Como el Ciprés, también me despido

Una nueva colaboración llega al blog. Nos visita Luis Asiaín, aunque muchos conocerán a este cantante, guitarrista y compositor como Luisao. Entre sus trabajos hay que destacar Proyecto Triolocría, una obra genial que nadie en su sano juicio puede perderse.

Todos aquellos que quieran seguir los pasos de Luis, pueden en enviarnos su aportación a [email protected] Más información aquí.

—————————————————————————————————————————————————-

Como el Ciprés, también me despido

Luis Asiaín

Un naranja-melaza claro inunda el valle en las madrugadas de mucha nieve. En ese momento uno puede intimar con la ciudad y ésta, con sus farolas en cada calle, refleja su luz en las nubes formando un fanal anaranjado sobre la city. Pocas imágenes he visto tan bellas como las de ese valle en blanco, cubierto por una espesa capa de nubes cargadas de nieve a las tantas de la madrugada. Uno de mis recuerdos más poderosos de adolescencia, es precisamente ese. Recuerdo salir de algún local de Vallespín, con el oído aún pitando por el volumen de la música; en aquella época, para llegar a mi casa, debía pasar por el arco del rastro… hacerlo en días de mucha nieve… era todo un espectáculo. De repente el frío eco de los pasos bajo el arco de granito se esfumaba en el aire debido a la insonorización de la nieve… allí estaba el valle, nevado y anaranjado, haciendo juego con la Muralla. Los árboles, ya sin hojas, erguían su silueta azabache sobre aquel tupido fondo naranja, tanto en el cielo como en la tierra… y por un instante parecían flotar. Un teatro de sombras chino… un juego de siluetas que jamás olvido y, mientras ande yo por la Tierra, declaro que siempre que me sea posible volveré a encontrarme con aquel recuerdo de antaño… para reactivarlo, para no dejarlo morir, para disfrutarlo, para intimar una vez más con ella.

Llegué con siete años. Han pasado veintiséis.

Aquí lo he vivido todo. O, al menos, gran parte de ese todo.

De niño, viví en la calle Capitán Peñas. Mi cuarto daba al valle y tenía un enorme ventanal con vistas de Este a Oeste; la luz del valle invadía mi espacio a todas horas. Esa misma luz acabó enquistándose en mi psique. Ahora tengo la sensación de que mi biorritmo está indefectiblemente ligado a la iluminación del valle… con o sin nubes, con o sin sol… voy un poco a la par. Siempre he vivido ligado directa o indirectamente al valle… no sé porqué, pero el caso es que así es. No tengo nada en contra de la visión Norte de la ciudad… sencillamente me pierdo mirando al valle. No lo puedo evitar. Al lado de la ventana de mi cuarto, había una jardinera exterior, entre mi ventana y la del salón, formaba parte de la fachada del propio edificio y probablemente tuvo alguna planta en tiempos, pero estaba totalmente en desuso a juzgar por el aspecto de su contenido. Un día, abrí la ventana, y extendiendo mi brazo hacia la derecha cavé un poco en la reseca tierra, y allí guardé un estuche de madera con una serie de ‘tesoros’ personales… yo debía tener 10 años. Una pequeña calculadora por la que tenía predilección… siempre hacía la suma 123 + 321… 444, tonterías… es una operación que tengo que hacer en todas las calculadoras que caen en mis manos desde niño; uno de aquellos coches en miniatura con los que solíamos jugar los niños en aquella época, era un Volkswagen Beetle amarillo con unas marcas marrones y rojas en la carrocería; tengo un vago recuerdo del resto de ‘reliquias’ atesoradas en aquella caja. La enterré en la jardinera y allí quedó para siempre como testigo hasta hoy de los amaneceres y atardeceres del valle. Tiempo después dejamos aquel piso y los dueños de la casa hicieron obras y unieron dos casas. No sé si tocaron la jardinera —está en la fachada y de difícil acceso, podría seguir estando intacta—, pero creo que es el único ‘tesoro’ que me queda por recuperar. Me pareció curiosa la película de Amelie, porque ella recupera el ‘tesoro’ infantil de alguien y se lo devuelve… y resulta que yo tenía esa misma costumbre de hacer mis ‘tesoros’ e ir dejándolos por ahí. Los he recuperado hasta la fecha en general… ese es el único que no recuperé… supongo que por mi culpa, por lo retorcido del escondrijo.

Luis Asiaín, en la Sala Clamores (Madrid).

Recuerdo el preciso momento en el que llegué a esta ciudad con siete años… recuerdo el ‘bote-bolero’ en el jardín de San Roque; el puesto de helados que se instalaba en verano al principio del jardín —¿alguien lo recuerda aún?—; la tienda de golosinas al otro lado de la rotonda, e incluso la de Santa Ana… la recurrente e infantil pregunta de: ‘¿Cuánto cuestan los chicles ‘de a peseta’?… ¡una peseta hijo!’. Las pistas de tierra kilométricas que hacíamos en San Roque para jugar a los chapines… el que tenía un 501 era el jefe del lugar. Yo tenía unos cuantos chapines, pero no el famoso 501… ¡maldita sea! Me acercaba al bar del pasaje de ‘Caja Salamanca’ y le preguntaba al dueño: ¿tiene usted chapines?

Saliendo de ese mismo pasaje por la calle San Juan de la Cruz, diez metros a la derecha, un señor tenía su taller en el que arreglaba bicicletas y, además, te hacía unos tirachinas de muerte. 25 pesetas costaba cada uno. Dos o tres me compré, dos o tres me requisaron los adultos. En las piedras de San Roque me di uno de esos primeros besos de infancia, y en 2º de EGB hice mis primeros novillos —sí, sí… en 2º de EGB—… me fui con un primo y un amigo a los columpios que había debajo del jardín del Rastro, antes incluso de que aquello fuese el famoso rocódromo… hoy es un parking. Las personas no pueden imaginar el grado de felicidad extrema que pude sentir en aquel momento… el atardecer y el valle a mis pies, libertad pura, unos columpios a nuestro servicio durante tooooda la tarde… Siempre he tenido algo especial con esa perspectiva del valle. Lo saben bien mis conocidos. Huelga decir que, antes de las 17:30, había que ir a la puerta del Dioce pequeño a disimular saliendo de clase como si tal cosa; el disfrute fue tal que llegamos tarde y nos vieron aparecer por donde no debíamos. No salíamos del colegio y, por si fuera poco, veníamos sudando, colorados de entusiasmo y más felices que nada. Dos guantazos al canto y un ‘¡te vas a enterar!’ Madre mía qué feliz fui aquella tarde. Afortunadamente es algo que repetí infinidad de veces a lo largo de mi periplo por la escuela primaria. Si hoy me arrepiento de haberme fumado las clases siendo tan niño, es solamente por el mal trago que pasó mi madre sin saber cómo demonios meter en verada a su hijo… pero sé que no me di a la mala vida… mis escapadas eran total y absolutamente inocentes; me iba a los columpios, al campo, a la escalera de la casa de mi abuela Mercedes… A cualquier sitio menos a clase. Es por eso que puedo decir que: intimé con la ciudad desde muy niño… vaya si lo hice. Del mismo modo lo hizo Antoine Doinel con París en Les 400 Coups, solo que a diferente escala pero con la misma edad. Mis ciclos vitales están muy ligados a esta ciudad y, en especial, al aire que se respira, al ángulo con el que la luz incide sobre los objetos, al valle, los edificios, etc… ¿Cómo entra la luz por la ventana de mi casa? Pues así me encuentro yo en ese momento. Este valle es como una extremidad de mi cuerpo, al menos lo es psicológicamente… que nadie me pregunte por qué… pero lo es.

¿A dónde iba con las novias de adolescencia?… pues eso: al jardín del Rastro. La luz allí es otra cosa… una atalaya con vistas a mi ADN emocional… quizá por eso siempre acababa allí. Recuerdo que a una de ellas la escribí una canción y se la leí allí… ¡maldita adolescencia! Otra me decía… ‘es que para besar, tienes que hacer círculos con la lengua todo el rato en el mismo sentido… porque si no… ¿Cómo lo haces?… ¡no tiene sentido!’ me decía… ‘Haz lo que te dé la gana con la lengua tronca… pero sácala de ahí’… respondía el adolescente irreverente. Otra me enseñó su libro que, con tan solo catorce años, ya le habían publicado en Madrid. Con otra… y luego… y además… —todos tenemos mil historias con esta ciudad como telón de fondo—. Qué bonita es Ávila… lástima que nosotros, abulenses, seamos tan graníticos y fríos por regla general… debe ser un efecto colateral.

Hemos leído infinidad de veces sobre el misticismo de muchos personajes de la ciudad… sin embargo, no estoy seguro de que se haya valorado verdaderamente lo que teníamos entre manos. Lo verdaderamente místico de Ávila no está en sus personajes ilustres vivos o muertos… sino en la ciudad en sí misma… pues casi con toda seguridad, fue la ciudad un escenario idóneo para debatirse en disquisiciones metafísicas sin complejo alguno. El marco perfecto para perderse en el pensamiento. Sería, en potencia, un lugar idóneo para iniciar una revolución cultural… cercano a la capital, más barato, accesible, la ciudad le deja tiempo a uno para poder llevar a cabo proyectos personales, etc… Por desgracia eso no sucederá. Una pena. La potencia y dinamismo de una ciudad es la suma vectorial de la experiencia de la edad adulta y el empuje de la juventud… la balanza en este caso está incuestionablemente desequilibrada. La juventud abulense está secuestrada en el exterior. Esto no es ninguna novedad para nadie.

Los que nos hemos quedado en Ávila luchando por nuestros proyectos personales, por generar cultura nuestra… desde aquí… por contrarrestar el paternalismo institucional; por nuestros negocios, por intentar concretar una opción viable de vida en la ciudad, corremos un grave riesgo: corremos el riesgo de convertirnos en caricaturas de nosotros mismos… luchando contra enormes molinos… pero en este caso, nos enfrentamos a una gigantesca muralla… la simbólica-psicológica mucho más grande e infranqueable que la real o física.

Observo compungido el gracejo y condescendencia con la que mucha gente de mi edad, ya ubicada fuera de la ciudad, habla en relación a ciertos personajes de la ciudad. Alguno de ellos muy activo en el pasado, otros muy peculiares… gentes de aquí. Sin más. Unos así y otros asado… ¿qué esperaban… que fuésemos todos iguales? ¡Qué sería de la vida si todos fuésemos un bloque de granito igual al de al lado, maldita sea! Todos conocemos a gente de nuestra edad, ya colocada fuera, que habla de la ciudad con la displicencia de costumbre… unos se posicionan del lado A… otros del lado B… Muchos defienden la gestión de esta ciudad… desde la tranquilidad, eso sí, de un buen puesto de trabajo en Madrid, por ejemplo, o cualquier otra cosa. Todos hemos tenido debates de estos. Personas que salieron de la ciudad en su último año de instituto y que JAMÁS se han planteado mover un solo dedo en la ciudad… esas mismas personas que se permiten el lujo de defender una gestión que no han padecido y que, por mero criterio dogmático, están dispuestas a defender por activa y pasiva… eso sí, todo en diferido… sin pisar por aquí más que dos o tres veces al año para ver a papá y mamá. Gente que no ha movido un dedo por la ciudad o, al menos, no desde su instituto.

Y por tanto se produce la siguiente paradoja: los que estamos, estamos desgastados, cansados, desilusionados y desalentados; los que no están, siguen sin estar y no estarán… no se pringarán aquí en la vida… ya tienen su vida hecha fuera y los problemas de la ciudad les resbalan en el fondo… tienen la relevancia que tienen, lo justo para soltar cuatro comentarios y escurrir el bulto. Dogma. Por eso, los que estamos, corremos el riesgo de convertirnos en una suerte de Quijotes que jamás conseguirán nada más que comentarios displicentes de quienes no han movido un dedo desinteresadamente en la vida. Así son las cosas. Por tanto, quizá… ha llegado el momento de, en efecto, marcharse.

La alternativa política tampoco me satisface. En general ninguna. En unas cosas estoy de acuerdo en un lado, en otras en otro… pero pretender razonar frente a un comportamiento dogmático —que es como se concibe todo movimiento político en España— es tontería. No vale la pena. Dogma es dogma y punto. Que la ciudadanía no fomente un cambio político en la ciudad es, sencillamente, insalubre. Los políticos JAMÁS deberían disponer de carta blanca… son el cáncer de nuestras sociedades… y saberse invictos les da cierta tranquilidad y modorra a la hora de desempeñar su función de manera diligente. Un político no debería ser temeroso de dios… sino temeroso de que en la próxima legislatura le larguen del puesto… por torpe. Pero como estamos ante razonamientos dogmáticos… pelillos a la mar. La razón ha desaparecido del espectro político… tanto a nivel local, como nacional. No cabe esperar NADA de la clase política española… ¿por qué iba a ser esto distinto en Ávila?

La vida pública debería forjarse a partir de un equilibrio entre la experiencia de quienes la tienen, y la fuerza y creatividad de quienes tienen juventud pero no experiencia. El modelo político local (y nacional) funciona de manera jerarquizada sin que se produzca equilibrio alguno. Esta circunstancia priva de frescor y dinamismo al devenir público; tanto, que en ocasiones los propios gestores están más desnortados que nadie… puesto que no saben ni qué hacer frente a la juventud… una juventud que les supera (los presidentes de Gobierno siguen sin hablar inglés, algo que el sistema exige incluso a los niños en su periodo formativo).

Aquí, como decía antes, corremos el riesgo de convertirnos en Quijotes… haciendo de los problemas locales nuestra única realidad… problemas que lo son, pero que a la postre, no son más que la consecuencia de la torpeza de otros… no podemos convertirlos en nuestros. No se nos puede exigir a los jóvenes abulenses convertirnos en amebas mórbidas lobotomizadas. No es justo. Pero tampoco es justo por nuestra parte —la de los jóvenes que decidimos quedarnos en su día— que sigamos apostando por algo que nos lleva tiempo pidiendo a gritos morir… no dejamos morir a la ciudad tal y como lo lleva pidiendo desde hace tiempo. ¿Qué diríamos si en nuestro lecho de muerte alguien nos impidiese morir una y otra vez… sin permitirnos descansar? Eso es lo que le sucede a Ávila. Tampoco es justo que nosotros no dejemos descansar a esta ciudad de una vez por todas… aunque nos mueva el amor que sentimos por ella… no es justo, repito.

Y no me valen las diatribas expelidas desde el exterior, en defensa de los gestores locales, y en contra de… ¡a saber qué!… gente que convenientemente afincada fuera de la ciudad, defiende la gestión de nuestra urbe. Está muy bien hablar desde la comodidad de la visita obligada a papá y mamá de vez en cuando. Para estar legitimado para hablar, sería conveniente haber estado aquí dando el callo e involucrado en proyectos varios para revitalizar la ciudad… y luego hablamos. Hay quien se marchó después del instituto y jamás volvió a la ciudad… y habla desde fuera desde la más absoluta comodidad y sin haber movido un dedo aquí… pringando como lo hemos hecho muchos. Cierto es que sois tan abulenses como el que más… pero por favor… dejad de especular y, si algún respeto tenéis por esta gran ciudad, callad cuando debéis callar, y reconoced cuando debéis reconocer. No ayudáis en nada. Echad un cable y listo.

Pero tampoco nos pongamos tontos, hay mucha gente que se ha dedicado en cuerpo y alma a la ciudad más allá de criterios políticos —factor tan decisivo en esta tierra por desgracia— tanto desde la derecha como desde la izquierda. Pero lo importante es el balance… y cabe destacar que el ‘balance’ es un término utilizado hasta la saciedad por la prensa y medios abulenses… Lo primero que se le pregunta a un político o personaje local tras un acto de cualquier índole es: ¿Balance?… positivo, siempre positivo. No hay más realidad ni valor para reconocerla: balance positivo. Pero el balance, a juzgar por lo que me fluye por las venas, no es positivo… ni mucho menos. Ahora que me marcho, he tenido que volver para hacer alguna gestión… y he podido comprobar cómo la ciudad pierde vida a una velocidad que asusta. No puedo ni explicar lo que me va por dentro. Ávila te mueres… vas a pagar el pato… vas a pagar las consecuencias de no haber luchado efectivamente contra el éxodo de tu juventud, ahora no hay un contrapeso que equilibre tu devenir… estás abandonada a tu suerte, una suerte cuya media de edad debe rozar la senectud. Cuando todos los ciudadanos deberían estar abandonando las grandes ciudades para repoblar el medio rural —a causa de la crisis— tú consigues NO ser viable para tus mismos ciudadanos. Cierran los negocios, empresas, comercios… algunos de largo recorrido. Es verdad que la crisis viene para llevarse lo que pille por el camino… no se llevará a España, probablemente lo haga con Europa entera, que pagará las concesiones a la esfera financiera. Pero tú, Ávila… mi querida ciudad, aquella cuyos atardeceres llevo tatuados en mis circuitos neuronales, te estás muriendo… Como tantas otras personas, tuve la mala suerte de despedir a un ser querido en la angostura de una unidad de cuidados paliativos… ¿por qué será que tengo la misma sensación contigo? Me produce tristeza. Sincera.

Pero no pienses que te abandono así como así… ya sabes que me involucré… lo hago porque, como al resto, no nos queda más remedio. No querría dejar de involucrarme —al menos una última vez— y, por ello, querría transmitirte algunas ideas que quizá te puedan ser útiles. El valor de estas ideas no es profesional ni docto… soy nada y nadie y así deseo permanecer. Su valor reside en la sinceridad de quien te quiere bien.

Recuerda que las buenas esencias vienen en frascos pequeños… y tú tienes el frasco. Tienes perfume dentro, pero no te minusvalores… no te ciñas a esas dos o tres gotas, por muy pequeño que sea tu frasco puedes llenarte hasta el infinito, y ni siquiera has empezado… eres el escenario perfecto para una revolución cultural; y esto no es especular, lo eres por una serie de factores muy concretos. Pero tampoco te olvides de que dicha revolución no podrá surgir jamás de entre los despachos de A o B. Y si así fuese… ¡sospecha! No te dejes. Esos despachos tienen su relevancia, qué duda cabe… pero deben ceñirse a salvaguardar el marco en el que te puedas desarrollar, sin condicionarte, sin hipotecar tu vuelo.

Las mentes preclaras del marketing se debaten en infinidad de disquisiciones para descubrir el próximo nicho de mercado… el que nos sacará del agujero. Mal saben dichas mentes que ese nicho se encuentra delante de nuestras narices y a la luz del día… lo que pasa es que minusvaloran aquello que no conocen o de lo que no saben: Cultura —pero de la de verdad, que existe, no cultura de la era SGAE—. No pienses que la cultura es un asunto baladí… para nada. Tampoco creas que la cultura se ciñe a cuatro aprovechados que se dedican a hacer negocio en el mundo del ocio. O que esa misma cultura se ciñe exclusivamente a eso, al ocio. Nada más lejos de la realidad. Piensa que por tus características como ‘frasco’ —eres un frasco pequeño, pero bonito—, debes buscar una fuente sostenible e infinita de contenidos… una fuente de la que puedas hacer vida. El turismo te salvará los muebles, pero te mantendrá moribunda. El ladrillo te dio dinero, pero también te asestó la última estocada. La industria te abandona, pero también te somete y sometió. El turismo no deja de ser un efecto colateral… ¿no te das cuenta? ¿Cuánto turismo ha movido tu famosa Santa a lo largo del tiempo? ¿No es acaso la fuente de esa riqueza algo cultural? No se trata de que busques iconos locales para hacer acto de presencia en el exterior… esa es una visión muy simplista, muy de despacho. Repito, no te minusvalores, alza la mirada y aspira a más. Empápate de cultura… pero ten bien presente qué es cultura para poder empaparte de ella como debes… no permitas que el ambiente sulfuroso y corrosivo del medio político te boicotee la jugada.

La cultura es un registro eterno de los núcleos sociales, una especie de fotografías emocionales de las sociedades en un determinado momento… Siempre que exista un núcleo social, existirá cultura; por tanto es algo inagotable. Empieza a correr —el camino es largo y difícil— hacia la conquista de ese nicho… porque, aunque no lo sepas, eres el escenario idóneo para ello. En términos logísticos, geográficos, estratégicos, económicos, estéticos… lo tienes todo… solo te falta lo más importante: emisores, receptores, y reconocerte en ello. No te ciñas a un mercado medieval y cuatro cosas más… puedes aspirar a mucho más; tampoco divagues con conatos extraños y efímeros de cultura deslavazada… ve al turrón. Empieza también por reconocer que la cultura, como el campo, no tiene puertas… y que dejarla impregnar del ambiente corrosivo y sulfuroso —repito— de la política —como se concibe actualmente— no puede más que dar al traste con tus intentos. Ya se darán cuenta, tranquila. Y si no lo hacen por convicción lo harán por subsistencia por tanto repito: tranquila.

Todo esto será difícil para ti. Sobre todo porque estás famélica. Basta ir a uno de tus actos y analizar tu público… son detalles a tener en cuenta. En Ávila, uno o dos minutos antes de que termine un concierto, tu público —probablemente aquejado por algún tipo de incontinencia urinaria debido a la edad— se levanta y empieza a abandonar su sitio… por no tener que hacer cola al salir… aunque el que toque sea el mismísimo Jorge Pardo. Es igual. Una falta de respeto considerable hacia las personas que están en el escenario, pero nadie lo interpreta como tal. Necesitas a tus jóvenes para encontrar un equilibrio en la población… pero claro, será difícil recuperarlos… los jóvenes que están se van, y los que se fueron dejarán de serlo en unos años; quizá entonces vuelvan… pero seguirás con tu juventud secuestrada en el exterior. Te costará trabajo recuperar eso. A veces me da por pensar si esta cosa de tener a la gente joven y en edad de aportar algo a la ciudad ‘secuestrada’ en el exterior, no es una rémora que se arrastre desde que Alfonso I hirvió a los 60 rehenes en Las Hervencias… no deja de ser simbólico; protegemos al Rey Niño y mandamos rehenes fuera de la muralla a que sean hervidos en aceite como hizo Alfonso I… y la ciudad se queda con los niños y los ancianos.

En fin… ya he dicho demasiado. Voy a ir terminando, pero no me querría marchar sin antes hacer una cosa.

Mi abuela Mercedes falleció hace unos meses. Ella fue de las primeras personas que conocí al llegar a Ávila y para mi está intrínsecamente ligada a la ciudad, es inevitable. Era una persona muy particular… muy culta e inteligente, solía escribir poemas a todos sus familiares, hijos, nietos, etc… es raro que alguno de nosotros no tenga un poema dedicado y escrito por ella. A los pocos días de su fallecimiento, mi tío me hizo llegar un poema suyo… no iba dedicado a nadie en concreto —que me conste—, pero es profundamente simbólico. Más aún después de su fallecimiento. Cuando lo leí me pareció precioso. Sin paliativos. Quise pues hacer trascender el valor del poema convirtiéndolo en canción, retribuyendo así con mi exigua aportación el esfuerzo creativo de mi abuela hacia los suyos.

Pero no satisfecho con ello, quería ubicarlo a su lado… de modo que junto a un puñado de amigos, fuimos al cementerio de Ávila y nos acercamos a su tumba… allí, bajo un árbol, canté su poema.

El viento nos jugó una mala pasada, y no tuvimos tiempo de buscar una funda para el micrófono… pero es igual, así salió a la primera, así se queda. Ha sido complicado mudarse y hacerlo todo al mismo tiempo.

Lo dicho… no sé cuánto tiempo estaré fuera, en principio estas decisiones no se toman así como así para cambiar a la mínima de cambio. Seguiré estando por ahí… pero de manera itinerante, como los que ya marcharon antes. Ahí queda la cosa pues. Que nadie se haga mala sangre, este texto no es más que el registro de otra vivencia abulense más… no pasa nada. Allá cada cual.

A %d blogueros les gusta esto: