existe. Esta tomadura de pelo ha de terminar. Si es un sueño, me pondré a volar”

Niet.

“Aparece Scarlett Johansson.”

Nein.

No tenía sentido y además era imposible. Una ciudad despierta, educada, amable, innovadora, viva.

– Caballero, disculpe. Caballero. Parece que le llaman desde la calle.

A través del cristal vio a un hombre calvo, impoluto, inexpresivo. Le miraba desde la otra acera con seriedad. Un Avilabus se interpuso en la trayectoria visual antes de que pudiera salir por la puerta.

– Eh, espere un segundo. ¿Sabe usted donde estoy? ¡Eh! ¡Espere!

Espero al siguiente autobús con ansiedad. Línea circular, otro nuevo invento de ese sitio extraño. El conductor daba las buenas tardes, conducía con suavidad, los niños cedían sus asientos a los mayores. Subieron la Avenida de la Democracia, Paseo de San Roque, Avenida de Madrid. En la rotonda de la cremallera acertó a divisar un pensador de Rodin. Ni rastro de otro calvo que no fuera el de la estatua.

Abatido, cansado, resacoso, confundido y destrozado se venció sobre el asiento. Sintió el traqueteo en sus costillas de cada adoquín de la Ronda Vieja. No sabía dónde parar, qué hacer. Se dejó llevar. El autobús comenzaba a girar en dirección al Puente Adaja y entonces la vio.

Morena, delgada, pelo corto, flequillo de lado. Pantalón negro, jersey del mismo color. Inconfundibles labios rojos y a su lado el impoluto e inquietante alopécico. Quiso bajar de inmediato pero no contaba con la aparición del jorobado Murallito. Turistas suecos atendían las explicaciones (en perfecto inglés) del guía turístico.

Esos 20 segundos de cruce infernal fueron suficientes para que se le escaparan de nuevo. Ahí tenían que estar sus respuestas, bramaba. Hizo caso a sus pálpitos y salió pitando en dirección a San Segundo. Cruzó el Río Adaja, afortunadamente poco caudaloso en esas fechas del año. Aún así – maldita fuera su estampa – se había llenado de tierra y ya no adivinaba si llegados a ese punto habrían girado hacia la antigua fábrica de harinas o en dirección a la carretera de Salamanca.

Paró un segundo para respirar. Se subió la pernera, se quitó el zapató y se sacudió los calcetines. En ese momento, sin que le diera tiempo a reaccionar, vio al calvo aparecer por detrás. Un bastonazo. Crij. Kaj.

– La ciudad no se ensucia con barro, marrano.

De nuevo el cuello rígido, de nuevo un escorzo extraño. Esa caída iba a quedarle de todo menos artística. Antes de desmayarse vio a la chica sonreir. Detrás de ella, flamantes e impertérritos, se distinguían perfectamente Los Cuatro Postes.

________

Si quieres seguir leyendo: Episodio IIIEpisodio IV

4 Responses to Ávila, universo par (Episodio II)

  1. Pepe Herráez says:

    Fantástico cameo cuatropalero que me he marcado hoy, @trapseia.

  2. Guillermo B. says:

    La cosa sigue prometiendo… Un tocayo en la alcaldía, un alopécico como yo en plan misterioso hombre del saco, al Alférez Provisional por fin le han dado la plaza en propiedad, y a pesar de todas las jilipolleces posmodernas que parecen ornar ese Ávila tan correctísimo en lo social y tan insulso en lo lúdico, Julio Jiménez parece seguir siendo la saeta velocípedo que fue, y la Scarlett existe… (aunque quisiera saber si su autovisión especular es tan espectacular como la que nos otorgó en este mundo).

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