La Flor Valenciana

Mientras ustedes leen estas líneas, y si no ha sucedido ninguna desgracia volcánica, yo estaré tirado sobre la arena blanca de una tranquila playa o quizá, si el tiempo no acompaña, en alguna terraza o chiringuito tomando una cerveza. No sean envidiosos, que mientras ustedes disfrutaban de las vacaciones en Agosto o Julio, aquí un servidor estaba pringando en su puesto de trabajo, a 40º a la sombra. Hasta que me mudé contra mi voluntad al sur, pensaba que en Ávila hacia calor en verano. Lo juro, de verdad, así de inocente era yo. Ahora, si alguna vez vuelvo a vivir allí, el verano me parecerá en sus jornadas más calurosas tan solo una primavera cálida.

 Aunque el verano en Ávila sea menos caluroso que en otras latitudes, las rutinas veraniegas son las mismas en casi todos los sitios. Terracita, cervecita, paseos al caer el sol para disfrutar del fresco de la noche, piscinas, ríos, embalses, playas, etc…En esta playa desde la que les hablo (figuradamente) esa rutina se repite durante casi todo el año: una especie de día de la marmota veraniego lleno de guiris enrojecidos, pub irlandeses que programan la Premier todos los días y a todas horas y menús especiales para turistas a base de paella y sangría.

 En Ávila también hay terrazas, también hay cervezas y hay, y de esto hemos venido a hablar, helados. Pero no hablo de cualquier helado, ni siquiera de los Kalises de Iniesta, hablo de helados artesanos, de los buenos, de los de verdad. Cuando yo era un zagal, allá por los felices 90, dos heladerías competían las mañanas de los domingos por nuestros paladares resecos tras cambiar cromos en el Grande. Palazzo, en la misma Plaza, tenía un lugar privilegiado para atraer la atención de los pequeños broker (yo iba a cambiar cromos para completar la colección, pero allí había niños que harían palidecer a “los mercados”). La otra heladería clásica era la Flor Valenciana, que por aquel entonces contaba con dos tiendas: una en la plaza del Ejército, detrás de la Iglesia de San Pedro, y otra en la esquina entre la Calle de la Cruz Vieja y la Calle Don Gerónimo.

 Yo siempre fui de la Flor Valenciana. La rutina de los domingos era subir pronto al Grande, comprar unos sobres de cromos en Teto al por desgracia recientemente fallecido Senén Pérez, conseguir los últimos fichajes tras regatear con pequeños truhanes que querían hasta 10 cromos por Prosinečki y, triunfante, acudir a la Flor Valencia, normalmente a la Plaza del Ejército, a por un cono de leche merengada con canela. Sí, siempre de leche merengada. Sí, ya sé que siempre han tenido muchísimos sabores, algunos de ellos extraordinariamente exóticos y atrayentes, pero que le vamos a hacer, siempre he sido un aburrido clásico.

 Para mi, el invierno se acercaba cuando para mi disgusto cerraban la heladería para, semanas después, reabrirla convertida en turronería. Se acababa el verano, se acababan los helados y comenzaba el colegio.

 Cada vez que subo a Ávila pasó por la Plaza del Ejército y si está abierta la heladería no soy capaz de resistirme a la tentación. Es una tradición que no puedo ni quiero evitar y a la que intento sumar a todas las personas que pasan por la ciudad. Un helado, la Plaza del Ejército, los ábsides de San Pedro… engancha.

 Cuando dentro de unos días esté por la ciudad, pasaré por la Plaza del Ejército y si hay suerte disfrutaré una vez más de los mejores helados que se pueden encontrar en Ávila. Ya se me hace la boca agua solo de pensarlo.

2 Responses to La Flor Valenciana

  1. Pepe Herráez says:

    A mi siempre me gustaron los de turrón. Visita obligada.

  2. Me he sentido totalmente identificado, hasta en la percepción del calor cuando uno viene a vivir al sur xD

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