Ávila, universo par (Episodio I)

Las líneas que van a leer a continuación son la primera parte de un relato escrito a varias manos. Bueno, más que escrito, por escribir. Dónde hoy lo dejo yo, otro de nosotros, que lee el relato por primera vez como usted, lo continuará. Era una idea que teníamos desde hace un tiempo, antes incluso de que existiese este rincón y que hemos decidido recuperar ahora que la actualidad se ralentiza para celebrar las fiestas que nos ocupan. Espero que les guste (y que mis compañeros no se enfanden por dejarles a ellos la peor parte: continuar y cerrar la historia sin recurrir a Resines o al limbo donde viven los personajes de Lost)

_________________________

Conocía la mayor parte de las sensaciones que experimentaba. El dolor de estómago, el mareo, el dolor de cabeza, la boca seca y áspera… Eran viejas amigas. Tenía frío. Todavía con los ojos cerrados y medio dormido, buscó a tientas una sábana, una manta, un edredón con el que taparse pero no los encontró. Movió con desgana los dedos de los pies y los notó entumecidos y aprisionados. Aún tenía puestos los zapatos. Se dio cuenta de que se había quedado dormido vestido, posiblemente desplomado sobre la cama o el sofá. Intentó darse la vuelta pero no pudo. Notó el colchón duro, el cuello rígido y forzado en un escorzo extraño. Le dolían los riñones y las piernas y uno de sus brazos estaba dormido bajo el peso del resto de su cuerpo.

A medida que la claridad le despertaba, debía de haber dormido con la persiana levantada y las cortinas descorridas, imágenes, retazos de la anterior noche, empezaban a rebotar entre sus neuronas. Una cerveza, dos, tres. Dardos. Un chupito de tequila. Otro. Un tercero por la amistad. Una copa. Un baño oscuro y maloliente. Una chica. Sonreía mientras hablaba con él. Morena, delgada, con el pelo corto, flequillo de lado, labios rojos, un jersey gris de cuello alto, un pantalón negro. ¿Quién era? No lo recordaba. Sus amigos en una esquina del bar. Le miraban. Otra copa, otra sonrisa. Una bolsa de almendras marca Aliada. Un beso de despedida. Otro bar, otra copa.

No recordaba como había llegado hasta casa, si es que estaba en su casa, ni a qué hora había llegado. ¿Se habría ido con aquella chica? Necesito una ducha y una café, pensó y comenzó a abrir los ojos con desgana. Al principio no comprendió muy bien qué sucedía pero donde debía haber estado el techo blanco de su piso se extendía una inmensa extensión de color azul cielo. Sacó el brazo que tenía aprisionado e intentó erguirse. El cuello le dolía horrores, el mundo volvió a moverse como si cruzase en patera un mar arbolado con secuoyas gigantes y bajo él, donde debía estar la cama comprada en el Ikea, solo había fríos y duros listones de madera.

- Mierda – se dijo despegando la lengua del paladar y arrastrándola pesada por el interior de su pastosa boca – he dormido en un banco en mitad de la calle. Estupendo-

Se quedó sentado en el banco que había sido su cama las últimas horas, agachado, sujetándose la cabeza con las manos, mirando al suelo mientras esperaba que el mundo llegase a puerto. ¿Dónde estaba? ¿Qué hora era? ¿Qué día era? ¿Por qué había dormido en la calle? Aturdido, levantó poco a poco la cabeza entre sonoros quejidos de los músculos de su cuello y miró a su alrededor. Sabía perfectamente dónde estaba. A su derecha, el Ayuntamiento, a su izquierda la Iglesia de San Juan y frente a él la Calle Vallespín. Había dormido en el centro de la ciudad.

- En el puto mercado chico. Tiene cojones.

Se levantó como pudo, apoyándose en el banco, y poco a poco recuperó la verticalidad. Miró a su alrededor. Delante del edificio del Ayuntamiento, una cola de gente de todas las edades serpenteaba entre los pilares de la plaza y se perdía por la cercana plaza de Zurraquín. ¿Qué pasaba? Algo navideño, seguramente, se dijo. Los carteros reales, Mama noel, el hombre del saco o algo así. De todas formas, decidió acercarse a preguntar.

Arrastrando los pies y con las articulaciones en servicios mínimos, se impulsó hasta la cola mientras rebuscaba sus pertenencias en los bolsillos del abrigo. Encontró la cartera, lo que le tranquilizó, las llaves de su casa, el teléfono móvil y un papel doblado. Sacó el papel y lo desdobló. En un lado del papel, con tinta roja y letra amplia y redonda había escrito un número de teléfono que no reconoció. Esto último tampoco le preocupó ya que apenas recordaba dos números de teléfono. Se guardó el papel en el bolsillo y se acercó a un hombre de mediana edad que esperaba paciente en la cola leyendo Le Monde Diplomatique. Esto último, si no soportase sobre sus hombros una de las mayores resacas de su vida, seguramente le habría llamado la atención.

- Disculpe ¿qué sucede? – preguntó al hombre, guardando las distancias y procurando no mirarle directamente para que su aliento etílico no intoxicara al anónimo ciudadano.
– Es la cola para asistir al pleno.
– ¿Perdone?
– El pleno semanal del Ayuntamiento – dijo el hombre con tranquilidad
– ¿Están todos esperando para entrar al pleno? – con un vistazo rápido calculó unas cuatrocientas personas.
– Sí. Últimamente viene menos gente, pero aún así hay que madrugar para tener sitio en el salón de plenos. En las pantallas planas que habilitan en otras salas no se está mal, pero no se respira igual la democracia.
– Ya. ¿Desde que hora lleva aquí?
– Desde las cinco de la mañana – dijo el hombre con indisimulado orgullo.

Dio las gracias al amable caballero y se alejó de la fila y del ayuntamiento. Necesitaba una ducha y un café bien cargado porque era evidente que todavía estaba borracho. ¿400 personas esperando desde primera hora de la mañana para asistir a un pleno? ¿En Ávila? ¿En pleno invierno? Algo no encajaba y sospechaba que el tequila tenía mucho que ver. No volvería a beber, se juró, mientras avanzaba aún renqueante por la Calle Reyes Católicos en dirección al Mercado Grande, Plaza de Santa Teresa según la denominación oficial y según Google Maps.

Desde la parte alta de la calle Alemania vió otro centenar de personas ocupando el cruce de esta con la antigua calle generalísimo. ¿Habría allí instalada una pantallas gigantes para seguir el pleno del Ayuntamiento? ¿Desde cuando ponía pantallas gigantes el Ayuntamiento? ¿Desde cuando interesaba a alguien el pleno del Ayuntamiento? Cuando llegase a casa, se dijo, lo buscaría en Internet. En el centro del grupo, una anciana, elevada sobre las cabezas del centenar largo de personas, tras un pequeño púlpito, dirigía un vigoroso discurso a la multitud blandiendo en una de sus arrugadas manos un avejentado libro. Timidamente se acercó a escuchar, pero al llegar a las últimas filas la anciana calló y la congregación rompió en aplausos. La señora sonrió, hizo un gesto de agradecimiento y dejó su lugar en el podio a una chica joven, con el pelo rapado, un vistoso tatuaje en el cuello y un llamativo piercing en cada una de sus cejas. ¿Era una asamblea del 15-M? ¿Una alianza de perriflautas y jubilados para dominar el mundo? ¿Un congreso sobre la hípica maya? ¿Estaban grabando un anuncio de MoviStar?

- Gracias Marisa por tu aportación – dijo la joven dirigiendo una sonrisa a las primeras filas del público – Con esto, amigos, terminamos la sesión de debate de hoy sobre la “Crítica de la razón pura”. Como sabéis, la semana que viene comienza nuestro ciclo de filosofía clásica. ¿Quiénes quieren ser los primeros en hablar sobre el Timeo de Platón?

Varias docenas de manos se alzaron a su alrededor. ¿Qué demonios hacían? ¿Debatir sobre filosofía? ¿En medio de la calle? Su borrachera iba a peor, no había duda. ¿O se habría dado algún golpe mientras estaba borracho y estaba delirando? Quizá estuviese debatiéndose entre la vida y la muerte en algún hospital o en una ambulancia ¿O seguía dormido? Era una posibilidad tranquilizadora pero le dolía demasiado el cuerpo como para seguir dormido.

Dio la espalda a la concentración de pensadores y continuó hacia su casa bajando por la Calle Don Gerónimo en dirección al Mercado Grande pero a los pocos pasos se detuvo en seco. ¿Era cierto lo que había visto? Se dio la vuelta lentamente y miró a la pared del edificio de su izquierda. Donde hasta el día anterior había lucido un medallón con la efigie de perfil de un dictador bajito y con bigote ahora no había nada. Ni rastro de la antigua placa bajo el reluciente cartel negro del Zara que ocupaba el local contiguo a la centenaria pasteleria. Un momento, se dijo, algo se me sigue escapando.

- ¡Hay un Zara en Ávila!

El grito fue escuchado por varias decenas de personas pero ignorado por la mayoría. Tan solo un joven pareció prestarle atención. Fuera de sí, se acercó hasta él con dos agiles zancadas y le agarró de las solapas.

- ¿Desde cuando esta eso ahí y desde cuando no está lo otro? – dijo con el corazón bombeando con fuerza los restos de sangre que aún flotaban en el alcohol que ocupaba sus venas.
– Disculpe, pero no le he entendido lo más mínimo.
– ¡El medallón! ¡El Zara!
– El medallón lo quitaron hace tiempo, al poco de acabar la dictadura. ¿Hace mucho que usted no pasa por aquí? El Zara lleva menos tiempo… no sé… ¿3 o 4 años?

Soltó a su presa y echó a correr por la Calle Don Gerónimo. Era evidente que algo funcionaba mal. ¿Estaría alucinando? ¿En lugar de garrafón habían echado algún tipo de droga a su copa? ¿Habría sido secuestrado por alienígenas y estaba en algún extraño universo paralelo? ¿Habría viajado al futuro a través de un agujero de gusano o del sucio retrete de algún bar?

Estaba al borde del desmayo cuando cruzó aún corriendo la puerta de la muralla. Los latidos de su corazón le retumbaban en las sienes y estaban a punto de hacer estallar su cabeza, las piernas le flaqueaban, los pulmones le ardían, el mundo volvía a dar vueltas a su alrededor. Paró, se agachó e intentó coger aire durante unos segundos.

Y entonces, al levantar la cabeza, lo vio. O mejor dicho, no lo vio. La plaza estaba allí, la Iglesia de San Pedro dorada al fondo, los edificios porticados a su izquierda, en el centro de la plaza La Palomilla, unos bancos y unos árboles dispersos por la plaza. Todo estaba en su lugar menos los edificios de Moneo. La plaza se abría majestuosa al valle y la clara luz de una mañana de invierno inundaba cada rincón. ¿Dónde estaban los edificios? ¿Qué había pasado con ellos?

Le temblaban las piernas. Dio unos pasos vacilantes e incapaz de mantenerse en pie cayó de rodillas. Imaginó los edificios desplomándose entre una nube de polvo y los aplausos y vítores del público y no pudo evitar que un par de lágrimas corrieran por su rostro.

- ¡Los habéis destruido! – gritó mientas daba puñetazos en el suelo – ¡Sí, joder, sí! ¡Los habéis destruido!

No sabía que sucedía, pero no le disgustaba del todo. Se sentó en el suelo mirando con una sonrisa hacia el valle y en ese instante comenzó a sonar su teléfono. Era el número desconocido que tenía anotado en el papel que había encontrado en su bolsillo.

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Si quieres seguir leyendo: Episodio II – Episodio III – Episodio IV

9 Responses to Ávila, universo par (Episodio I)

  1. Marta dice:

    Muy interesante, espero más entregas!

  2. Pepe Herráez dice:

    Maravilloso relato.
    (Habrá un día en que todos al levantar la vista veremos una tierra que ponga LIBERTAD… Porqué me habré acordado de esta canción del gran Labordeta. Decrépito viejo me estoy haciendo, coño)

  3. Guillermo B. dice:

    Pues la verdad, si mi Ávila se me convierte en un entelequioengendro en el que la gente se desvive por la democracia orgánica y analiza a Wittemberg en público foro, que paren el mundo, que yo me bajo, como decía el otro… Vaya coñazo, ¿no? Pepe, no creo que Labordeta pensase en algo así al soñar con la libertad, la verdad…

    Me mola el relato, pero no como ucronía o utopía, sino por intentar averiguar si en ese 1Q84 que nos plantea Alberto habría AVE por Ávila (y no por Segovia), y sobre todo, quién es el líder local del PSOE (que adivino en el gobierno municipal…). La chica morenita de pelo corto es Patricia Rodriguez, que en ese par universo hace años que desbancó a García Nieto y es la lideresa de la oposición…

    ¿Y el Real Ávila qué, otra vez campeón de Europa?

    Un abrazote

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