Ávila, universo par (Episodio IV)

Bajo la premisa de que la opción más sencilla siempre es la correcta, decidió huir. Pero, nada más pasar la Venta de la Canaleja, se topó con un control policial.

- ¿Dónde va, caballero? –le preguntó el que parecía ser el agente al mando.

- Me marcho de esta absurda ciudad –respondió nuestro protagonista con tono malhumorado.

- ¡Ah, no! ¡De ningún modo! ¿Acaso no conoce nuestro programa ‘Respaldo juvenil’?

Al decir esto último, señaló un enorme cartel que tenía a su lado. En él se podía leer, en letras de muchos colores, el siguiente texto:

“Programa ‘Respaldo juvenil’. ¿Tienes menos de 35 años? Tu lugar es Ávila. ¡No lo dudes! Aquí te facilitaremos un trabajo acorde a tu titulación, vivienda a precios asequibles y una inagotable abanico de actividades culturales y de ocio”.

El señor agente le dio un folleto y le obligo a dar media vuelta con palabras amables:

- Ale, venga… vuelva a la ciudad amurallada, cabeza loca. ¿Dónde va a estar mejor que aquí? Usted vaya al Espacio Joven, que se encargarán de buscarle un buen trabajo y un lugar digno para vivir, ya verá. Y que no vuelva yo a verle por aquí, por favor. ¡Dirección Salamanca! ¿Qué se le he perdido en esa ciudad sin futuro?

Resignado y sin ganas de discutir, volvió sobre sus pasos como un autómata. No le quedaban muchas opciones más allá de acudir a la cita con la morenaza. Miró su reloj: tenía 25 minutos para ir a San Antonio acompañado por su resaca y su dolor de cabeza. Andaba pesando cómo llegar a tiempo cuando vio una entrada de metro junto a la ermita de San Segundo.

La verdad es que, a estas alturas, ya nada podía sorprenderle. Parecía estar bajo los efectos sedantes de algún tipo de droga dura o como si hubiera escuchado de un tirón el disco recopilatorio de algún cantautor ‘moñas’. Así que entró en el metro como si tal cosa y, sin el mínimo atisbo de asombro, leyó en un periódico gratuito local que Pau Gasol había expresado su deseo de retirarse en el Óbila y que el Real Ávila había perdido la final del Mundialito de Clubes ante el Boca Juniors. Se bajó en la parada llamada ‘Jardín botánico de San Antonio’, la anterior a la ‘Estación de AVE’ (línea roja) y paseó por un paradisíaco vergel hasta que encontró a la morena delgada vestida de negro riguroso.

- Imagino que tendrás muchas preguntas.

- Pues más bien, majilla.

- Lo primero que tengo que decirte, Pepe, es que yo soy el Oráculo y esto es Matrix.

Silencio infinito hasta que ella estalló en un manojo de carcajadas.

- Que no, hombre, que es broma –dijo limpiándose las lágrimas que le provocó el ataque de risa.

- Pues menos cachondeo, resalá, que no está uno para tonterías a estas alturas. Dime dónde estoy y qué cojones le ha pasado a la ciudad. ¡Esto es de locos!

- A Ávila no le ha pasado nada. Lo único que ocurre es que estás dentro de la historia que han creado cuatro bobo-tontos con un blog que alimentar.

- ¿Qué? ¿Repeat, please?

- Que tú y yo no somos más que dos personajes creados en las mentes perturbadas de unos perro-flautas con aires de gato-panderetas y mucho tiempo libre –mientras decía esto, sacó un paquete de la cazadora y comenzó a fumar-. Por lo que tengo entendido, es un relato a varias manos. Empezó la historia uno de ellos y el resto va continuando como buenamente puede.

El hombre siguió mudo, rozando el coma.

- El caso es que, según mis cálculos, debemos de estar en la parte final –continuó ella-. Ahora mismo hay un idiota intentando cerrar esta historia, poner el punto final de una forma medio decente. Y no hay nada más peligroso que un idiota delante de un teclado de ordenador.

Dio varias caladas a su pitillo.

- Nuestro objetivo, el tuyo y el mío, es conseguir que la historia nunca acabe. Y para eso, la primera regla es que no puedes dormirte.

-¿Cómo?

- Sí, prohibido dormirte. Al idiota se le ha ocurrido acabar la historia en plan ‘Los Serrano’. Te despiertas y todo fue un sueño… ¡Hay que ser cutre, joder! Ya lo han intentado antes, cuando te has despertado del hotel, pero quedaba uno de los ineptos por escribir, y han tenido que seguir la historia.

- No tiene ningún sentido lo que me estás contando, morena. ¡Ninguno!

- Lo que no tiene sentido es este relato de mierda que no hay por donde cogerlo. ¿Pero no te has dado cuenta de la cantidad de hilos argumentales que han quedado abiertos sin cerrar? ¿Qué paso con esa Teresa, del Círculo de Lectores, la que te llamó al principio de la historia? ¡No hemos vuelto a saber nada de ella! Si ya te digo yo que no hay nada peor que un tonto delante de un teclado.

- ¿Y el hombre trajeado que te acompañaba? ¿El del flequillo? ¿Por qué discutías con él en el hotel?

- ¡Ah, ese! Es el viñetista del blog, un tal Illo. Él está conspirando contra todo esto. Quiere poner fin a esta ciudad idílica porque así no puede burlarse de nada ni de nadie. Todo es perfecto y él no puede hacer humor sobre algo así. Por eso te arreó ese bastonazo, con el fin de que, al despertar, los plumillas de la historia utilizaran el argumento de que todo fue un sueño…. Pero ni para eso valen, los muy….

- ¿Y qué quieres que haga yo?

- Nuestro objetivo, pimpollo, es hacer que la historia continúe avanzando, ¡sea como sea! Ahora mismo hay un tonto buscando ideas absurdas para poner el punto final y nosotros tenemos que evitarlo.

- ¿Por qué?

- ¿Cómo que por qué, atontado? ¿Tú has visto la ciudad en mejor estado que aquí dentro? Esto no nos lo podemos dejar escapar, te lo digo yo.

- No entiendo nada –la voz de Pepe sonaba quejumbrosa-. Si es verdad lo que dices y no somos más que dos títeres, ¿qué podemos hacer nosotros?

- Mira, tengo una pistola –respondió mostrando un bulto en la parte trasera de su pantalón-. Podemos ponernos a pegar tiros a diestro y siniestro. La historia no podría acabar ahí, tendría que pillarnos la Policía, habría una persecución y todo eso. Otra opción es hacer el amor. Ningún relato que se precie acaba con una escena de sexo, ¿no?

Resignado (quizás también algo cachondo), nuestro protagonista comenzó a  desnudarse. Nunca fue un hombre violento.

De repente, una voz sonó como si viniera desde las entrañas de la tierra:

“Y en ese momento, una enorme crecida del río Adaja comenzó a inundar toda la ciudad”.

- ¡No me jodas! –gritó la morena.

- ¿Qué pasa ahora? –preguntó Pepe con los pantalones por los tobillos.

- Es el narrador omnisciente, el muy cabrón… ¡Nos va a inundar! ¿Pero qué tipo de final es este?

“La ciudad se fue sumiendo en las oscuras y pantanosas aguas del Adaja, que engulló todo a su paso”.

El agua llegó al Jardín Botánico y todo lo que estaba alrededor de ellos comenzó a inundarse. A Pepe, que seguía en ropa interior, comenzó a preocuparle que el calzoncillo trasparentara con la humedad.

“Los dos comenzaron a bracear en medio del Jardín Botánico para mantenerse a flote y, junto a ellos, un precioso portátil Mac flotaba marcándoles el camino de la salvación. Era su vía de escape, pero solo había sitio para uno, así que nuestro protagonista subió a la morena al ordenador y se quedó junto a ella esperando la muerte”.

- No había otro final más pastelón, no… El jodido ‘Titanic’ –siguió gritando la morenaza-. Va a acabar plagiando el final cursi de ‘Titanic’… ¡La madre que lo trajo!

“El frío llevó a Pepe al sueño eterno. Sin poder controlar las lágrimas, la morena dejó que el cuerpo de su amado descansara en las profundidades”.

FIN

 

Ávila, universo par (Episodio III)

Esta historia, lo digo para los que no lo tengan claro, es un nuevo invento de nuestra perturbada mente. Para entenderla (o no, de momento no la entiendo ni yo) debéis leer primero la primera parte escrita por Alberto, la segunda que nos trajo Rubén y, por supuesto, su desenlace, que no lo traerá Pablo en algún momento no muy lejano…

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Conocía aquella extraña sensación. No era la primera vez. Sobre todo conocía aquel terrible dolor de cabeza. Creía además haber sido víctima de algún tipo de broma o de una de esas pesadillas de las que deseas despertar pero no puedes. Debió ser gorda la borrachera de la noche anterior. Con los ojos aún cerrados respiraba aliviado por haber despertado de aquel sueño. Aquel Ávila desconocido, irreconocible. Aquel Ávila de Zaras, Apple Stores y otros asuntos que, en otras circunstancias sería la ciudad deseada pero que en aquella pesadilla, tan de repente, no entendía. Menos mal que ahora no despertaba, como en su sueño, en ningún banco en mitad de la calle. Estaba calentito, bien arropado, cómodo. Dio media vuelta con la intención de prolongar unos minutos más su estancia en la cama y descansar de la borrachera, pero…

- Un momento. Esa ventana debería estar al otro lado.- Abrió los ojos buscó el interruptor de la luz de su habitación en su lugar habitual, junto a la mesilla de noche. No estaba. Tanteó, se levantó de la cama recorriendo las paredes mientras las palpaba como si de encender aquel interruptor dependiese el orden mundial. -Maldito dolor de cabeza- Finalmente acertó con el botón.

Nada más apretar el interruptor sintió como si tres mil agujas atravesaran sus pupilas. Tardaría en acostumbrarse a tal despliegue de luminosidad. Mierda… No es mi casa. Se encontraba en lo que sin duda era una habitación de hotel. Él nunca tuvo baño propio en su casa de 2 habitaciones que compartía con sus padres y su hermano pequeño y sin duda, aquella puerta daba acceso a uno. La habitación, estaba decorada en tonos verdes tanto en el papel de las paredes como en las cortinas, sábanas, etc… Sin duda era una buena habitación, debía costar un dinero… ¿Qué hacía allí? ¿Cómo había llegado? Todo, de repente, se volvía de nuevo extraño. Corrió hasta la ventana, levantó la persiana y… ¡Ávila! En toda su inmensidad. – ¿Qué pinto yo en el Hotel Cuatro Postes? – Se preguntó. Comenzó a preocuarse sobre manera. Todo era especialmente extraño y, por supuesto, lo que minutos antes achacaba a un mal sueño, comprobó que se trataba de tal. Una de las pistas que le llevó a darse cuenta fue el gran chichón que tenía en la cabeza y que le llevó a recordar aquél terrible bastonazo que recibió por parte de aquel misterioso calvo.

- Mierda, mierda, mierda… ¿Qué está pasando? Tengo que irme, tengo que salir de… – Algo le interrumpió. Se oían voces en el pasillo, muy cerca de su puerta. Se acercó a ella, abrió con sumo cuidado para intentar echar un vistazo sin ser visto. No acertaba a ver nada. Seguía oyendo las voces, no estaban lejos. Eran dos, un hombre y una mujer, seguramente el calvo con su simpático bastón y aquella misteriosa mujer. Discutían. No llegaba a entender todo cuanto se decía pero reconocía sin lugar a dudas que estaban discutiendo. Un portazo, tacones por el pasillo…

Cerró la puerta procurando hacer poco ruido. Aquellas pisadas sin duda se dirigían hacia allí. Se tiró dentro de la cama, se tapó y se hizo el dormido justo un instante antes de que la puerta se abriese dejando paso a la enigmática morena. Entraba sobresaltada, nerviosa. Sin duda era ella la persona que entablaba calurosa conversación en el pasillo.

- Despierta, rápido, no hay mucho tiempo. Debes salir de aquí. Vete y encuéntrate conmigo en una hora en el Jardín Botánico…
- ¿Qué está pasando? ¿qué es todo esto? – Se apresuró a preguntar.
-No hay mucho tiempo, hora debo irme. Hazme caso, ve al Jardín Botánico y espérame allí. Llegaré en una hora…
- Pero… ¿Qué dices de un Jardín Botánico? ¡En Ávila nunca hubo Jardín Botánico!
- Cómo que no. – Contestó la mujer – En la zona Norte, al lado de la Iglesia de San Antonio…
- ¿El parque de los estorninos?
- ¿Estorninos? No, nunca hubo estorninos en San Antonio. Corre vete, no hay tiempo.- Acabada la frase la chic morena desapareció de la habitación y tras ella salió nuestro amigo deseando poner tierra de por medio y encontrar una explicación a todo cuanto le ocurría. Recorrió dos largos pasillos hasta llegar a la zona de ascensores, pulsó compulsivamente todos los botones como si hiciese falta apretarlos 20 veces para que los aparatos funcionasen. Subió en el primero que llegó y bajó al hall.

Nada más salir del elevador se topó con algo que le hizo tener un ápice de esperanza. Ese tipo del traje, ese señor que se encontraba apoyado en el mostrador de recepción es…

- ¡Don Miguel Ángel! – Gritó. Es usted.
- Disculpe señor, ¿puedo ayudarle en algo? – Preguntó educadamente
- ¡Claro! Al fin me topo con alguien conocido…
- Dicúlpeme, señor pero  no nos conocemos.
- Normal, usted a mí no pero yo sé quién es usted.
- Claro señor. Soy el recepcionista del hotel.
- ¡NO! – gritó indignado – usted es Don Miguel Ángel García Nieto, Alcalde de esta ciudad.
- Mis más sinceras disculpas, caballero, pero se equivoca. El Alcalde se llama Guillermo y nada tengo que ver con él. – Comenzó a sonar el teléfono de recepción -
- No, no. No puede ser. Usted es nuestro Alcalde. Anoche, cuando salí de casa lo era…
- De verdad que lo siento, caballero pero yo, aparte de mis años de profesor de autoescuela, no he conocido otra labor que la de recepcionista de este hotel y ahora, si me disculpa, debo contestar al teléfono.

“Menuda locura, no entiendo nada, debo salir de aquí” . Pensaba nuestro protagonista mientras se encaminaba con paso rápido y nervioso hacia la puerta giratoria del hotel. Salió de él y se encaminó hacia el monumento que da nombre a la instalación hostelera. Una vez llegado allí se sentó. Miró a la ciudad. No parecía haber cambiado nada. El aspecto era el mismo que recordaba haber divisado desde allí en infinidad de ocasiones pero era evidente que no todo permanecía igual. Miraba la ciudad esperando que la muralla le gritase qué hacer. Pocas veces había estado tan perdido como en aquella ocasión.

El tiempo corría. Le quedaban 45 minutos para llegar a su cita con aquella mujer. “No me ha dicho ni su nombre” pensaba. Todo eran dudas. ¿Debía asistir a la cita con ella? Pues quizá allí encontrase las respuestas que buscaba pero aquella resaca que aún le acompañaba y, sobre todo, el terrible dolor de cabeza, que era aún peor por el bastonazo recibido, le indicaban que allí no encontraría nada bueno, ¿o quizá sí? De repente le cruzó por la cabeza una segunda opción. Quizá no era lo más valiente pero… “¿Y si hago un ‘Santa Teresa’?” Pensaba… “¿Si me voy de aquí sacudiendo el polvo de la ciudad en este viejo apeadero?” No le quedaba mucho tiempo. Tenía que tomar una decisión. Abandonar, irse renegando de todo lo que había visto en las últimas horas que tanto desconcierto le generaba. De no ser así su tiempo se agotaba. En 40 minutos le esperaban en el Jardín Botánico.

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Si quieres seguir leyendo: Episodio IV

Ávila, universo par (Episodio II)

Continuamos. Como ya imaginaron nuestros lectores más sagaces… lo de ayer fue nuestra particular charlotada. Pedimos disculpas por la gracieta (excusas ya incorporadas también en la anterior entrada) y recomendamos el uso del hashtag #willydimision en Twitter porque la idea fue suya. Vaya tropa. Hay que reconocer que el resto también somos culpables: los escribientes de este rinconcito han aprovechado las fechas navideñas para juntarse junto a unas coca-colas, echarse unas risas, conspirar contra el poder y de paso coger fuerzas para seguir adelante por otros porrocientos días más.  Que no panda el cúnico ni se deschampe el corchán. Ladramos y cabalgamos. O algo así. 

Lo penúltimo que teníamos abierto era un relato. La idea viene de antaño y consiste en imaginar una Ávila radicalmente diferente a la que conocemos. Cuatro manos para escribir un único texto sin que ninguna tecla sepa de antemano por dónde le va a venir la historia. Alberto dio comienzo con este fenomenal inicio

… y servidor (mcguffin mediante) encadena con….

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- Tomás Luis de Victoria, buena elección para un politono.

La voz era de un amable ciudadano que disfrutaba también con beatífica sonrisa de la vista hacia el valle.  ¿Tomás Luis, el del viejo cine? Si de algo estaba seguro era de que el teléfono le llevaba años sonando a lo mismo. No le gustaba eso de cambiar de tono de llamada: orgullo de barriero,  bohemios y soñadores. Al fin y al cabo – y aunque quisiera aparentar lo contrario – no dejaba de ser un abulense de bien: castellano de vino, dardo, sombrero y algo de mala sombra.

Esa música  que no había oído en su vida  seguía reclamando su atención desde el teléfono.  Se decidió a descolgar.

- ¿Señor Herráez? ¿Es usted?

Se fue incorporando mientras seguía mirando la pantalla con extrañeza. Al menos – algo era algo y además el Moneo no existía – se seguía llamando igual que antes de los tequilas y los dardos.

- Al apadato – la boca definitivamente seguía siendo pastosa y pesada con una lengua digna de Pepe Viyuela.

- Soy Teresa, del Círculo de Lectores. ¿Me recuerda? Hablamos anoche, en la convención astronómica nocturna.

Eso sí que era imposible. El cuello continuaba con sus quejas y la cabeza le chirriaba en cada gozne. La noche anterior no había asistido a ninguna convención astronómica ni cristo que lo fundó. La única cosa cósmica había sido la borrachera colectiva en el garito: cervezas, copas, dardos, tequilas.  Mejunje mejicano y almendras. Aunque a esas horas ya empezaba a dudar de que esas Aliada fueran realmente almendras.

- Sí, claro que recuerdo – mintió. Ahora no puedo atenderla. Voy con prisa. Gracias. Ya les llamaré yo.

Esa voz…esa voz… Ya lo pensaría más tarde. Necesitaba hacer una última comprobación. Cruzó San Pedro en dos zancadas en dirección al barrio de Las Vacas. Ni rastro del Alférez Provisional: “Avenida de la Democracia”, decía la lustrosa placa. La cartelería en las paredes no era menos inquietante: “Noche Indie en el Vishnú: Esta noche especial Vetusta Morla. Cuesta de Julio Jiménez”. “Museo de Arte Contemporáneo: ilustraciones de Juan Jiménez. Valle del Corneja”.

Qué carajo. Un petardo, necesitaba oir un petardo. Por mucho que esta Ávila  luciera diferente seguro que en el barrio habría alguna fiesta. No se esperaba el impacto.

- A tomar por cleta la biciculo.

Una Apple Store. En lugar del viejo Risas había una Apple Store, con su imagen de Steve Jobs y su manzana. Una moderna instalación – adecuada no obstante al entorno de la plaza – que compartía pared con un complejo de nombre R.I.S. “Research Investigation Spain. Instituto Tecnológico de Ávila”.  Jóvenes gafapasta poblaban el lugar absortos en sus pantallas sin duda disfrutando de un servicio wifi de calidad.

Era lo más extraño que había experimentado nunca: No había un ruido en la Plaza de las Vacas. No había coches. Alguna bici. Juventud. Silencio.

Huyó hacia el único lugar que en esos momentos le podía devolver a la normalidad. El Sur. El Bar Sur, para ser más exactos. Caña y patatas dos salsas. Sonido de tragaperras. Sweet home, dulce hogar. Que una cosa era que no hubiera edificio de Moneo y otra que en vez de croquetas le sirvieran nitrógeno de sodio caramelizado. O al menos eso esperaba.

- Bienvenido señor ¿desea entrar al parlamentarium o prefiere participar en el torneo?

- ¿Parlamen…qué? ¿Torneo? – miró alrededor. Donde esperaba encontrar la tragaperras se ubicaba una enorme vitrina llena de una especie de tinajas artesanales.

- Campeonato de ajedrez, señor. El ganador se lleva el búcaro de la casa. Acomódese y disfrute de las partidas. Parece que no lleva buena cara.

- Creo que necesito una tila. Un té. Un café. Lo que tengan.

Se le había multiplicado el dolor de estómago, el mareo, el dolor de cabeza, el chirrio de goznés. Engulló el café sin echarle siquiera azúcar. En la esquina del llamado parlamentarium la televisión retransmitía el pleno municipal: “Aprobado el PGEU” decía el faldón.

- Qué buen alcalde es Guillermo – comentó el camarero. Hacía falta profundizar en ese tema.

- ¿Es que también aquí van a construir más pisos? – inquirió con cierto alivio, visto lo visto.

- Ya veo que es de fuera, señor. Es el “Plan General de Educación Urbana”. La ciudad quiere seguir a la cabeza del desarrollo cultural europeo.

What the fuck. Echó un vistazo al periódico: “El campamento de Venero Claro visita el Museo de Ávila”. “La capital amplía sus ofertas de ocio nocturno”. El tortazo de anoche debió ser fenomenal, pensó.

“Estaré en otro sitio que no existe. Esta tomadura de pelo ha de terminar. Si es un sueño, me pondré a volar”

Niet.

“Aparece Scarlett Johansson.”

Nein.

No tenía sentido y además era imposible. Una ciudad despierta, educada, amable, innovadora, viva.

- Caballero, disculpe. Caballero. Parece que le llaman desde la calle.

A través del cristal vio a un hombre calvo, impoluto, inexpresivo. Le miraba desde la otra acera con seriedad. Un Avilabus se interpuso en la trayectoria visual antes de que pudiera salir por la puerta.

- Eh, espere un segundo. ¿Sabe usted donde estoy? ¡Eh! ¡Espere!

Espero al siguiente autobús con ansiedad. Línea circular, otro nuevo invento de ese sitio extraño. El conductor daba las buenas tardes, conducía con suavidad, los niños cedían sus asientos a los mayores. Subieron la Avenida de la Democracia, Paseo de San Roque, Avenida de Madrid. En la rotonda de la cremallera acertó a divisar un pensador de Rodin. Ni rastro de otro calvo que no fuera el de la estatua.

Abatido, cansado, resacoso, confundido y destrozado se venció sobre el asiento. Sintió el traqueteo en sus costillas de cada adoquín de la Ronda Vieja. No sabía dónde parar, qué hacer. Se dejó llevar. El autobús comenzaba a girar en dirección al Puente Adaja y entonces la vio.

Morena, delgada, pelo corto, flequillo de lado. Pantalón negro, jersey del mismo color. Inconfundibles labios rojos y a su lado el impoluto e inquietante alopécico. Quiso bajar de inmediato pero no contaba con la aparición del jorobado Murallito. Turistas suecos atendían las explicaciones (en perfecto inglés) del guía turístico.

Esos 20 segundos de cruce infernal fueron suficientes para que se le escaparan de nuevo. Ahí tenían que estar sus respuestas, bramaba. Hizo caso a sus pálpitos y salió pitando en dirección a San Segundo. Cruzó el Río Adaja, afortunadamente poco caudaloso en esas fechas del año. Aún así – maldita fuera su estampa - se había llenado de tierra y ya no adivinaba si llegados a ese punto habrían girado hacia la antigua fábrica de harinas o en dirección a la carretera de Salamanca.

Paró un segundo para respirar. Se subió la pernera, se quitó el zapató y se sacudió los calcetines. En ese momento, sin que le diera tiempo a reaccionar, vio al calvo aparecer por detrás. Un bastonazo. Crij. Kaj.

- La ciudad no se ensucia con barro, marrano.

De nuevo el cuello rígido, de nuevo un escorzo extraño. Esa caída iba a quedarle de todo menos artística. Antes de desmayarse vio a la chica sonreir. Detrás de ella, flamantes e impertérritos, se distinguían perfectamente Los Cuatro Postes.

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Si quieres seguir leyendo: Episodio IIIEpisodio IV

Ha sido un auténtico placer (FIN)

Fue bonito mientras duró, pero los responsables de este blog nos vemos en la obligación de comunicar el punto y final de un proyecto que arrancó llenó de ilusión y compromiso el pasado julio. Seis meses después, seis meses repletos de presiones y zancadillas, el sueño ha terminado. Este web cierra porque así lo han querido aquellos que siempre han odiado los cambios tanto en la capital como en la provincia. El pez grande, una vez más, se ha comido al pez pequeño. Hartos estamos de hacer frente a sutiles (y no tan sutiles) métodos de coacción y las fuerzas solo nos han durado hasta aquí.

En el aire quedan muchos temas por tratar y muchas entradas por escribir (incluido el reciente relato iniciado por Alberto, que quedará incompleto como metáfora de este cierre). El proyecto se interrumpe pero esperamos retomarlo más adelante, algún día, cuando expresar la opinión libremente no tenga consecuencias en esta tierra. A todos aquellos que nos han apoyado desde el principio, que nos han leído, que opinaron a favor o en contra, que nos permitieron mejorar con sus críticas… GRACIAS.

Actualización 23:55 

 Fitch Ratings ha puesto en revisión para una posible rebaja el rating ‘BBB’ que le había otorgado a esta gracieta como una de las peores inocentadas del curso. Paren las rotativas… Los 4 Palos sigue abierto por mucho tiempo. Feliz día de los Inocentes

Ávila, universo par (Episodio I)

Las líneas que van a leer a continuación son la primera parte de un relato escrito a varias manos. Bueno, más que escrito, por escribir. Dónde hoy lo dejo yo, otro de nosotros, que lee el relato por primera vez como usted, lo continuará. Era una idea que teníamos desde hace un tiempo, antes incluso de que existiese este rincón y que hemos decidido recuperar ahora que la actualidad se ralentiza para celebrar las fiestas que nos ocupan. Espero que les guste (y que mis compañeros no se enfanden por dejarles a ellos la peor parte: continuar y cerrar la historia sin recurrir a Resines o al limbo donde viven los personajes de Lost)

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Conocía la mayor parte de las sensaciones que experimentaba. El dolor de estómago, el mareo, el dolor de cabeza, la boca seca y áspera… Eran viejas amigas. Tenía frío. Todavía con los ojos cerrados y medio dormido, buscó a tientas una sábana, una manta, un edredón con el que taparse pero no los encontró. Movió con desgana los dedos de los pies y los notó entumecidos y aprisionados. Aún tenía puestos los zapatos. Se dio cuenta de que se había quedado dormido vestido, posiblemente desplomado sobre la cama o el sofá. Intentó darse la vuelta pero no pudo. Notó el colchón duro, el cuello rígido y forzado en un escorzo extraño. Le dolían los riñones y las piernas y uno de sus brazos estaba dormido bajo el peso del resto de su cuerpo.

A medida que la claridad le despertaba, debía de haber dormido con la persiana levantada y las cortinas descorridas, imágenes, retazos de la anterior noche, empezaban a rebotar entre sus neuronas. Una cerveza, dos, tres. Dardos. Un chupito de tequila. Otro. Un tercero por la amistad. Una copa. Un baño oscuro y maloliente. Una chica. Sonreía mientras hablaba con él. Morena, delgada, con el pelo corto, flequillo de lado, labios rojos, un jersey gris de cuello alto, un pantalón negro. ¿Quién era? No lo recordaba. Sus amigos en una esquina del bar. Le miraban. Otra copa, otra sonrisa. Una bolsa de almendras marca Aliada. Un beso de despedida. Otro bar, otra copa.

No recordaba como había llegado hasta casa, si es que estaba en su casa, ni a qué hora había llegado. ¿Se habría ido con aquella chica? Necesito una ducha y una café, pensó y comenzó a abrir los ojos con desgana. Al principio no comprendió muy bien qué sucedía pero donde debía haber estado el techo blanco de su piso se extendía una inmensa extensión de color azul cielo. Sacó el brazo que tenía aprisionado e intentó erguirse. El cuello le dolía horrores, el mundo volvió a moverse como si cruzase en patera un mar arbolado con secuoyas gigantes y bajo él, donde debía estar la cama comprada en el Ikea, solo había fríos y duros listones de madera.

- Mierda – se dijo despegando la lengua del paladar y arrastrándola pesada por el interior de su pastosa boca – he dormido en un banco en mitad de la calle. Estupendo-

Se quedó sentado en el banco que había sido su cama las últimas horas, agachado, sujetándose la cabeza con las manos, mirando al suelo mientras esperaba que el mundo llegase a puerto. ¿Dónde estaba? ¿Qué hora era? ¿Qué día era? ¿Por qué había dormido en la calle? Aturdido, levantó poco a poco la cabeza entre sonoros quejidos de los músculos de su cuello y miró a su alrededor. Sabía perfectamente dónde estaba. A su derecha, el Ayuntamiento, a su izquierda la Iglesia de San Juan y frente a él la Calle Vallespín. Había dormido en el centro de la ciudad.

- En el puto mercado chico. Tiene cojones.

Se levantó como pudo, apoyándose en el banco, y poco a poco recuperó la verticalidad. Miró a su alrededor. Delante del edificio del Ayuntamiento, una cola de gente de todas las edades serpenteaba entre los pilares de la plaza y se perdía por la cercana plaza de Zurraquín. ¿Qué pasaba? Algo navideño, seguramente, se dijo. Los carteros reales, Mama noel, el hombre del saco o algo así. De todas formas, decidió acercarse a preguntar.

Arrastrando los pies y con las articulaciones en servicios mínimos, se impulsó hasta la cola mientras rebuscaba sus pertenencias en los bolsillos del abrigo. Encontró la cartera, lo que le tranquilizó, las llaves de su casa, el teléfono móvil y un papel doblado. Sacó el papel y lo desdobló. En un lado del papel, con tinta roja y letra amplia y redonda había escrito un número de teléfono que no reconoció. Esto último tampoco le preocupó ya que apenas recordaba dos números de teléfono. Se guardó el papel en el bolsillo y se acercó a un hombre de mediana edad que esperaba paciente en la cola leyendo Le Monde Diplomatique. Esto último, si no soportase sobre sus hombros una de las mayores resacas de su vida, seguramente le habría llamado la atención.

- Disculpe ¿qué sucede? – preguntó al hombre, guardando las distancias y procurando no mirarle directamente para que su aliento etílico no intoxicara al anónimo ciudadano.
- Es la cola para asistir al pleno.
- ¿Perdone?
- El pleno semanal del Ayuntamiento – dijo el hombre con tranquilidad
- ¿Están todos esperando para entrar al pleno? – con un vistazo rápido calculó unas cuatrocientas personas.
- Sí. Últimamente viene menos gente, pero aún así hay que madrugar para tener sitio en el salón de plenos. En las pantallas planas que habilitan en otras salas no se está mal, pero no se respira igual la democracia.
- Ya. ¿Desde que hora lleva aquí?
- Desde las cinco de la mañana – dijo el hombre con indisimulado orgullo.

Dio las gracias al amable caballero y se alejó de la fila y del ayuntamiento. Necesitaba una ducha y un café bien cargado porque era evidente que todavía estaba borracho. ¿400 personas esperando desde primera hora de la mañana para asistir a un pleno? ¿En Ávila? ¿En pleno invierno? Algo no encajaba y sospechaba que el tequila tenía mucho que ver. No volvería a beber, se juró, mientras avanzaba aún renqueante por la Calle Reyes Católicos en dirección al Mercado Grande, Plaza de Santa Teresa según la denominación oficial y según Google Maps.

Desde la parte alta de la calle Alemania vió otro centenar de personas ocupando el cruce de esta con la antigua calle generalísimo. ¿Habría allí instalada una pantallas gigantes para seguir el pleno del Ayuntamiento? ¿Desde cuando ponía pantallas gigantes el Ayuntamiento? ¿Desde cuando interesaba a alguien el pleno del Ayuntamiento? Cuando llegase a casa, se dijo, lo buscaría en Internet. En el centro del grupo, una anciana, elevada sobre las cabezas del centenar largo de personas, tras un pequeño púlpito, dirigía un vigoroso discurso a la multitud blandiendo en una de sus arrugadas manos un avejentado libro. Timidamente se acercó a escuchar, pero al llegar a las últimas filas la anciana calló y la congregación rompió en aplausos. La señora sonrió, hizo un gesto de agradecimiento y dejó su lugar en el podio a una chica joven, con el pelo rapado, un vistoso tatuaje en el cuello y un llamativo piercing en cada una de sus cejas. ¿Era una asamblea del 15-M? ¿Una alianza de perriflautas y jubilados para dominar el mundo? ¿Un congreso sobre la hípica maya? ¿Estaban grabando un anuncio de MoviStar?

- Gracias Marisa por tu aportación – dijo la joven dirigiendo una sonrisa a las primeras filas del público – Con esto, amigos, terminamos la sesión de debate de hoy sobre la “Crítica de la razón pura”. Como sabéis, la semana que viene comienza nuestro ciclo de filosofía clásica. ¿Quiénes quieren ser los primeros en hablar sobre el Timeo de Platón?

Varias docenas de manos se alzaron a su alrededor. ¿Qué demonios hacían? ¿Debatir sobre filosofía? ¿En medio de la calle? Su borrachera iba a peor, no había duda. ¿O se habría dado algún golpe mientras estaba borracho y estaba delirando? Quizá estuviese debatiéndose entre la vida y la muerte en algún hospital o en una ambulancia ¿O seguía dormido? Era una posibilidad tranquilizadora pero le dolía demasiado el cuerpo como para seguir dormido.

Dio la espalda a la concentración de pensadores y continuó hacia su casa bajando por la Calle Don Gerónimo en dirección al Mercado Grande pero a los pocos pasos se detuvo en seco. ¿Era cierto lo que había visto? Se dio la vuelta lentamente y miró a la pared del edificio de su izquierda. Donde hasta el día anterior había lucido un medallón con la efigie de perfil de un dictador bajito y con bigote ahora no había nada. Ni rastro de la antigua placa bajo el reluciente cartel negro del Zara que ocupaba el local contiguo a la centenaria pasteleria. Un momento, se dijo, algo se me sigue escapando.

- ¡Hay un Zara en Ávila!

El grito fue escuchado por varias decenas de personas pero ignorado por la mayoría. Tan solo un joven pareció prestarle atención. Fuera de sí, se acercó hasta él con dos agiles zancadas y le agarró de las solapas.

- ¿Desde cuando esta eso ahí y desde cuando no está lo otro? – dijo con el corazón bombeando con fuerza los restos de sangre que aún flotaban en el alcohol que ocupaba sus venas.
- Disculpe, pero no le he entendido lo más mínimo.
- ¡El medallón! ¡El Zara!
- El medallón lo quitaron hace tiempo, al poco de acabar la dictadura. ¿Hace mucho que usted no pasa por aquí? El Zara lleva menos tiempo… no sé… ¿3 o 4 años?

Soltó a su presa y echó a correr por la Calle Don Gerónimo. Era evidente que algo funcionaba mal. ¿Estaría alucinando? ¿En lugar de garrafón habían echado algún tipo de droga a su copa? ¿Habría sido secuestrado por alienígenas y estaba en algún extraño universo paralelo? ¿Habría viajado al futuro a través de un agujero de gusano o del sucio retrete de algún bar?

Estaba al borde del desmayo cuando cruzó aún corriendo la puerta de la muralla. Los latidos de su corazón le retumbaban en las sienes y estaban a punto de hacer estallar su cabeza, las piernas le flaqueaban, los pulmones le ardían, el mundo volvía a dar vueltas a su alrededor. Paró, se agachó e intentó coger aire durante unos segundos.

Y entonces, al levantar la cabeza, lo vio. O mejor dicho, no lo vio. La plaza estaba allí, la Iglesia de San Pedro dorada al fondo, los edificios porticados a su izquierda, en el centro de la plaza La Palomilla, unos bancos y unos árboles dispersos por la plaza. Todo estaba en su lugar menos los edificios de Moneo. La plaza se abría majestuosa al valle y la clara luz de una mañana de invierno inundaba cada rincón. ¿Dónde estaban los edificios? ¿Qué había pasado con ellos?

Le temblaban las piernas. Dio unos pasos vacilantes e incapaz de mantenerse en pie cayó de rodillas. Imaginó los edificios desplomándose entre una nube de polvo y los aplausos y vítores del público y no pudo evitar que un par de lágrimas corrieran por su rostro.

- ¡Los habéis destruido! – gritó mientas daba puñetazos en el suelo – ¡Sí, joder, sí! ¡Los habéis destruido!

No sabía que sucedía, pero no le disgustaba del todo. Se sentó en el suelo mirando con una sonrisa hacia el valle y en ese instante comenzó a sonar su teléfono. Era el número desconocido que tenía anotado en el papel que había encontrado en su bolsillo.

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Si quieres seguir leyendo: Episodio IIEpisodio IIIEpisodio IV

Papa Noel

by_Illo

Felices Fiestas y próspero Año Nuevo


Hace unos días nos llegaba vía twitter este precioso y abulense dibujo. José Manuel Blázquez (@Elzo_) lo incluía a modo de entrada en su genial blog, Meridianos, de obligada lectura si no lo conocéis. Los detalles del dibujo los explica él mismo en este post de forma breve y concreta pero podréis distinguir a simple vista Los 4 Postes a modo de portal y la figura de nuestra representativa Virgen de Sonsoles en el lugar de Virgen María, amén de otros detalles…

El dibujo data del año 1950 y es obra de José Sánchez Merino del que podéis ver más obras en este enlace.

Nuestro más sincero agradecimiento a @Elzo_ por hacernos partícipes de tan bonita estampa con la queremos aprovechar para felicitaros a todos vosotros, queridos lectores, estas fechas navideñas.

Felices Fiestas y próspero año 2012 para todos.

Sara Escudero (ganadora del Club de la Comedia): “¡Somos algo más que yemas!”

El Club de la Comedia ya tiene nueva reina y esa monarca no es otra que la abulense Sara Escudero. Ella ha ganado el V certamen de este programa televisivo, al igual que antes lo hicieron cómicos de la talla de Luis Piedrahita, Quequé, Dani Pérez o Eva Hache.

Esta arenense, con residencia en Madrid, consiguió alzarse con el título gracias a un monólogo sobre la búsqueda del príncipe azul a los 30 años. Desde 2008, Sara Escudero es miembro del canal Paramount Comedy y presentadora de las noticias de actualidad del Canal Cosmopolitan TV. Lejos quedan los tres años de Medicina que estudió en Salamanca. Su camino iba por otros derroteros.

¿Sus palabras al recoger el premio? Pues que le gustaría ser pija para resumir todo lo que experimentaba en un: “¡Qué fuerte!”.

La abulense Sara Escudero


- ¿Cómo te dio por abandonar la medicina y empezar con esto de los monólogos? Con lo cómico que puede llegar a ser un tacto rectal…

- Porque no era feliz. Toda mi vida he estado haciendo el payaso y vinculada al mundo del teatro y de lo cómico. Empecé la carrera por miedo pero… me dio miedo lo del tacto rectal y para Madrid.

- Viendo lo bien colocados que están los anteriores ganadores, ¿llevarse el Certamen del Club de la Comedia es algo así como aprobar una oposición?

- Es algo fantástico, es una ilusión, es como ver que tanto trabajo tiene recompensa. Lo que pase a partir de ahora, lo que de mi depende, parte de la única base posible: seguir trabajando cada día más para seguir mejorando y aprendiendo.

- Dime la verdad: esperabas ganar.

- ¡En absoluto! ¡De ahí el grito, los temblores y las lágrimas contenidas al más puro estilo Tenna Lady ocular! No era una competición, los cómicos que fuimos seleccionados no lo sentimos como tal y por eso estábamos esperando el gran momento tan tranquilos. El humor es como los colores y tiene que haber para todos los gustos, así que cualquiera podía ser. Ya sólo estar ahí era un premio.

- ¿Y ahora qué?

- ¿Ahora? A seguir trabajando. La comedia es un modo de vida así que mientras respire seguiremos en esa dirección.

- ¿Cómo ves a Ávila actualmente y cómo definirías su situación: cómica o dramática?

- Todo drama es cómico… Ahí lo dejo (risas). No, a ver… creo que somos una provincia con poca autoestima. ¡Somos algo más que yemas!

- ¿Y cómo podríamos subir esa autoestima?

- Potenciando lo bueno que tenemos. Somos más que una muralla. Tenemos fama de secos y no es cierta. En Ávila, como en casi toda Castilla y León, la gente es muy abierta y muy acogedora. Yo propondría un bono. Lo estoy viendo: “Abutur” (así, de paso, la gente se aprende que somos abulenses y no avileños, como la ternera). “Visita por Ávila guiada de día y descontrolada de noche; ruta por El Barco al día siguiente; montar a caballo por Gredos, para quemar las judías del día anterior; visita a las Cuevas del Águila (que son únicas en Europa y nos lo callamos) y, por supuesto, paseíto por las cinco lagunas. Todo por un buen precio y, claro está, las yemas gratis”. Verás como en nada nos lo franquiciaban.

- ¿Has actuado en tu tierra?

- Sí, en Ávila capital, en una sala fantástica que se llama Delicatessen. Hará un par de años de eso. Allí mismo también actúe en verano, pero a nivel privado.

- ¿Quedan sueños para cumplir en el 2012?

- Siempre hay sueños que cumplir.

- Cuéntanos alguno.

- Esto debería leerse con música bucólica de fondo, para que quede “más mejor” Uf… muchos, aunque resumibles a uno: poder seguir haciendo de mi trabajo mi modo de vida y mi fuente de felicidad. Así, a priori, te diría que poder trabajar en algún programa con la gente a la que admiro, hacer algún trabajo de comedia en alguna serie o programa de tipo “scketches” y, sin duda, poder ser algún día un ‘dibu’. Estudié doblaje de animación porque el mundo de los dibujos me fascina.

La Pista de Hielo

Era el año 2004. Se acercaba la Navidad y se hacía pública la gran novedad que se llevaría a cabo en esas fechas con la instalación de una pista de hielo en la plaza de Santa Teresa (El Grande) para uso y disfrute de grandes y pequeños en las fechas del insultante buenrrollismo y la espontánea alegría que nos invade sin más motivo aparente que la excusa, bien servida, de ponernos hasta las trancas de comida y bebida con el atenuante de que son fechas de excesos y ya me arrepentiré en enero…

Tres años, si no he contado mal. Aquel 2004, el siguiente 2005 y el posterior 2006, se decoró El Grande con aquella pista. Tres años de bonanza económica en los que gastarse 60.000 € apelando a la estimulación del comercio local era tan habitual como construir bloques y bloques de casas. Tres años en lo que los más osados pudieron demostrar su destreza con esos patines de cuchilla, que no ruedas, no sin algún aterrizaje de emergencia y algún que otro susto. Pero algo cambió. Con lástima y lágrimas en los ojos nos llegaba aquella triste noticia, en diciembre de 2007, que convertiría aquella Navidad en una Navidad más triste que las anteriores. Ese 2007 no se instalaría dicha pista.

¡¡¡Lógico, por la crisis!!! Ehh, Uhh. NO.
No se trataba de la crísis, aún. El asunto, o lo que se nos dijo desde los medios de comunicación, era que (cito) La razón para que este año no acompañe la pista de hielo a las fiestas de Navidad, según el gerente de Ávila Centro, Jesús García Ahijado, se debe a la decisión del Ayuntamiento de no permitir que la plaza de Santa Teresa vuelva a admitir instalaciones que puedan estropear el suelo.” 

¿Qué ha cambiado? El suelo de la plaza de Santa Teresa sabemos que no. ¿Acaso las millonarias partidas presupuestarias dedicadas a I+D+i han dado sus frutos y se ha conseguido construir una pista con materiales que no dañen el suelo sobre el que se instalan? De haber sido así poco bombo le han dado a tan magnífico hallazgo. De no ser así… ¿Los antiguos materiales no dañaban el suelo tanto como se creía? ¿Nos pusieron la excusa del suelo como podían haber puesto cualquier otra? Si no recuerdo mal, en 2007 apenas intuiamos que entraríamos en una crisis económica mundial y hoy, cuatro años después, lo tenemos aprendido y bien aprendido. ¿Qué hace que este año sí y hace cuatro no? Me van a permitir que lo deje claro: NO LO ENTIENDO. No sé a qué viene recuperar algo que vale una pasta en un momento como el que estamos cuando lo poco que ha cambiado ha sido a peor. No creo que los parados de la ciudad, por mucho tiempo libre y espíritu navideño que tengan, se gasten 5 euracos en acceder a la pista.

Dos cosas para terminar. La primera que, al igual que pasase allá por el año 2004, la pista de hielo ha tenido que retrasar un día su apertura al público por un asunto técnico. La segunda es un extra que me llega por diferentes vías. ¿Alguien ve algo raro en la siguiente foto? Que ustedes lo patinen bien…

Navidad en lata

En Avila hay una Torre Pisa en ciernes. Así, como lo oyen. Está en construcción pero eso no le quita ningún mérito, más bien al contrario. Una torre de Pisa…en lata.

Seguramente ya hayan oído hablar de él:  Ramiro García “Ramirín”. Pablo nos subió una foto de su última creación hace unos días. Todo empezó con la construcción de un árbol en lata porque dice que había coleccionado muchas latas verdes. De ese árbol se pasó a un castillo…del castillo a la muralla y de ahí a un poco de todo.

Cuenta que cogían las latas del Adolfo Suárez, cada quince días cuando había partido. Poco a poco se fue haciendo con una cantidad imponente y fue creando un castillo para su chaval.  De hecho…estoy seguro que si le pillaran la idea los creadores de los Gormiti hoy Ramiro sería de oro seguro. Es una anécdota más que nos ha contado en la radio.  Ramiro regala su obra porque no es un trabajo, es su hobby…aunque no parece que le quede demasiado lejos el Guinness.

Si os apetece escucharle…le tuvimos en las ondas en la tarde de ayer

[ Audio de la entrevista ]

Lo que quizás es menos conocido es que Ramirin se cogió el Foro del Real Ávila por montera y trajo premios, animación…mucha vida. Es un ejemplo de esos abulenses activos que tienen ideas nuevas, tal vez extravagantes pero sin duda atractivas.  Para mi es uno de los ejemplos de que en Ávila aún se puede. Intento popularizar en twitter el hashtag #avilatienetalento y en él también lo veo. Podéis visitarle en “Arte en Lata”

Ya estoy viendo ese nuevo marcador rechulón en el estadio Adolfo Suárez…

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